martes, 30 noviembre, 2021
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Los Juegos Olímpicos son grandes proveedores de historias para la posteridad, desde campeones que se convierten en leyendas, atletas que pasan al recuerdo por alguna acción o manifestación en particular hasta anécdotas cuya curiosidad es suficiente para que perdure en el tiempo. En eso estamos de acuerdo. Pero la de Eddie Edwards es una historia única en todo sentido, ya que es el peor atleta que alguna vez compitió en la máxima cita internacional del deporte aunque, al mismo tiempo, es uno de los más queridos de los que se tenga memoria.

Pero, ¿qué ocurrió para que un albañil especializado en yesería se convirtiese en un ícono del movimiento olímpico? Para empezar, hay que tener en cuenta su contexto familiar y personal. Hijo y nieto de albañiles, Michael Edwards siguió el mandato familiar pese a que en una excursión con el colegio había quedado deslumbrado por los deportes de nieve, en particular por las pruebas de esquí. Después de un breve e infructuoso paso por el esquí de fondo, sentó cabeza y se dedicó a la yesería hasta 1985, cuando con 22 años decidió jugársela y perseguir su sueño de ser un deportista olímpico.

Tras el mencionado fracaso en el esquí de fondo, viró hacia el salto en esquí, una disciplina que nadie practicaba en Inglaterra a nivel de élite por lo que, en consecuencia, no iba a tener que pensar en los resultados de su competencia. Con menos de tres años para intentar clasificar a Calgary 1988, viajó a Estados Unidos con los pocos ahorros que tenía para entrenar bajo las directivas de John Viscome y Chuck Berghorn en Lake Placid. Allí sus entrenadores le dijeron en la cara los dos grandes obstáculos que iba a tener que superar para poder cumplir su sueño: el primero, y solucionable, era que con 80 kilos estaba, al menos, 10 kilos por encima de los saltadores más pesados del circuito internacional en una disciplina cuyas piedras basales son la combinación de peso y técnica angular. La segunda -y más difícil de resolver- era su miopía, por la cual tenía que usar anteojos incluso por debajo de las antiparras de nieve. Al tener que saltar desde plataformas ubicadas a gran altura, Eddie, como lo apodaban en el colegio, tenía que lidiar con el empañamiento de sus lentes que, prácticamente, le reducía la visibilidad en un 80%.

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Poco le importó a Edwards quien, tras un breve paso por Suiza para ver y copiar la técnica de los nórdicos, se puso en contacto con el Comité Olímpico Británico para establecer una distancia mínima de salto para asegurarse su lugar en los próximos Juegos Olímpicos de Invierno. Esto resultó en un tira y afloje ya que, tras el pedido de un salto de 70 metros por parte del COB, el inglés registró uno de 69,5 en Mundial de 1987 en Oberstdorf en Alemania (donde finalizó último), que terminó convenciendo a las autoridades. Eddie estaba oficialmente en camino a Calgary.

Su última aventura previa a los Juegos tuvo lugar en Finlandia, cuando pasó un mes alojado en un hospital psiquiátrico cuando fue invitado por el seleccionado local para entrenar con ellos. A modo de pago, Edwards rememoró sus raíces y realizó algunos trabajos de revoque y yeso porque el dinero no abundaba y el poco que tenía debía conservarlo para su viaje a Canadá. De hecho, la mayoría del equipo que terminó llevando a los Juegos fue prestado por colegas italianos y austríacos, dado que su primer y único casco lo ataba con un cordón de zapatilla hasta que se le salió en medio de un salto. En cuanto a las botas, usaba las de Chuck Berghorn aunque, por la diferencia del tamaño de sus pies, tenía que usar seis pares de medias para que no se le salieran.

Una vez aterrizado en Calgary fue recibido por la prensa canadiense, que ya lo llamaba “El Águila” por la forma que movía sus brazos ante la falta de una técnica ortodoxa como la del resto de los participantes. La fama que empezó a gestar en Oberstdorf terminaba de explotar en la previa de los Juegos y los pedidos de los medios para poder hacerle aunque sea un par de preguntas abundaban por doquier. Tal fue su relevancia que, en medio de la competencia, participó del Tonight Show, uno de los programas más vistos de la televisión estadounidense en prime time.

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Demás está decir que disfrutó todo lo que pudo con la prensa, ya que en la nieve poco tenía para demostrar. Registró saltos de 51 metros en la colina normal (70 metros) y de 71 metros (record británico) en la colina grande (90 metros) quedando a 19 y 25 metros de los anteúltimos de cada modalidad respectivamente. Y, a modo de ilustración, sus diferencias con Matti Nyakanen, el finlandés que ganó todos los eventos del salto de esquí en Calgary, llegaron a 28,5 y 47,5 metros en ambas modalidades. Pero los espectadores no habían ido a presenciar récords olímpicos ni marcas memorables. Nada de eso. Habían ido a ver el debut del primer británico en la prueba de salto de esquí y su técnica “animal” emulando a un águila.

Pese a registrar la peor actuación de esos Juegos y, probablemente, de la historia del olimpismo, se retiró con más aplausos que Nyakanen, pese a que el finlandés culminó su participación con tres medallas de oro. Incluso en la ceremonia de clausura el presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, no pudo evitar referirse a su actuación al decir en su discurso que “algunos atletas han ganado medallas de oro, otros han roto récords y uno incluso voló como un águila”. Los presentes no pudieron evitar soltar una carcajada al unísono para, posteriormente, gritar “Eddie” a todo pulmón.

Más allá de su actuación, Edwards pasó a los libros de historia por forzar un cambio en las reglas de clasificación para la disciplina con la implementación de la popularmente conocida “regla de Eddie Edwards”, que establecía que los atletas debían participar de competencias internacionales y, al menos, finalizar una vez en el top 50 o en el 30% superior de la tabla de clasificación general para evitar la aparición de otro amateur que le diera una tonalidad cómica al deporte. Fue su propia regla la que le impidió clasificar a Albertville 1992 y a Lillehammer 1994 a pesar de contar con sponsors que se acercaron a él luego de la masiva difusión de su historia y de su apodo. Incluso en 1994 firmó un contrato de patrocinio de cinco años con la aerolínea británica Eagle Airlines para intentar una heroica clasificación a Nagano 1998, que tampoco terminó ocurriendo.

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Fue tiempo de colgar los esquís para Edwards, aunque no de alejarse definitivamente del deporte, ya que estuvo ligado a distintos shows de la televisión británica sobre famosos desenvolviéndose en deportes de invierno y hasta en participaciones en los aniversarios de los Juegos de Calgary 1988. Como si del destino se tratase, le dio un cierre general a su paso por el olimpismo al ser uno de los portadores de la antorcha olímpica en el camino a los Juegos de Vancouver 2010 y al ver publicada en 2016 una película sobre su historia protagonizada por Taron Egerton y Hugh Jackman.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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