sábado, 24 septiembre, 2022
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Por Sergio Nápoli

 

El Mundial de Argentina 1978 era una prueba de fuego para el fútbol africano y la selección de Túnez sería la encargada de demostrar que los equipos del continente podían competir de igual a igual con las potencias del deporte. Aquí la historia de ese proceso, que tuvo su punto culmine el 2 de junio en la ciudad de Rosario.


 

 

Nadie lo decía a viva voz, pero el Mundial de Argentina 78 era visto por la comunidad del fútbol como un punto de inflexión en la relación de las selecciones africanas con las Copas del Mundo.

La Confederación Africana de Fútbol, luego de una dura lucha que incluyó el boicot al Mundial de Inglaterra 66, había logrado que la FIFA asegurara una plaza fija para el continente en la competencia. Y, si bien Marruecos había honrado ese reconocimiento en su participación en México 70, todo lo contario ocurrió con Zaire en Alemania 74. Los centroafricanos dejaron una imagen paupérrima en lo futbolístico (que incluyó un 0-9 ante Yugoslavia) y escenas grotescas dentro y fuera de la cancha, que involucraron hasta al propio presidente del país, el indescriptible Mobutu Sese Seko.

Todo ello hacía que las autoridades del órgano rector del fútbol mundial (incentivadas por las federaciones europeas y americanas) se preguntaran si las selecciones africanas reunían las condiciones deportivas necesarias para participar en el torneo que, cada cuatro años, convocaba a la elite del fútbol mundial.

La respuesta a ese interrogante debería darla aquella selección que obtuviera la plaza asignada para el continente en la Copa del Mundo de Argentina de 1978.

 

 

Las Águilas sorprenden a propios y extraños

La etapa clasificatoria continental africana para ese Mundial sería, como lo sigue siendo aún hoy, una carnicería en la que sobraban aspirantes y faltaban plazas. En ese duro marco, y desde los inicios mismos de la competencia, empezaría a destacarse la selección nacional de Túnez.

El caso tunecino era bastante particular. El pequeño país, atrapado entre dos gigantes (Argelia y Libia), era gobernado desde su independencia, en 1956, por Habib Bourguiba quien, cómo otros líderes de la región, sabía que el deporte era un instrumento ideal para la construcción de una identidad nacional y también para obtener el reconocimiento de la nueva nación a nivel internacional. Por tal motivo, en sus discursos se encargaba de realzar a la actividad deportiva como una parte indispensable de la educación integral del pueblo y señalaba que el Estado tenía un rol fundamental en todo lo concerniente a ella. Coherentemente con esa línea de pensamiento, decidió dar un lugar primordial al Ministerio de Juventud y Deporte, apoyó la creación de estatutos para las federaciones deportivas nacionales y las subsidió mediante aportes financieros y materiales. Gracias a ese respaldo, la selección de fútbol del país (“Las Águilas de Cartago”) había logrado obtener muy buenos resultados a nivel continental y en las competencias del mundo árabe. Incluso, a tan solo cuatro años de existir como nación, Túnez había obtenido la clasificación a los Juegos Olímpicos de Roma en 1960.

Para las eliminatorias de Argentina 1978, el equipo se encontraba al mando del joven entrenador Abdelmajid Chetali, quien había asumido en el cargo en 1975. Chetali, formado como DT en Alemania Federal, había logrado construir un sólido grupo, liderado por Tarak Dhiab, un habilidoso mediocampista de ritmo pausado y encarador, elegido el mejor jugador africano de 1977. También se destacaban en esa escuadra el experimentado arquero Sadok Sassi, popularmente conocido como “Attouga” –y considerado por muchos como el mejor arquero del continente-, el centrocampista Nejib Ghommidh y el delantero y goleador Temime Lahzami.

 

El plantel, a excepción del mencionado Lahzami -que militaba en el Ittihad FC de Arabia Saudita- y del atacante Mokhtar Hasni -que lo hacía en La Louviere de Bélgica-, estaba integrado por jugadores amateurs que participaban de la liga local. El defensor Mokthar Dhouib, pondría de manifiesto esta condición de jugadores “part-time”, al recordar: “Yo trabajaba como gerente de departamento en una planta lechera y recibía de mi club en Sfax algunos dinares cuando ganábamos ciertos partidos”.

En estas condiciones, las Águilas de Cartago se lanzaron en la búsqueda del pasaje a la Copa del Mundo. Para ello debieron afrontar tres fases eliminatorias complicadísimas, ante dos potencias continentales, como lo eran Marruecos y Argelia, y Guinea -que presentaba una de las selecciones más fuertes de su historia-. Luego de superar a esos duros rivales en encuentros de eliminación directa, lograron acceder a la ronda final, en la que se verían las caras con Egipto y Nigeria.

