martes, 19 enero, 2021
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Viejo es el viento y sigue soplando”, dice el conocido refrán que describe a la perfección la vida y la carrera deportiva de Yoshimasa Sugawara, el recordman del rally Dakar por ser el piloto con la mayor cantidad de ediciones disputadas de forma consecutiva (36) y de finalizadas ininterrumpidamente, 20 entre 1989 y 2009.

Y es que lograr semejante hito no es para cualquiera. El japonés nació en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial que, justamente, finalizó con las explosiones de las bombas atómicas en el país oriental. Pese a que las consecuencias del conflicto bélico fueron muy graves en lugares como Hiroshima y Nagasaki, en Otaru, la ciudad natal de Yoshi, la vida de los lugareños no sufrió grandes modificaciones en agosto de 1945 y los meses posteriores. De hecho, se puede trazar un paralelismo entre el crecimiento de Japón y el ascenso profesional de su padre, que de minero, maquinista y policía se convirtió en un empresario con un buen respaldo económico gracias a las ganancias de una empresa de jabón que él mismo fundó.

¿Qué tiene que ver esto con el entonces pequeño Yoshimasa? Principalmente en dos aspectos. El primero fue que gracias al buen pasar económico de su familia tenía todo el tiempo libre del mundo y pudo pasar más tiempo con su padre que el resto de los niños de su edad. Esto tuvo como consecuencia que pudieran compartir distintas actividades, entre ellas varias relacionadas a las motos, la gran pasión de Sugawara padre, que años más tarde marcaría el rumbo de nuestro protagonista.

El segundo está relacionado con el carácter. Desde pequeño, Sugawara entendió que el éxito de su padre se debía 100% al esfuerzo que había puesto para que la fábrica de jabones se convirtiera en la empresa que se terminó convirtiendo. Y con cuatro años empezó a replicar la voluntad de su progenitor. Cerca de su casa había una pendiente de tierra bastante inclinada que un día intentó subir montado en su bicicleta. Claramente fracasó por la combinación de su escasa fuerza y la inclinación del camino que buscaba emprender. Continuó intentando mientras exploraba todas las formas posibles de llegar a la cima: pedaleando sin estar sentado, haciendo zigzag, que al estar en tierra seca le costaba por el exceso de agarre de la superficie, y hasta tomando envión. Tuvieron que pasar dos años para que el pequeño Yoshi pudiese alcanzar su objetivo, que terminó siendo un presagio de su estilo de vida en el futuro.

Ya en su adolescencia tenía registros de conducir de hasta cinco tipos de vehículos y había comenzado a adentrarse en las carreras de motos, hasta que cuando estaba en la universidad se dio a conocer a lo largo y ancho de Japón como un dotado piloto de rally. Fue ahí donde desarrolló lo que él denominó su “velocidad ideal de carrera”, que consiste en calcular previo a la largada qué velocidad puede mantener en distintos tramos de la carrera, basado en todas las variables que hay en los trazados típicos de los rallies. Durante la etapa, eso lo visualiza en un punto rojo que lo “acompaña” durante todo el trayecto y que asegura que puede ir viéndolo en el camino cuando siente que está perdiendo tiempo en relación con lo que había calculado anteriormente.

Un par de años después cambió la tierra y el polvo por el asfalto al probar suerte en las carreras de autos en circuitos. Estuvo en los grandes autódromos de su país, Fuji, Suzuka y Funabashi, donde consiguió cierta relevancia a nivel nacional por sus victorias y su estilo de manejo, pese a que nunca pudo coronarse en ningún campeonato. 

Esa frustración hizo que abandonara momentáneamente los autos para volver a su primer amor: las motos. Y, hablando de regresos, se propuso un reto similar al de la pendiente que escaló con seis años: llegar a la cima del Monte Fuji en moto, algo muy difícil de conseguir ya que, a determinada altura, los motores se ahogan, en consecuencia se apagan y es imposible volver a hacerlos arrancar. Por ser un reto con numerosas dificultades, la espera, al igual que a sus cuatro años, iba a ser larga. Esta vez fueron diez los años durante los que su fuerza de voluntad estuvo a prueba antes de conseguir semejante hito. Otra vez su templanza se hacía presente y, viéndolo en retrospectiva, podemos decir que fue el factor determinante para tomar la decisión que cambiaría su vida.

La confianza que le había dado escalar el Monte Fuji lo llevó a sus 41 años a inscribirse en el Rally Dakar, que en 1983 era una creación muy reciente, con miles de desperfectos y que nadie imaginaba que iba a terminar siendo la competencia que hoy conocemos. Se inscribió en la categoría de motos y fue tal la improvisación del japonés que en la largada tenía una rueda de auxilio colgada en la espalda y menos herramientas de las necesarias para arreglar cualquier desperfecto básico que puede ocurrir en una carrera de semejante exigencia.

Pero, ¿cómo alguien se va a animar a desafiar a la naturaleza en el Rally más exigente, y en aquel entonces flojo de seguridad, con solo un par de competencias locales como experiencia? Ahí estaba la clave de Sugawara, quien en 1980 había manejado un camión Honda Acty en el trayecto Karachi-Lisboa y había acompañado como fotógrafo a la actriz Hiroko Hori en un vehículo de soporte 4×4 a lo largo de 800 kilómetros en el Desierto de Sahara. De hecho, luego se enteró que gran parte de la travesía del Sahara coincidía con cientos de kilómetros de la ruta que seguía el Dakar, factor que terminó siendo clave para convencerse de ser parte de la carrera.

