lunes, 4 noviembre, 2019
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Después del partido de ida de los cuartos de final de la Champions League de la temporada 2003/2004, las posibilidades de pase para el Deportivo de La Coruña eran de color hormiga, las esperanzas en conseguir la Orejona se desquebrajaron como una magdalena al mojarla demasiado y los aficionados del equipo gallego se quedaban con el alma rota.

El viaje que recibieron en San Siro los hombres de Javier Irureta era para que les hubieran dejado en coma por un largo rato. Los italianos les endosaron cuatro goles en ocho minutos y eso que los deportivistas se adelantaron en el marcador con un tanto del ‘RiflePandiani, un futbolista siempre diferente, que llegó a comprarse un camión rojo con el que iba a los entrenamientos y que tenía pintado el mote del uruguayo. “Tras el 4-1 final, las sensaciones fueron las mismas que cuando salió el sorteo: esto es realmente difícil”, recuerda el periodista Nacho Carretero.

Carretero: “Pero cuando cada deportivista apagaba la luz de la mesilla y cerraba los ojos esos días, se temía que algo iba a pasar”

La rifa de las bolas emparejó al Milan, equipo que defendía el título de campeón de Europa, con la entidad gallega, que, posiblemente, estaba viviendo las mejores temporadas de su historia. Era un cruce por todo lo alto. “Por todo lo que el Dépor estaba consiguiendo esos años, por la adrenalina permanente que había en la ciudad en esa época, la irrealidad instalada en todo lo que hacía el Dépor, había mucha gente que creía. De puertas afuera la mayoría decía que no había nada que hacer, que solo quedaba disfrutar del mejor equipo de Europa y aplaudir. Pero cuando cada deportivista apagaba la luz de la mesilla y cerraba los ojos esos días, se temía que algo iba a pasar”, explica Carretero.

El actor gallego Alberte Montes, que, por aquel entonces, tenía 17 años, era el único deportivista en su instituto de Barcelona. Y, a pesar de la presión, era optimista. “Pero yo lo era. Siempre lo fui. Optimista, iluso, gilipollas… Pero es que había motivos para serlo. Eran los mejores años de la historia del club, había hecho, hasta la fecha, un gran torneo [8-3 del Mónaco a parte], así que yo esperaba con ansia el partido de vuelta”.

El Dépor tenía cimientos para soñar con una noche mágica y no quedarse en la cuneta en la competición de las estrellas. La remontada al PSG, ganarle al Bayern de Múnich en su estadio, hacer lo propio en Turín, en Manchester, con un Diego Tristán memorable y, sobre todo, arrebatarle la Copa del Rey al Madrid en el Santiago Bernabéu cuando todo estaba preparado para que los blancos ganasen el torneo en el día que cumplían 100 años. Aquello fue tan antológico que recibió el nombre del Centenariazo y todavía resuenan sus ecos.

“Cuando el partido arrancó, todo el mundo creía en la remontada con la convicción de una secta al borde del suicidio colectivo. No había explicación racional alguna que pudiese explicar por qué Riazor estaba lleno y aquella gente gritaba”, relata Carretero. “Imagino a los hinchas visitantes del Milan pensando: ‘¿qué coño creen que va a pasar?’. O mejor aún: ‘¿qué coño saben y nosotros no?’”
Alberte Montes, que “estaba más nervioso que Benzema en un control de tráfico”, vivió el enfrentamiento entre su equipo y los rossoneri en un bar. “Es dónde se deben ver este tipo de encuentros. Rodeado de amigos cachondeándose de mí, pero les duró poco el choteo”, subraya jocosamente el intérprete.

Carretero: “Llevaba fatal compatibilizar mi trabajo con mi pasión como hincha. Aquello era muy difícil para mí. Así que fue un premio poder disfrutar aquel partido como aficionado, con mis amigos, en la grada”.

Por su parte, Carretero, que en 2004 ejercía como periodista para Marca, logró permiso para no trabajar y así disfrutar el partido con sus colegas. “Yo llevaba fatal compatibilizar mi trabajo cubriendo al Dépor con mi pasión como hincha. Aquello era muy difícil para mí. Así que fue un premio poder disfrutar aquel partido como aficionado, con mis amigos, en la grada”, recapitula. En el estadio o en un tugurio a más de 1.000 kilómetros, así es como se siente el amor hacia un club.