El desempeño de la selección nacional había despertado en los tunecinos una expectativa pocas veces vista. La asistencia a los partidos de la clasificación siempre rondaba los 50.000 espectadores. Según rememora Nejib Ghommidh, “los fanáticos dormían en el estadio para conseguir un lugar en los partidos”.

A la última fecha de este mini torneo, que incluyó partidos en El Cairo y Lagos disputados ante más de 120.000 espectadores, los tunecinos llegaron dos puntos por debajo de Egipto, que aparecía como el gran candidato para representar a África y volver a la Copas del Mundo luego de más de cuarenta años de ausencia. De esta forma, el representante africano se definiría en el partido que debían disputar tunecinos y egipcios, en el estadio El Menzah de Tunis.

En ese escenario se produciría la gran sorpresa. Pese a que se esperaba un cotejo parejo y disputado, la selección local tuvo arranque devastador y con un estilo de juego versátil y de gran clase no les dio ninguna chance a los Faraones, a los que aplastó por 4 a 1. De esta forma, Túnez lograba el boleto para Argentina 1978. El júbilo y la algarabía se apoderarían de las calles del país que, por primera vez en su historia, llegaba a la máxima competencia del futbol mundial.

 

 

Del cielo al infierno

Luego de obtener la clasificación, y probablemente todavía bajo los efectos de la adrenalina provocada por el suceso, el DT Chetali prometió públicamente que no se afeitaría la barba hasta que Túnez no ganara un partido en el mundial. Conocido el sorteo de los grupos de la Copa del Mundo, realizado el 14 de enero de 1978 en el Teatro General San Martín de Buenos Aires, la prensa local vaticinaba que el entrenador se convertiría en el hombre con la barba más larga del mundo. Es que la suerte (para llamarla de alguna manera) había determinado que Túnez integrara el grupo B de la competencia junto a Alemania Federal (el campeón del mundo), Polonia (una de las selecciones más fuertes de Europa y tercera en el mundial de 1974) y México (el campeón de la CONCACAF de 1977). Difícil pronosticar un emparejamiento más complicado.

La euforia por la clasificación a la Copa del Mundo terminaría de desvanecerse de la mente de los tunecinos poco más de una semana después cuando, el 26 de enero de 1978, en el marco de una crisis social y económica muy grave, comenzó en todo el país una masiva huelga general. La medida de fuerza era una clara muestra de que el consenso detrás del liderazgo y la política del presidente Bourguiba, y del partido socialista Destourian, no era ya tan fuerte como lo había sido desde el mismo día de la independencia. El gobierno tomó a la huelga como un desafío directo a su autoridad e inmediatamente se desataron dos días de violencia contra la población que concluyeron con la intervención de unidades militares para reprimir la protesta. El trágico saldo de lo que se conocería como el “jueves negro” sería de 42 muertos, más de 300 heridos y 1000 detenidos.

En ese turbulento clima las Águilas de Cartago debían comenzar su preparación mundialista. La primera parada era la Copa Africana de Naciones a desarrollarse en marzo en Ghana. En ese torneo, el equipo tunecino tuvo un correcto desempeño, llegando hasta las semifinales, en las que fue eliminado por los locales. Sin embargo, la competencia terminó en escandalo para los tunecinos cuando, en el partido por el tercer puesto contra Nigeria, disconformes con la decisión del árbitro de convalidar un gol que daba el empate a sus rivales, los norafricanos decidieron retirarse de la cancha, encabezados por su capitán, Attouga. La Confederación Africana de Futbol decidió dar por ganado el partido a los nigerianos y suspender a Túnez por dos años de sus competencias. Attouga tuvo peor suerte pues sobre él cayeron tres años de suspensión para torneos continentales.

Tampoco los amistosos previos al campeonato mundial traerían buenos augurios a los de Chetali. En esos encuentros preparatorios apenas empataron 2-2 con Hungría y fueron derrotados 2-0 por Francia y 4-0 por Holanda.

 

 

El Rosariazo

Con esos antecedentes, cuando en mayo de 1978 los tunecinos llegaron a la Argentina la emoción por la clasificación era tan solo un vago recuerdo para sus fanáticos. La prensa local e internacional no tenía ninguna expectativa en el rendimiento de los africanos y solo le auguraban goleadas similares a las recibidas por Zaire en 1974.

Tan poca fe se tenía en ellos que en Francia -la ex metrópoli, en la que residían más de 500.000 tunecinos- la selección nacional de Túnez era la única de los dieciséis clasificados que no tendría ningún partido transmitido en televisión.

