miércoles, 30 septiembre, 2020
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No hay que ser un mago para contemplar la capacidad futbolística de algunos jugadores. Aquellos que por su envergadura dentro del campo de juego y su significación dentro y fuera del rectángulo despiertan sensaciones únicas que nos incitan a admirarlos, solo que algunas veces, no tanto.

En el más reciente partido de Colombia por las eliminatorias al Mundial de Rusia 2018, dentro de muchos aspectos tácticos en ambos equipos, se evidenció una ausencia preparada de antemano por aquellos que hacen daño. Perú visitó Barranquilla y perdió 2-0 frente al local. No obstante, un mes antes, en un partido amistoso, un jugador peruano hizo gala de su escepticismo al gran juego para privar a la última Bota de Oro del Mundial de jugar por lo menos el primer partido de eliminatoria.

Estamos hablando de la fuerte lesión en la que se vio inmiscuido James Rodríguez por parte de Carlos Zambrano. El defensor del Eintracht Frankfurt, con una marca férrea y por momentos algo desquiciada, lesionó al 10 del Madrid con un saldo algo nefasto: rotura fibrilar de su muslo izquierdo. El volante se quedaba afuera del juego contra los incas por eliminatorias un mes después.

El antecedente es prematuro en la manera en que juzgamos la forma de jugar de los peruanos. El recio Zambrano había ganado una batalla (individual), pero no colectiva.

Situémonos en las eliminatorias al Mundial de México 1986. Más exactamente al 23 de junio de 1985 en el Estadio Nacional de Lima. Perú recibía a Argentina y necesitaba imperiosamente lograr la victoria para alcanzar a la albiceleste en la cima de la tabla y poder asegurar, por lo menos, la repesca para el Mundial el año siguiente.

Luis Reyna era un volante de primera línea que jugaba en Sporting Cristal. Había disputado el Mundial de España con su Selección y quería de alguna forma, aportar su grano de arena para clasificar al próximo. Una tarea titánica había puesto el DT Roberto Challe sobre Reyna en aquel encuentro: “a dónde vaya Maradona, vas tú, no importa. Síguelo por todo el campo”.

Estas podrían haber sido las palabras de Challe para con Reyna, que se tomó muy a pecho su laboriosa tarea. En ese equipo peruano había figuras de la talla de Oblitas (quien marcó el único gol de ese partido), César Cueto y Julio César Uribe entre otros. Sin embargo y en medio de la premeditación de sus compañeros, Reyna cumplió a cabalidad con su encomienda.

El recio volante siguió por donde fuera a Maradona durante todo el partido. Diego, acostumbrado a lidiar con los fuertes stoppers de la Serie A, fue presa fácil durante 76 minutos en donde el peruano le perseguía el número, incluso, cuando el 10 no hacía transitar la pelota. Hasta en los tiempos muertos del partido lo seguía.

Para las estadísticas se dirá que Reyna recibió una tarjeta amarilla por una fuerte entrada por detrás al volante del Napoli. Dos veces el peruano tocó la pelota: en el minuto 24 para entregarla a un compañero y al 87 para recepcionar de primera una jugada sobre el área propia. Nada más.

Aquel partido terminó 1-0 a favor de Perú. Diego volvería a Nápoles a enfrentar a Baresi, Falcao, Platini y Zico. Reyna, en cambio, dejaría de lado la inoficiosa tarea de perseguir delanteros de la liga local para decirle a sus nietos: “yo asfixié a Maradona en un partido de fútbol”.

 

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Comunicador Social y Periodista colombiano. Fanático del deporte en general y apasionado por el fútbol. Amante de las buenas historias que pueden cambiar la vida de las personas.

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