Los aficionados deportivistas no olvidaran aquel once que saltó al césped de Riazor contra los italianos. Molina, en la portería; Manuel Pablo, Naybet, Andrade y Romero, en defensa; Sergio, Mauro Silva, Víctor, Luque y Juan Carlos Valerón, en el medio del campo; y Pandiani, como punta de lanza del ataque del conjunto gallego. En el otro lado; Dida, Cafú, Nesta, Maldini, Pancaro, Gattuso, Seedor, Pirlo, Kaká, Tomasson y Shevchenko. Esa fue la alineación de Carlo Ancelotti. Tampoco eran unos cojos estos italianos.

En el fútbol, las directrices establecidas para conseguir una remontada de este calibre establecen que es muy importante marcar un gol en los primeros minutos. Romero centró raso al borde al área rival, donde el charrúa Pandiani controlaba con la izquierda y se giraba con el balón cosido a la misma pierna. Esa zurda que usó para disparar raso y batir al brasileño Dida. El primer paso estaba hecho: el equipo gallego marcó antes del minuto cinco. Los jugadores y la afición empezaban a creer en el milagro. Aquel tanto les sentó como una ducha caliente.

El Dépor seguía intentando perforar la portería contraria, pero Kaká puso el corazón de los blanquiazules en un puño cuando, prácticamente, dejó sentado a Molina con un movimiento de cadera terrorífico para los intereses gallegos. Pero, por otro lado, el que fuera el ultimo Balón de Oro antes de la hegemonía de Messi y Cristiano no acertó a embocar la pelotita tras la línea de gol.

Tras varias acciones que levantaron a los aficionados de sus asientos, Albert Luque ponía un centro medido que el guardameta brasileño del Milan se comía con patatas, salía a por uvas o la metáfora que más os guste para definir una cantada de un portero. Ese esférico teledirigido del zurdo catalán iba directo al arma más arrojadiza de Juan Carlos Valerón: la cabeza. Esa cabeza que usaba tanto para jugar con los pies, pero pocas veces para tocar el balón con ella. El canario anotaba el 2-0 con su testa.

Después de traspasar a Nesta y Cafú, Albert Luque, como Picasso, garabateo una obra de arte con su zurda. “Recuerdo celebrar el tercer gol de una forma bestial, la alegría saliendo a presión de mi garganta, como un grifo roto que no puedes regular”, comenta Carretero.

En un descuido, los deportivistas crearon un universo. Nadie podía presagiar tal gesta. Sobre el papel y sobre los cerebros, la remontada era algo inusitadamente extraño. El Milan no podía capear el temporal, no sabían dónde estaba el norte. El Dépor estaba siendo un torbellino y la entidad transalpina debía sentir ahí mismo el fin del mundo. No existían gasas suficientes ni los italianos sabían dónde presionar para dejar de drenar la sangría que estaban recibiendo.

Los primeros 45 minutos de este segundo enfrentamiento entre ambos conjuntos trajeron algo de desasosiego e historias para no olvidar y contar muchas veces. “En el descanso recuerdo que el Dépor iba 3-0 arriba y yo estaba en el baño meando. Todo el mundo en aquel baño estaba cantando y saltando y yo susurré “aún queda toda la segunda parte”. Un señor que estaba a mi lado, con un entendimiento que solo se produce entre dos hombres cuando hablan mientras tienen agarrados sus penes, me dijo: ‘pero, neniño, disfruta este momento y ya veremos lo que pasa al final’. Y pensé, coño, este tío tiene razón. Qué manera de autoboicotearme la alegría de este momento. Así que decidí que, de ahí al final, pasase lo que pasase, iba a disfrutar aquel partido. Cuando vi salir a los jugadores en la segunda parte corriendo, acelerados como caballos de carreras, me dije que eso no se nos escapaba. Que era imposible”, narra el autor de Fariña.

La eliminatoria había dado la vuelta como esa conversación con la pareja en la que al final acabas pidiendo perdón y te quedas con la sensación de que el que estaba enfadado eras tú. Pero un simple gol de cualquier manera de los rossoneri les daba el billete a estar entre los cuatro mejores equipos de Europa de ese año. Fran, que entró al césped en el minuto 66, consiguió que los del Milan tuvieran que hacer algo más, mucho más. El mito gallego se marchaba de su pareja defensiva con un autopase con el pecho. Con ello, lanzó un latigazo que se topaba con las piernas de Cafú que desviaba el balón y este entraba en la portería italiana. 4-0 y poco o nada podían hacer los de Ancelotti para no subrayar hasta el extremo su fatídico entierro en una de las primeras noches de aquel abril de hace 15 años. Un mísero gol les daba la oportunidad de luchar media hora más por el billete a las semifinales, pero estaban noqueados.