El menosprecio llegaba incluso de los colegas. En los días previos al inicio del torneo, Kevin Keegan, capitán de la selección inglesa que había quedado afuera de la Copa del Mundo, criticó la presencia de Túnez en la competencia, declarando que era un equipo muy inferior a su selección, que tendría que ver el torneo desde casa.

Incluso el propio DT Chetali, quizás intentando relativizar su promesa de no afeitarse hasta no obtener un triunfo mundialista, declaró que llegaban al torneo a sumar experiencia.

Sin embargo, más allá de las declaraciones y de los malos resultados en los partidos de preparación, el entrenador había logrado armar un equipo compacto que se replegaba muy bien en defensa y salía rápidamente de contrataque, apoyado en la potencia física, el orden y la precisión en los pases.

Finalmente, en la tarde del 2 de junio de 1978 en el Gigante de Arroyito y ante 17.000 espectadores, las águilas de Cartago hacían su debut ante la experimentada selección mexicana. A más de 11.000 km, y ya entrada la noche, todo un país se daba cita frente al televisor, sin imaginar que estaba a punto de presenciar un hito histórico para el fútbol africano.

Antes de que empezara a correr el balón los espectadores tunecinos se llevaban una primera sorpresa al descubrir que Attouga, el adorado arquero e histórico capitán del equipo, no formaba parte del once titular. Chetali había advertido que se encontraba fuera de estado y decidió reemplazarlo por Mokhtar Nali, suplente de Attouga en su equipo, el Club Africaine. La decisión de Chetali tenía incluso peso político, pues el arquero era el jugador favorito del presidente Bourguiba, que frecuentemente lo invitaba al palacio presidencial para conversar sobre fútbol.

Los tunecinos arrancaron el partido desorientados y temerosos y se vieron superados por los norteamericanos durante todo el primer tiempo. Para colmo, a los 45 minutos de ese período un gol de Arturo Vázquez Ayala puso en ventaja a los mexicanos. Todo parecía confirmar la suposición general de que los equipos africanos no estaban a la altura de un torneo de tanta relevancia.

Sin embargo, en el segundo tiempo Túnez jugó sus mejores 45 minutos del campeonato, los jugadores parecían haber superado el miedo escénico y el peso del debut. Dhiab encabezó la remontada de un equipo que se ajustó a su libreto: defender y salir rápidamente de contraataque. De esta forma, a los 55 minutos, Ali Kaabi sorprendió a los mexicanos y empató el partido. Los tunecinos siguieron ganando confianza, ciñéndose a su plan y aprovechando el desconcierto de sus rivales, que no esperaban oposición alguna de sus rivales. Faltando 10 minutos, tras una serie de pases entre el capitán Lahzami y Dhiab, Ghommidh marcó el segundo gol, que fue festejado por el público argentino presente que, para ese momento, ya se había volcado claramente en favor de los africanos. Incluso un fotógrafo local se sumó a la algarabía y estampó un besó en la mejilla a Ghommadh, gesto que fue registrado por las cámaras y sorprendió al público tunecino, poco habituado a esas muestras de afecto entre hombres.

Sobre el final del partido llegaría el tiro de tiro de gracia de la mano del defensor Mokhtar Dhouib, quien pondría el 3 a 1 definitivo.

Así, ante el asombro de propios y extraños, Túnez entraba a la historia de los mundiales al convertirse en el primer equipo africano –y también en el primer equipo árabe- en ganar un partido en una Copa del Mundo. La alegría era completa porque la victoria los dejaba punteros del grupo B, pues Alemania y Polonia habían empatado su encuentro.

Años después, recordando la heroica remontaba, Dhouib contaría que, en el entretiempo y para motivarlos, “Chetali entró en el vestuario y nos dijo: millones de tunecinos están esperando la victoria tirándonos la bandera, antes de irse”.

Luego de este resultado Kevin Keegan debió pedir disculpas públicamente por sus declaraciones y la TV Francesa anunció que trasmitiría en directo los próximos dos partidos de la selección de Túnez.

 

 

A un paso de la hazaña

En la segunda fecha Túnez debía medirse con Polonia. La adrenalina acumulada y la repercusión mundial que había tenido su victoria ante México probablemente haya pesado en los africanos que, en el primer tiempo del cotejo, se vieron ampliamente superados por un equipo que contaba en su plantel con figuras como el implacable Grzegorz Lato, el elegante Kazimierz Deyna y un joven mediocampista que comenzaba a abrirse camino en la elite mundial, Zbigniew Boniek.  Un error infantil en el área de Kaabi le permitió a Lato abrir el marcador. Si bien las Águilas dejaron una mejor imagen en el segundo tiempo -incluso una volea de Lahzami se estrelló en el travesaño-, los europeos se llevaron una justa victoria y complicaron las chances tunecinas de clasificación a la segunda ronda.

