sábado, 8 junio, 2019
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Los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980 iban camino al fracaso. “Occidente”, con la némesis Estados Unidos a la cabeza, se había aferrado al boicot para protestar por la invasión soviética en Afganistán, algo que a todas luces sonaba a excusa, teniendo en cuenta que ninguno de los bandos se encontraba completamente limpio durante aquellos años de Guerra Fría.

Países como Alemania Occidental, Canadá, Argentina, Chile, Noruega, Japón, China o Turquía se bajaron del certamen, mientras que, en otros lugares, como Gran Bretaña, Australia, Francia, España o Países Bajos, hubo libre albedrío por parte de los atletas y las federaciones, aunque los que se decidieran por participar finalmente lo harían bajo la bandera olímpica.

Como el boicot se dio apenas seis meses antes de comenzar los JJOO muchos equipos o atletas que habían alcanzado una plaza se vieron imposibilitados de participar, por lo que se tuvo que salir a buscar reemplazantes para que la competencia se llevase a cabo, aun con la lógica caída en el nivel que esto aparejaría.

El hockey femenino iba a debutar en Moscú, amparado en el éxito que supusieron los mundiales disputados a partir de la década de 1970, donde comenzaron jugándose cada dos años a partir de 1974. Para el torneo a disputarse en la capital soviética se esperaba un gran espectáculo, ya que selecciones como Holanda, Alemania Federal, Australia o Argentina tenían garantizada su plaza, aunque finalmente el boicot impidió que pudieran ir. Esto dejó solo a la URSS en el campeonato femenino, con lo que algo debían hacer para no dar de baja el torneo. Así fue como, contrarreloj, tuvieron que ponerse manos a la obra para salir a invitar a otros países.

Una de aquellas invitaciones cayó en manos de Zimbabue, un país africano que apenas había sido reconocido internacionalmente en abril de ese año (el torneo iniciaba el 19 de julio) luego de siete largos años de guerra civil y apartheid. Este era el retorno de la nación a un juego olímpico luego de la edición de Tokio en 1964, ya que por el régimen racial habían sido excluidos -como Sudáfrica- en las ediciones posteriores. La joven nación vivía tiempos de esperanza con el final del separatismo racial y la llegada de Robert Mugabe al poder, un hombre con un carisma especial, y a quien podría compararse en ese tiempo inicial con lo que buscó hacer Nelson Mandela luego, ya que no fue a por los blancos durante su mandato, buscando dar un mensaje de paz y esperanza, algo que no duraría mucho.

La ex Rhodesia fue readmitida por el Comité Olímpico Internacional y uno de los beneficiados por esto fue el hockey sobre césped, aunque recibieron la invitación para participar recién el 15 de junio, apenas 35 días antes del inicio del torneo. La federación tuvo que pensar bien que iba a hacer, ya que la idea de jugar era muy buena para comenzar a dar un mensaje de paz al mundo, pero el hacer un papelón también estaba entre los planes, así que luego de salir del asombro por la invitación -que era totalmente inesperada- y de ver los pro y contra de esto, decidieron que solo mandarían al equipo femenino. La apuesta, sin embargo, era grande: ellas nunca habían competido fuera del país debido al apartheid.

Cuando se decidió que serían las féminas las que competirían en tierras comunistas se buscó rápidamente armar el plantel, llegando a un total de 16 jugadoras. Por falta de tiempo, la presidente de la asociación femenina zimbabuense, Liz Dreyer, se convertiría también en la manager del equipo. Audrey Palmer, ex referí y que había jugado para la selección de Rhodesia, viajó como médica, entrenadora y supervisora general. No había tiempo para planificar más.

Como pasaba con el rugby en Sudáfrica, el hockey era un deporte de élite, por lo que era normal que las jugadoras del equipo fueran blancas. La defensora Ann-Mary Grant, de 25 años, sería elegida capitana, mientras que también se buscó experiencia de la mano de Anthea Stewart, quien tenía 35 años y se encontraba retirada, aunque había jugado en 25 oportunidades con el equipo sudafricano. La sub-capitana, Liz Chase, también había representado al país vecino.

¿Qué otro problema podía tener este equipo? Que conocieron por primera vez un campo artificial directamente en Moscú, ya que las jugadoras -todas amateurs- solo estaban acostumbradas a jugar en césped. La idea era ir, competir y tratar de no hacer papelones. “Antes del primer partido no había ninguna expectativa de nuestros oponentes e incluso de nosotras mismas. Simplemente estar allí representando a nuestro país fue lo cúlmine a lo que aspirábamos, incluso más que ganar una medalla” diría con los años Sarah English, una de las integrantes del plantel, ese que estaba formado por banqueras, amas de casa, secretarias, contadoras, entrenadoras o hasta incluso empleadas de operaciones de la Fuerza Aérea. ¿Alguien, en su sano juicio, hubiera apostado algo por ellas?