La bienvenida del Dakar para con el japonés no fue la más fraternal, ya que no pudo completar el trazado en sus primeros tres intentos, los dos primeros por una fractura en su pierna que lo dejó varios meses fuera de las pistas. El lema del rally es “un desafío para los que parten, un sueño para los que se quedan”, y recién en 1986 pudo cumplir ese sueño al finalizar en la 33° posición. Ya en 1985 había abandonado la Honda XL 400 y se había reconciliado con los autos dado que participó con un Mitsubishi Pajero, que lo acompañaría hasta la edición de 1991 y cuyo mejor resultado fue un 22° lugar.

En 1992 el destino lo recompensaría después de las frustraciones que le generó en su etapa de corredor en circuitos. La empresa Hino, la marca de camiones subsidiaria de Toyota, le ofreció manejar el Serie 500 con el que entablaría una relación fructífera y duradera. ¿Por qué hablamos de frustraciones? Porque en su primera etapa con los autos, Sugawara nunca pudo coronarse campeón en Japón, siempre finalizando por detrás de los pilotos que contaban con apoyo financiero y de logística de Toyota. Intentó hacer de todo para vencerlos, hasta llegó a desgarrar parte de la pintura de su propio auto para que sea más ligero, pero los vehículos de sus rivales eran, simplemente, mucho mejores.

Los resultados en su inicio con los camiones no tardaron en llegar: finalizó 2° en 1994 y 1995, hizo lo propio en 1997, 1998 y 2001, volvió a subirse al podio en 2002 al finalizar 3° y mantuvo una racha de 14 años dentro del top 10 de la categoría. Con la irrupción de los Kamaz en calidad y cantidad de vehículos, en gran parte gracias al apoyo económico de Red Bull, y por el paso del tiempo que se hacía sentir en su cuerpo comenzó su declive en la clasificación general al final de cada edición. Pero, a esa altura de su vida, su mentalidad y sus objetivos habían cambiado: “La línea de meta es la línea de inicio del próximo Rally”, decía el japonés que sostenía que la carrera en sí la siente como un epílogo del trabajo de todo un año.

 

 

Y eso se ve si analizamos la seriedad con la que se preparaba para cada Dakar. Competía en tres carreras de motos de más de 4000 kilómetros para mantenerse físicamente, no tomaba alcohol, dejó de fumar en 2012 y a partir de junio cambiaba sus hábitos alimenticios y los adaptaba a los de las dos semanas de competencia para que su cuerpo se vaya acostumbrando. Mientras manejaba nunca comía más de seis bizcochos y su cena era súper liviana para que su sueño sea más profundo y placentero. Encima, a diferencia del resto, Sugawara no delegaba la conducción durante los prólogos, aquellos kilómetros de recorrido que no son cronometrados, modalidad que sólo se puede llevar a cabo en los camiones.

Con 67 años, en 2009 consiguió el primero de los dos records que ostenta al ser el piloto que más ediciones finalizó de forma consecutiva, desde 1989 cuando manejaba en autos con Mitsubishi hasta 2009 con Hino pasando por una edición cancelada como la del 2008 y la mudanza del Dakar a Sudamérica. ¿Y el segundo? El segundo llegó en 2017 cuando a sus 75 años se convirtió en el primer piloto en disputar 34 ediciones de forma consecutiva, cifra que luego ampliaría a 36 con sus participaciones en 2018 y 2019. Fue en 2017 cuando Guinness lo inmortalizó con sendos registros en su Libro de los Records Mundiales.

En abril de 2019 anunció su retiro de la competencia con 77 años a través de un comunicado en el que aclaró que también dejaría su cargo como director del equipo Hino. La información tomó al mundo automotor por sorpresa ya que, luego de no haber podido finalizar en 2018 y 2019 por quedarse estancado en las dunas de Perú y por un problema con la dirección de su camión respectivamente, se esperaba que participara de la edición 2020.

Ese es uno de los pocos arrepentimientos que puede llegar a tener Sugawara: no haberse despedido de su pasión como le hubiese gustado y no haber llegado a correr en Arabia Saudita, la tercera zona geográfica que albergó la competición junto con el recorrido original París-Dakar y los 10 años en Sudamérica.

 

 

Sin embargo, la partida del japonés no significó el fin de su legado ni mucho menos. Su hijo Tehurito, a quien le traspasó su pasión por la velocidad tal como su padre lo había hecho consigo, está participando de su 23° Dakar también con un Serie 500 y se viene imponiendo en la categoría de hasta 10 litros desde 2007.

Y es que el Dakar ha demostrado que también puede ser un asunto de familia. Desde hermanos compitiendo juntos como los Benavides en motos y los Patronelli en cuatriciclos hasta de padres e hijos como los Van den Brink y los Sugawara en camiones. En estas dos últimas familias las historias tienen inicios similares: los hijos comenzaron como mecánicos de sus padres por la locura que éstos les contagiaron por las ruedas desde pequeños.

Porque, a fin de cuentas, de eso se trata. Disfrutar del proceso y de lo que uno hace puede llevar a cosas impensadas, como que un señor de 77 años corra el Rally más duro del mundo en un vehículo en el cual tiene 670 caballos de fuerza a disposición de su pie derecho. Como decía Sugawara: “Me gustaría que me recuerden como alguien que amó esta carrera”.

 

 

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Facundo Osa
¡Buenas gente! Soy Facundo Osa, tengo 20 años y me gusta escribir de todo un poco. Últimamente estoy en una parte más polideportiva de mi escritura ya que me alejé del fútbol porque dejó de atraparme como antes. Así que ya saben, cada vez que vean alguna nota que sea de algún deporte que no frecuentamos tanto en la página, seguro sea mía jajajaja. Ya que están, síganme en Twitter (@FacuOsa) si no se quieren perder de nada del mundo polideportivo (especialmente rugby, básquet y automovilismo).

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