domingo, 9 junio, 2019
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Pocos se acuerdan ya de Igor Belanov, Balón de Oro en 1986. Este delantero ucraniano nos regaló los mejores cambios de ritmo de aquel Mundial celebrado en México, con permiso de Maradona, protagonista absoluta de aquella cita. Belanov venía del otro lado del Telón de Acero, donde el fútbol seguía la misma lógica que una industria metalúrgica, con equipos robotizados y muy disciplinados, pero que fabricaban pocas figuras.

La URSS completó una primera fase fantástica en el torneo disputado en tierras aztecas. La banda roja sonaba a samba interpretada con la hoz y el martillo. El equipo había causado furor con su veloz y entretenido fútbol de ataque.

Valeriy Lobanovskiy, que se había hecho con el timón de la selección pocas semanas antes de la fase final, decidió tirar por la borda los planes de su predecesor, Eduard Malofeev, y convocar a los jugadores de su propio club, el Dinamo de Kiev.

El Dinamo acababa de proclamarse como campeón de la Recopa de la UEFA, donde Belanov y sus compañeros brillaron ante Atlético de Madrid.

En aquel conjunto figuraban jugadores de calidad excepcional. Resaltaba el habilidoso Zavarov, aquel mediocampista frío, bajito y con algo de gol en los bolsillos que había superado a Belanov en la elección del Jugador Soviético del Año, y el veterano Oleg Blokhin. Cosas del destino, Blokhin sería el encargado, como seleccionador, de llevar a Ucrania a su primera y única aparición en una Copa del Mundo de la FIFA.

La calidad se impuso desde el primer partido, en el que destrozaron con un 6-0 a Hungría. A continuación, empataron a 1-1 con el campeón de Europa, Francia. En octavos esperaba Bélgica. En claro contraste con los soviéticos, el combinado de los Diablos Rojos de Guy Thys se había metido en la segunda ronda como uno de los mejores terceros y apenas había obtenido una poco convincente victoria contra Irak.

Los soviéticos, que se habían puesto por delante en dos ocasiones a lo largo de aquella tarde calurosa y tempestuosa, debían intentarlo de nuevo. No lo consiguieron. Los belgas lograron su primera ventaja en el partido en pleno alargue. Eric Gerets recibió el balón de un saque de esquina en corto y lo colgó hacia el segundo poste, donde De Mol se abalanzó para enviarlo al fondo de las mallas de un potente cabezazo.

Bélgica acariciaba ya la victoria y a diez minutos del final Claesen se encargó de encarrilarla. Pero ahí no acabó todo. Poco después Belanov provocó y transformó el penal que completaba su tripleta. A pesar de esos tres goles los belgas lograron uno más y la lógica del marcador se impuso a la justicia deportiva. Un partido que, llamativamente, fue el de mayor cantidad de goles de todo el torneo, y eso que en la cancha estuvieron los dos mejores porteros de todo el torneo (y quizás del mundo para ese momento).

La selección belga celebró a lo grande el primer pase a cuartos de final de su historia. Llegó el final de su aventura en semis, donde cayeron ante la eventual campeona Argentina. Dos años después, la selección de la Unión Soviética alcanzó el subcampeonato del Europeo pero luego, a principios de la década siguiente, la situación encontraba al país ya en pleno proceso de desintegración.

En Italia 1990 el planeta fútbol contempló por última vez aquellas célebres camisetas rojas con la inscripción CCCP, que nunca brillaron con tanto fulgor como lo hicieron en México, donde la actuación de Belanov se convirtió en uno de los regalos de despedida más memorables de la historia de los Mundiales. Igor alcanzó a disputar con su selección 33 partidos y a marcar ocho goles, la mitad de ellos en aquel verano fantástico del 86.

Belanov se vio beneficiado por la antigua regla que regía en la elección del Balón de Oro, por la cual sólo lo podían recibir jugadores europeos. De no haber sido así, el galardón se lo hubiera llevado Diego Armando Maradona tras su apoteósis azteca. Años después ese estatuto fue cambiado, por lo que a partir de 1995 lo podrían recibir futbolistas de cualquier nacionalidad, siempre y cuando participaran en equipos del Viejo Continente. El primer “favorecido” con este cambio fue el delantero liberiano George Weah, estrella del AC Milán.

Igor Belanov tuvo un Mundial fenomenal en 1986, aunque éste ha quedado opacado por Maradona.

El hombre que a punto de tocar el cielo en la final estuviera en aquella Euro 88, donde el portero holandés Van Breukelen le detuvo un penalty, en 1991 terminaría por diluirse en la Segunda División alemana con Eintracht Braunsweig. Fue uno de los primeros soviéticos que pudo salir de su país a jugar antes de la caída del comunismo. Mientras que su compañero Zavarov se iba a la Juventus, él se fue a Alemania. En el Borussia Monchengladbach no pudo demostrar toda la magia que sus botas habían destilado en torneos anteriores. Un tiempo después, terminó regresando a Ucrania, primero al Chernomorets Odessa y un año después al Mariupol, donde se retiró.

Durante su estancia en Alemania fue parte de un desagradable episodio fuera del deporte. Estuvo detenido y pasó una noche en prisión acusado de hurtar prendas de ropa en una tienda de Düsseldorf. En el momento de la detención, el entonces futbolista se encontraba acompañado por su esposa y otros dos ciudadanos soviéticos, quiénes se confesaron autores del hurto y confirmaron que el delantero no había intervenido en el robo, ya que se encontraba al cuidado de su hija y de los niños de la otra pareja. Ya en este milenio fue protagonista de otro suceso en el que resultó gravemente herido en un accidente de auto. ‘Afortudanamente, salimos todos despedidos del coche, que acabó completamente destrozado’, comentó el exdelantero a AFP. Belanov estuvo ingresado durante dos semanas en el hospital para recuperarse de las heridas.

La carrera de Igor fue extraña e injusta. Como aquella selección soviética que, en los 80′, estuvo más cerca de lo que muchos creen de dominar el fútbol europeo. Sin embargo, a la URSS le faltó carácter. O quizás, un punto más de suerte para llegar a lo más alto. Así es la vida.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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