Con las invitaciones hechas al final acudieron a Moscú cinco selecciones -más la local, que era una de las candidatas-: Austria, Checoslovaquia, India, Polonia y las amateurs zimbabuenses. Los partidos iban a disputarse en el Dynamo Minor Arena y en el Young Pioneers Stadium en la capital soviética, el sistema era sencillo: un round robin entre los seis países, donde las victorias valían dos unidades y los empates solo uno.

El debut de las africanas se daría el 25 de julio ante Polonia y el triunfo por 4-0 (con goles de Pat Davies, Linda Watson, Patricia McKillop y Liz Chase) sería toda una sorpresa, pero más darían que hablar las blondas africanas luego de sacarle un empate a dos a Checoslovaquia (McKillop y Chase) apenas dos días después. A todo eso ya se había dado una de las sorpresas, ya que en aquella segunda jornada Austria derrotaba a las locales.

El 28 de julio Zimbabue volvería a dar que hablar al vencer a la URSS por 2-0 (doblete de McKillop), pero también habría batacazo más temprano aquella jornada, con Checoslovaquia venciendo por 2-1 a la India, la única que llegaba con pleno de triunfos. Luego de tres fechas las africanas se colocaban en soledad en la primera plaza con cinco unidades, mientras que las asiáticas y Austria sumaban cuatro.

El 30 de aquel mes la URSS volvía a dar la cara en casa al vapulear a Polonia por 6-0 (con cuatro de Krasnikova) y a las 17.15 salían al mismo campo de juego la India y Zimbabue, en un duelo que podía llegar a definir el campeonato. La potencia asiática tenía la posibilidad de lavar su imagen luego de la derrota ante Checoslovaquia, pero nuevamente Chase estuvo afilada y las muchachas africanas lograban cosechar un empate de oro. Austria, que pudo haberse beneficiado de esta igualdad, caía sin atenuantes por 5-0 ante Checoslovaquia, que de golpe también se metía en la lucha por las medallas.

El 31 de julio se iba a definir todo. La tabla de posiciones mostraba un nivel de paridad inesperado en la previa del torneo. Zimbabue era líder con 6 unidades, seguida de cerca por la India y Checoslovaquia con 5 y por Austria y la URSS que tenían 4 puntos, siendo Polonia la decepción, ya que no había podido lograr siquiera un empate.

El día empezó con un triunfo sufrido de las checoslovacas ante las colistas, logrando así meter -en teoría- presión a las africanas. Pero lejos estuvieron ellas de sufrir esto: las chicas, que llegaron apenas sabiendo que eran un país reconocido, que fueron invitadas con poco más de un mes de antelación, que eran amateurs, que no tenían roce internacional y que encima no conocían las canchas sintéticas, dominaron a Austria casi de principio a fin (el Herald de Zimbabue declaró que los primeros 15 minutos fueron de mucha tensión, pero luego vendría la soltura) y las golearon por 4-1 con tantos de Alexandra Chick, Gillian Cowley y Mc Killop (x2) para coronarse como las primeras campeonas olímpicas del hockey femenino. Ese histórico día se cerró con el gran triunfo de la URSS ante la India por 3-1 para que las rojas lograran quedarse con la medalla de bronce.

Este era el primer oro para el naciente país, pero las campeonas no pudieron escuchar el himno zimbabuense, ya que aun no tenían ninguno -solo se entonó el olímpico-. La ama de casa y MVP del torneo, Patricia McKillop, se coronó como la goleadora. Además, las africanas fueron el equipo más goleador del round robin (13), el menos goleado (4) y el único que finalizó invicto.

Las campeonas volvieron a su patria siendo celebridades, donde Mugabe las recibió y las nombró como las “Golden Girls”. Si bien años después no se le ha dado el renombre que este triunfo se merece por culpa del boicot -y porque las potencias del hockey no participaron- sí que es verdad que todo lo que acarrea la previa bien vale para catalogar al triunfo de esta nación surafricana como uno de los golpes más grandes que se han visto en el deporte. Zimbabue, el esperanzador nuevo país, no volvería a ganar medallas hasta el 2004. Pero más triste fue ver a Mugabe, ese gran maestro devenido en líder, convertirse en un dictador con todas las de la ley, sumiendo al país en la guerra y la miseria.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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