martes, 30 noviembre, 2021
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Por Carles Vila / @OutsidersStoryhistoriasdeoutsiders.com

 

Huyó cuando la situación se volvió insostenible. 

“Si pudiera elegir, me hubiera encantado haber prescindido de todas estas experiencias, los encuentros con Obama o el Papa. Me hubiera encantado no haber tenido que salir de mi casa y seguir viviendo allí en paz con mi familia hoy”. 

 

Morir con el traje de neopreno

La pequeña Yusra soñaba con ser piloto. Vivía una vida cómoda con su familia en Daraya, un suburbio de Damasco. Su madre, Mervat, era fisioterapeuta y su padre Ezzat, un entrenador de natación que a los tres años lanzó literalmente a sus hijas al agua para que el instinto de supervivencia aflorara en ellas. Algo quedó de ese primer impacto con el agua que les salvaría la vida más adelante. Sarah, su hermana, llegó al equipo nacional y ganó una medalla en los Juegos Panárabes, mientras Yusra representó a Siria en 2012 en el Campeonato Mundial de Turquía. 

En 2011, cursando séptimo grado, arreciaron las protestas contra Bashar al-Asad en Siria. La familia Mardini intentó minimizar los acontecimientos realizando una vida normal, llevando a las niñas a la escuela y practicando natación. Un año después, las cosas empeoraron y la crudeza de la guerra llegó a su barrio con miles de civiles muertos. Las fuerzas rebeldes y el ejército gubernamental se encontraron luchando calle por calle y los edificios se convertían en parapetos y campos de batalla. Cada semana, se perdía una parte de la ciudad. Los alimentos escasearon y los habitantes de Damasco se vieron obligados a comer sopa con las pocas verduras que conseguían. Se hizo más difícil llegar a la piscina y, cuando pudo ir, una bomba había destrozado el techo y varias instalaciones. La familia acabó mudándose a otra parte de la ciudad. Yusra dejó de entrenar. Dos años sin enfundarse el bañador y sentir el esfuerzo y la recompensa de unos tiempos pasados. 

Los meses pasaban y amigos y conocidos de los Mardini abandonaban el país ante la grave situación. Los padres se negaban a discutir ni tan solo esa opción que planteaban las hijas: “¿Sabes qué mamá? Me voy de Siria. Si muero, moriré con mi traje de neopreno”. Hasta que la tozuda realidad corrige opiniones. En verano de 2015, Mervat, la madre, llegó a casa con lágrimas en los ojos. Dos primos del padre y un amigo estaban dispuestos a sacar a Yusra, que contaba entonces con 17 años, y su hermana mayor Sarah, con 21, de Siria. La hermana pequeña se quedaría con los padres. 

 

La primavera árabe dejó paso al invierno árabe

Todo arranca en la inmolación de un vendedor tunecino que fue despojado de sus mercancías y cuentas de ahorros por la policía en 2010. Las protestas que siguieron en los países árabes, denominada como ‘primavera árabe’ del arco mediterráneo entre 2010 y 2012 tuvieron efectos diferentes en los estados musulmanes. Fue el anhelo de reformas democráticas y estructurales de estados como Libia, Túnez, Egipto, Argelia, Jordania, Marruecos y Siria donde sus gobernantes ostentaban largas décadas en el poder. La ‘primavera árabe’ dio paso al ‘invierno árabe’, ya que las protestas y los conflictos se sucedieron en el tiempo con suerte dispar.

La falta de trabajo y la escasez de alimentos fueron acicates suficientes para encender una mecha que llevaba bastante tiempo preparada. Lo que vino después fue particular en cada país: en algunos se consiguió derrocar el régimen ajusticiando a sus gobernantes, en otros se buscaron vías de pacificación democrática encubierta de cierto autoritarismo blando, en otros se sustituyeron los gobiernos por afines al anterior y en otros, desgraciadamente, se entró en una espiral de conflicto de guerra civil en la que terceros países metieron la cuchara para sus propios intereses. Como Siria.

Al flujo migratorio, ya de por si preocupante procedente de los países subsaharianos que se aventuraban a largos trayectos infestados de peligros, se sumaban los de la riba mediterránea que huían de la pobreza y los conflictos civiles. 

En Siria, las protestas contra Bashar al-Asad derivaron en enfrentamientos entre tropas rebeldes fuertemente armadas por elementos externos con intereses en la región que intentaban derrocarle como ya había sucedido en otros países como Libia o Egipto. En 2011 los combates se recrudecieron y durante los años siguientes, esta guerra civil que todavía no ha llegado a su fin ya ha dejado a 300.000 muertos por el camino y 5 millones de desplazados.

