lunes, 18 octubre, 2021
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21 de julio de 1996. En el RFK Stadium de Washington, a las 15.30, debutaba Brasil ante la campeona mundial, Noruega. Casi 46 mil personas presenciarían no solo el que sería el segundo partido de la historia del fútbol femenino en la historia de los Juegos Olímpicos (ese año fue la primera vez que la especialidad se incorporó), sino que, además, aquellas personas que estuvieron en el estadio y los que se prendieron a la televisión pudieron ver en acción a jugadoras de la talla de Pretinha (autora de los dos tantos en el empate de aquella tarde), Sonia, Tania, Roseli o Sissi. Pero esa jornada también estuvo en cancha una adolescente de apenas 18 años llamada a ser historia: Miraildes Maciel Mota.

Nacida en Salvador de Bahía un 3 de marzo de 1978, la pequeña Formiga jugaba en las calles sin entender porque el fútbol era una actividad prohibida para las mujeres. Ella solo quería patear balones como sus amigos, ser feliz, aunque en su Brasil natal el deporte rey no podía encontrar reinas debido a que desde 1941 se encontraba proscripto, al igual que otras disciplinas como el boxeo, rugby o waterpolo, ya que eran actividades no “femeninas”. Durante 40 años las féminas tuvieron que jugar al futebol de manera clandestina, incluso teniendo que recibir burlas de todo tipo por parte de una sociedad machista. La ley dejaría de tener vigencia en 1981, pero a las mujeres les costaría muchos años más de sufrimiento, dolor y lucha el poder normalizar el hecho de practicar el deporte que amaban.

Formiga, que recibió su apodo debido a que ella jugaba para el equipo y no para si misma, decidiría aprovechar que ya no existían leyes prohibitivas para practicar el deporte que la hacía feliz. Fue así que llegó a un grande como el San Pablo a la edad de 12 años, sintiendo que tenía mucho para dar. El fútbol era algo bastante insipiente en su patria y, de hecho, en los primeros dos mundiales Brasil se quedaría afuera en la primera ronda. De hecho, las sudamericanas no debieron disputar los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996, debido a que, como este torneo se agregó al calendario sobre la marcha, no dio tiempo a generar eliminatorias, así que las 8 clasificadas saldrían de las cuartofinalistas del Mundial de Suecia 1995. Sin embargo, uno de los equipos que logró llegar a dicha instancia fue Inglaterra, y al no tener cupo Gran Bretaña sería la Canarinha la que aprovecharía. Y vaya si lo aprovechó al máximo.

Tras empatar 2-2 con Noruega, Brasil derrotaría a Japón 2-0 y luego daría el gran golpe, empatando 1-1 con una de las candidatas, Alemania (la subcampeona mundial), eliminando a las teutonas y de paso metiéndose en zona de medallas. Sin embargo, y pese a que la selección sudamericana por fin había podido prepararse a conciencia para un gran evento, todavía tenía mucho camino por recorrer y el cansancio comenzó a notarse. Lucharon con uñas y dientes ante China, llegando a ir 2-1 arriba, pero terminarían por perder 3-2 sobre la hora, para luego ceder el bronce al perder 0-2 ante Noruega.

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Sin embargo, esta primera experiencia sería crucial para el futuro de Formiga y la selección, que terminarían por ser prácticamente lo mismo. La hormiga brasileña, que debutó justamente en el torneo global de 1995, no se perdería ningún evento más, rompiendo record tras record. A Sydney 2000 llegaron tras el bronce en el Mundial de Estados Unidos 1999 y en tierras australianas se encargaron de dejar en el camino a Suecia y a las locales, antes de ceder con el mejor equipo del mundo, Estados Unidos, por apenas 1-0, quedando nuevamente en el 4° puesto.

En Atenas, la cuna del olimpismo, llegaría el primer gran momento de gloria para el fútbol femenino brasileño. Las veteranas Roseli, Pretinha, Tania o Maravinha vieron como otra adolescente aparecía con todo su talento para ser la nueva líder. Marta se convertiría en la pieza clave que necesitaba el seleccionado para terminar de explotar y, de paso, masificarse, haciendo que más niñas quisieran ser futbolistas en el pais mais grande do mundo. Por supuesto que la trabajadora Formiga, que contaba con 26 años -y ya jugaba en Suecia, que en esos momentos tenía una de las ligas top a nivel mundial-, sería parte fundamental del equipo, que pasaría a los cuartos de final de manera cómoda (triunfos 1-0 ante Australia y 7-0 a Grecia, cayendo solo ante Estados Unidos), para luego meterse a semis con un impresionante 5-0 a México, con doblete de la de Salvador de Bahía incluido. