martes, 30 noviembre, 2021
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Por Juan José Montero 

 

Para algunos de vosotros que me habéis leído, sobre todo, cosas relacionadas con el fútbol, os pueda sorprender que leáis algo mío afín al baloncesto. Si bien es cierto que no he sido un fiel seguidor del deporte de la canasta, si ha habido épocas en mi adolescencia, fundamentalmente, las cuales veía mucho la liga española de baloncesto (ACB) y la NBA, recuerdo quedarme alguna madrugada viendo a Michael Jordan.

Hace unas semanas, el jugador más importante que hasta la fecha ha dado España en el baloncesto, Pau Gasol, ha decidido dar un paso atrás y retirarse del básquet. Ahora bien, para llegar a Pau y a la gran generación que lo ha acompañado, tuvo que haber un génesis, un antes. Ese se forjó en el Mundial de Colombia en 1982 y el arquitecto se llamó Antonio Díaz Miguel, un autodidacta del mundo del baloncesto que llegó al banquillo de la selección española en 1965 y no lo dejó hasta pasados los Juegos Olímpicos de 1992, lo que constituye un récord mundial de permanencia al frente de una selección nacional en cualquier deporte. Díaz Miguel aprovechaba estancias en Estados Unidos para acudir a los entrenamientos de los equipos universitarios y aprender de las nuevas maneras de entender el básquet, para poder ponerlo en práctica en España.

Llegamos al Mundial de 1982 de rebote, por así decirlo. En Italia se había creado la Liga Profesional y el inicio del campeonato coincidía con el Mundial de Colombia y los patrocinadores de la liga italiana no dejaron ir a los mejores jugadores a la cita mundialista. Recuerdo que Italia era la subcampeona olímpica (Moscú 1980). En este contexto, llegó el momento para la selección de Díaz Miguel.

España se pegó el lujazo de ganarle en la primera fase a la Panamá de Rolando Frazer y a la Estados Unidos de Doc Rivers, en la que también jugaba ‘El Oso’ Pinone. Fue el primer triunfo de la Selección sobre los inventores del juego en un partido maravilloso. Fernando Martín anotó 28 puntos; Epi, 26; y Sibilio, 21. En la segunda fase del torneo, España no pudo con Yugoslavia y la Unión Soviética, donde jugaba un tal Arvidas Sabonis, pero fue capaz de alcanzar el partido por el bronce contra los balcánicos. Ganó Yugoslavia (119-117) en un partido memorable, en el que España fue perdiendo 34-16 e incluso, a pocos minutos del final, 108-84 y 115-103. Fue muy sonado en España la actuación arbitral en contra de la selección de Díaz Miguel, el propio seleccionador explotó delante de los periodistas: “Ha sido un robo y todo el mundo ha podido verlo. España es tercera del Mundial, pero han preferido darle la medalla a otro equipo. Kikanovic es un gran jugador, pero un poco payaso. A Juanito (Corbalán) le ha dado un codazo inmenso. No estaré contento hasta que no ganemos un Mundial”.

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Con estos mimbres, un entrenador que había conseguido inculcar todo lo aprendido en Estados Unidos y unos jugadores que supieron captar lo que el seleccionador quería, nos íbamos a presentar en dos finales en dos grandes competiciones, que cambiarían la percepción del baloncesto en España.

La primera competición fue el Europeo de Francia en 1983. En una primera fase casi impecable, solamente perdimos el primer partido ante Italia y por un punto, 75-74. El resto de los partidos ante Suecia, Grecia, la anfitriona Francia y la todopoderosa Yugoslavia, donde ya despuntaba Drazen Petrovic. Con todas estas victorias nos presentamos en las semifinales del torneo ante la imbatible Unión Soviética de Sabonis y compañía. En un partido para el recuerdo, logramos vencer a los soviéticos con una actuación colectiva formidable y con un Epi indomable, con 27 puntos y con una inolvidable canasta contra tabla de él para decidir a favor de un país que vivía el ‘boom’ del baloncesto.

España disputó la final del campeonato ante Italia, con la que perdimos en el primer partido del torneo y también lo hicimos en el último, una derrota incontestable. Sin embargo, algo estaba cambiando en el país gracias a aquellos chicos que encestaban canastas. Para que os hagáis una idea, el día de la final del Europeo coincidía con la Final de la Copa del Rey de fútbol, todo un Barcelona-Real Madrid, y el partido de fútbol no comenzó hasta que el partido de baloncesto no hubiera finalizado, algo impensable años antes.

La segunda final a la que llegó aquella selección fue en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984. Han ido cayendo los años -ya son 37- y si preguntas a los más veteranos y veteranas habrán oído de aquella medalla de plata obtenida en agosto de aquel año. Otros muchos se sabían de carrerilla a los integrantes de aquella gesta: Juan Antonio Corbalán, Nacho Solozábal, José Luis Llorente, Epi, José María Margall, Juanma López Iturriaga, Fernando Arcega, Andrés Jiménez, Fernando Martín, Fernando Romay y Juan de la Cruz. Yo era un bebé de un año de edad, no lo pude seguir en directo, pero si conozco a personas de mi entorno que se pusieron el despertador no solo el día de la final. También sonó el mismo en los partidos ante Australia en los cuartos de final o en la victoria en semifinales ante Yugoslavia. La final, aquel 10 de agosto de 1984, fue un premio para aquellos jugadores, el resultado fue lo de menos. Díaz Miguel declaró: “Estoy muy satisfecho. Es el éxito más grande obtenido por nuestro baloncesto y hay que felicitarse por ello”.

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Iniciaba esta nota nombrando a Pau Gasol, pero era de justicia acordarse de aquellos jugadores que lograron desbancar, durante algunos años, al balompié como deporte nacional y que deleitaba a una sociedad española que tenía una falta importante de obtener grandes resultados en competiciones continentales.

 

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