Para cerrar su participación en la zona de grupos Túnez viajó a Córdoba, dónde debía enfrentar a Alemania Federal, que venía de golear 6-0 a México y a quien necesitaba vencer para acceder a la siguiente fase. Sin embargo, la derrota ante Polonia y la goleada obtenida por los germanos volvían a sembrar dudas acerca de las chances de los tunecinos, no ya de ganar el encuentro, sino de realizar una buena prestación. “Todos decían que íbamos a perder por 3 o 4 goles…Los alemanes tenían grandes jugadores…Eran campeones del mundo…”, señala Dhouib al revivir la previa a ese partido. Incluso algunos medios se animaban a deslizar sospechas sobre Chetali recordando su formación en Alemania y el hecho de estar casado con una germana.

Sin embargo, y nuevamente contra todas las expectativas, los tunecinos se plantaron ante los campeones del mundo que, ciertamente, eran una sombra del equipo que había alzado la Copa del Mundo cuatro años antes. El partido fue muy parejo y Chetali formuló un inteligente planteo, basado en una férrea defensa, pero incentivando a sus jugadores a tomar riesgos en ataque. La estrategia tomó de sorpresa a los alemanes y los tunecinos contaron con la chance para ponerse arriba en el marcador cuando el árbitro del encuentro, el peruano César Orozco, no sancionó un evidente penal sobre Mohamed Ben Rehaiem.

Finalmente, el cotejo concluyó empatado en cero y los norafricanos debieron despedirse del mundial. Sin embargo, lo hacían con el orgullo y la satisfacción de saber que habían pasado a la historia y le habían dado un espaldarazo al fútbol de todo el continente. Un conjunto de jugadores amateurs, que ni siquiera recibían remuneración por representar a su país, había logrado jugar de igual a igual y sin complejos contra profesionales que formaban parte de la elite del fútbol. Además, su prestación no sólo despejó las dudas sobre el nivel del fútbol africano, sino que generó que el continente tuviera una segunda plaza fija a partir del siguiente mundial.

 

 

Héroes nacionales

El excelente e inesperado desempeño de la selección transformó inmediatamente en héroes nacionales a los jugadores y cuerpo técnico. El presidente Bourguiba, rápido de reflejos, aprovechó el sentimiento de unidad nacional que el fútbol había creado para disimular la crisis económica y la agitación política y social que imperaba en el país.

No solo se encargó de felicitar y ensalzar públicamente a los jugadores en toda ocasión posible, sino que los invitó a quedarse en Argentina hasta la final de la Copa, asumiendo todos sus gastos. La invitación fue gentilmente rechazada por el plantel. También les anunció una importante recompensa económica. Según recuerda el mediocampista Khaled Gasmi: “El gobierno había prometido a los jugadores de la selección un apartamento, un coche y 10.000 dinares cada uno, pero al final solo recibimos 1.000 dinares”. De esta forma, Bourguiba seguía una de las tradiciones más arraigadas en los líderes políticos del continente, repetida hasta nuestros días: prometer públicamente a sus deportistas recompensas exorbitantes que nunca entregarán.

Más allá de ello, lo cierto es que, mientras los mexicanos debieron volver a su país en un vuelo secreto, y de madrugada, para esquivar la recepción hostil que preparaban sus compatriotas, la selección tunecina llegó al aeropuerto Tunis-Carthago para ser recibida por una multitud de aficionados, felices y orgullosos de su equipo nacional.

El presidente Bourguiba los agasajó en el palacio presidencial de Cártago, les entregó un bono -sólo de mil dinares (algo así como cuatrocientos dólares)- y pomposamente declaró que “habían cumplido el equivalente a la tarea que deberían realizar cincuenta embajadores para hacer conocer a Túnez a nivel internacional”.

Hasta la fecha, ningún equipo tunecino en las Copas del Mundo ha podido igualar lo logrado por la “generación dorada” en 1978. Aún hoy “la epopeya argentina” es recordada por los hinchas tunecinos y se ha transformado en un hito intergeneracional. También ha sido llevada al cine en varias ocasiones (“Un ballon et des revés” [1978], de Mohamed Ali Okbi y “Ala Al-Ardha” [2019], de Sami Tlili) e incluso es objeto de debates en importantes centros académicos del país.

Ah, por cierto…el entrenador Chetali llegó al aeropuerto de Tunis-Cartaghe con una sonrisa de oreja a oreja y con su cara prolijamente afeitada.

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