“Merecemos un diez, al igual que los aficionados. Ha sido la mejor noche de mi carrera, pero todo este esfuerzo no servirá para nada si no llegamos a la final”. Esto lo dijo el propio Luque tras consumarse la remontada y eliminar a la temible escuadra italiana. La batalla cruel contra el Oporto ya es otra historia. Parecía que todo estaba destinado para que el Dépor fuese el tercer equipo español en levantar la Orejona. Carretero, que afirma que ya se veían campeones porque habían eliminado a la Juventus, al Milan y el Madrid también estaba fuera, destaca: “El sorteo nos ofrecía el Oporto, el PSV o el Mónaco. Era factible. Éramos los mejores. Pero no se dio”.

Como ocurre en las mejores casas cuando pasan estas cosas, se intentan buscar explicaciones fuera de lo terrenal. El mediocampista Andrea Pirlo, que anotó un golazo de falta directa en el partido de ida, dejó entrever que los jugadores del Deportivo de la La Coruña no solo tomaban agua o bebidas isotónicas. “Cuando el árbitro señaló el descanso, se fueron corriendo hacia el vestuario como si fueran Usain Bolt. No eran capaces de estar quietos”, manifestaba el italiano. Elegante hasta en la derrota, cuando más cuesta.

Las crónicas tras el partido de ida no daban ni un gramo de oportunidad para los de Irureta y lamentaban que no hubiera un equipo español en semifinales de aquella Champions League. “Haríamos cualquier cosa, fijaos si está difícil la clasificación. Si pasamos haré el Camino de Santiago. Y si hace falta, de rodillas”. Esto se jugó el técnico vasco. ‘Jabo’, como hombre de palabra, cumplió con su apuesta y se vistió de peregrino unos meses después de la gran gesta que realizaron sus chicos. El preparador es de ideas fijas, ya que estuvo viviendo en la habitación 514 del Hotel Meliá María Pita de A Coruña durante los siete años que estuvo al frente del conjunto gallego.

Montes: “Es el más grande recuerdo futbolístico que tengo. Nada es comparable”.

Para muchos aficionados del Deportivo de La Coruña esta será su gran noche como canta Raphael. Para Montes es así. El actor no se queda ni con las Copas del Rey, ni con LaLiga, incluso ni con el Centenariazo. “Es el más grande recuerdo futbolístico que tengo. Nada es comparable. Solo decir que salí a hombros del bar. Por la celebración y porque no podría haberlo hecho de otra forma”.

Los latidos en Riazor se debieron de unificar. Yo no estuve allí, pero me imagino a los blanquizales y a todo su estadio abrazándose dando igual sí conocían o no al del costado, soltando exclamaciones, gritando y llorando de alegría. Muchos aficionados o, simplemente, gente que pasaba por ahí estrenarían el día sin dormir y a sabiendas de que esa noche sería algo grande que contar. Por un momento, la vida fue algo menos fea.

En aquel 7 de abril de 2004, hubo un partido de Champions League en Riazor, una remontada memorable, alcohol antes y después, más después que antes, mucho más. Hubo amigos, conocidos, amigos que se conocieron en los asientos o en los baños del estadio, un adolescente en la otra punta del país viendo el encuentro en un bar, donde servían butifarra catalana y no empanada de zamburiñas o lacón con grelos. Hubo rabia, verdadero fuego en una noche bañada por la luna, un purgatorio y un Valhalla. Unos murieron deportivamente hablando, aunque, a lo mejor, quisieron hacerlo literalmente, tirarse desde la Torre de Hércules. Hubo martirio, ruinas, existo, traspiés, resacas, promesas por cumplir, ruinas de nuevo, llantos, lagrimas que hicieron subir el nivel de las Rías Altas, felicidad y saltos de casi me mato. Una afición volcada en aras del éxtasis, de la emoción, de las mejores escenas de aquellos jugadores a los que veneraban. Goles. Amor efervescente e incondicional. Y, al final, poesía.

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Periodista. Las pasiones que amo me matan. Escribir es una de ellas.

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