Dejar atrás familiares, amigos y tu maltrecha casa para aventurarse en lo desconocido no tiene nada de heroísmo: es pura supervivencia. Cuando la opción de morir de hambre o por una granada está sobre la mesa, huir es lo más sensato. 

  

La huida

El 12 de agosto de 2015, Sarah y Yusra volaron de Damasco a Beirut, Líbano. De allí, a Estambul, donde contactaron con traficantes de personas que les pondrían en la línea de salida hacia Europa junto con un grupo de otros 25 refugiados que los acompañarían durante el viaje.

Con un destartalado autobús abarrotado de miedo y esperanza a partes iguales, viajaron a Izmir, en la costa turca más cercana a la isla griega de Lesbos, la puerta de entrada a territorio europeo. “Pensamos que era el único autobús, pero nos dimos cuenta que había cuatro o cinco más y cuando llegamos al bosque donde esperábamos a embarcar, quizás había unas 200 o 300 personas”. Las autoridades turcas, conocedoras de esa ruta y de los asentamientos de inmigrantes, no ponen trabas. Saben que los traficantes disponen de armas y no quieren enfrentamientos. 

Después de cuatro días en el campamento casi sin comida y sin saber el instante de embarcar, llegó el momento de subirse a una lancha con otras 18 personas, incluido un niño de seis años. El bote solo era para ocho. En su primer intento fueron capturados por agentes fronterizos y enviados de regreso a Turquía. En el segundo, el motor se paró a los 20 minutos de salir en un trayecto que dura 45. Yusra vio que el bote se llenaba de agua y empezaba a tambalearse. Había riesgo de hundimiento.

De las 20 personas a bordo, solo las hermanas Mardini y dos chicos más sabían nadar por lo que los cuatro se metieron en las movidas aguas de un septiembre especialmente frío, para guiar la embarcación. Al anochecer, a su suerte, los integrantes de la barca rezaron. Alcanzar la orilla era una quimera. Solo podían esperar un rescate. Con los escasos teléfonos móviles y la cobertura que ofrecían, estuvieron llamando a la policía griega y a la turca y su respuesta fue la misma: “Den la vuelta y vuelvan por donde han venido”. 

El escozor del agua salada dañó sus ojos. Cada golpe de cada ola mermaba sus fuerzas, pero no había otra opción. Agarradas a la barca, cada minuto, pateaban y descansaban, pateaban y descansaban. Tres horas después, alcanzaron la orilla. No había nada. Nadie les recibió. Ni nadie les echó. Empapada, Yusra perdió sus sandalias. Empezaba el viaje a pie.

 

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Europa, ¡oh! triste Europa

Las penurias siguieron mostrándose a cada recoveco del trayecto. El grupo caminó durante días y días seguidos, durmiendo en campos o iglesias. Con el poco dinero que llevaban encima intentaban comprar comida, pero no todo el mundo les recibía bien. Aunque también se encontraron buena gente: una niña griega le dio su jersey y sus zapatos. 

Cruzaron Grecia. Los contrabandistas les metieron en autobuses a través de Macedonia hasta Serbia y Hungría. Estaban en Budapest a finales de septiembre cuando las autoridades húngaras cerraron la estación principal de trenes a los refugiados. Es una de las imágenes de la vergüenza europea que nos perseguirá durante décadas. Atrapados, desamparados, con los boletos recién comprados, les negaban subir al tren. 

Finalmente consiguieron salir de Hungría y, viajando a través de Austria, llegaron a Alemania, donde terminaron en un campo de refugiados en Berlín, compartiendo una tienda de campaña con seis personas con las que habían hecho todo el viaje. 

El invierno alemán fue tedioso y descorazonador. Largas colas en la Oficina Estatal de Salud y Asuntos Sociales para recibir día sí y día también la misma respuesta: “Vuelva usted mañana”. Los papeles para el asilo ocupaban todos sus pensamientos. Volver a nadar no aparecía nunca. Hablando con su madre se enteró que otra nadadora había conseguido una medalla en un campeonato y Yusra se hundió en la desesperación con una frase que se repetía como un mantra en su cabeza: “Yo debía estar allí, yo debía estar allí, porqué yo tenía mejores marcas que ella”. 

 

El intérprete

El mismo día que las hermanas Mardini pisaban suelo alemán, unos 20.000 refugiados de varios países también llegaban con sus sueños por realizar. Casi 80 años después de que miles de judíos, polacos, gitanos o armenios huyeran de Alemania, arribaban al campamento donde hasta 1987 existió la prisión de Spandau, en Berlín, que se derrocó tras el suicidio de Rudolf Hess, dirigente nazi encarcelado de por vida allí, para que no fuese motivo de peregrinaje xenófobo. 

Cerca de este centro de refugiados donde Yusra vivía junto con su hermana, está el complejo deportivo construido para los Juegos Olímpicos de 1936, el Olympiastadion y las piscinas Wasserfreunde Spandau 04. Gracias al traductor egipcio que las asesoraba en la tramitación de los papeles de asilo, las hermanas Mardini se pusieron en contacto con el club. El entrenador Sven Spannekrebs accedió a realizarles una prueba y vio de inmediato que tenía potencial, aunque los dos años sin entrenar habían hecho mella en su diminuto cuerpo. Había perdido fuerza y forma. Gracias a un programa para jóvenes deportistas, Spannekrebs empezó a entrenarlas. Sarah se lo tomó como una afición a la que quería volver pero sin competir mientras Yusra se aplicó tan en serio que el entrenador vio la posibilidad de que pudiera presentarse a campeonatos y, por qué no, si las marcas eran buenas, llegar a unos Juegos Olímpicos. El objetivo fue Tokio 2020. Su progresión fue mejor de la esperada y sorprendió por su tenacidad y dedicación. La cita de los Juegos de Río de 2016 estaba cerca y decidieron ponerse una nueva meta. 

 

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Los Juegos de Río 2016

El estilo al que dedicó más esfuerzo fue en el de los 100 metros mariposa. Unos entrenamientos en los que pasa 20 horas a la semana en el agua con diez sesiones de dos horas cada una, más una hora y media diaria de entrenamiento en gimnasio. 

La creación de un equipo de refugiados de diferentes países que competirían bajo bandera olímpica fue el impulso definitivo a la carrera como nadadora de Yusra. Hacía menos de un año estaba nadando por salvar su vida y, con 18 años, ya se presentaba a unos Juegos Olímpicos. La marca que consiguió (1’ 8’’21’’’) le dio el pasaporte olímpico. 

Su presencia en los Juegos impactó. Participó en los 100 metros en estilo libre y 100 metros mariposa. En un equipo, junto con 43 atletas más que habían huido de países en conflicto, tenía la oportunidad de pacificar su espíritu a través del deporte.

Fuera por los nervios o por la presión, su actuación en Rio 2016 no le permitió avanzar a semifinales al nadar un segundo más lento que su mejor marca. De todas formas, puso en el mapa deportivo su historia y a partir de entonces se convirtió en embajadora especial para la ACNUR, visitando a los refugiados en los campos por donde ella pasó e impulsando programas de ayudas. 

Evidentemente, el comité olímpico sirio tomó buena nota de la participación de Yusra en los Juegos Olímpicos, pero para Tokio 2020 ya ha tomado la decisión de seguir compitiendo bajo bandera olímpica.

 

Libro, película y carrera de modelo

Aunque dice sentirse muy a gusto en Alemania, donde se ha asentado y ha empezado una incipiente carrera como modelo, no descarta volver a Siria algún día. En su biografía ‘Mariposa, de refugiada a olímpica’ desgrana cada episodio de su desgarradora experiencia para que sirva de ayuda a cualquier persona que se encuentre en su misma situación: “Quiero que todos se mantengan fuertes por sus metas en la vida, porque si tienes metas frente a tus ojos, harás todo lo que puedas y creo que incluso si fallo lo intentaré de nuevo. Quiero demostrarles a todos que es difícil alcanzar tus sueños, pero no es imposible”.  

Su historia de superación tendrá también un formato de film a través de la plataforma Netflix que podremos ver en 2022. “The Swimmers” está dirigida por Sally El Hosaini, interpretada por las hermanas Manal y Nathalie Issa, y tiene como productor ejecutivo a Stephen Daldry, artífice de la exitosa serie ‘The Crown’.

Finalmente, toda la familia Mardini se ha podido reunir en Alemania. Su hermana pequeña Shaed y sus padres disfrutan de una vida apacible lejos de los bombardeos y conflictos que todavía hoy retumban en Siria.

 

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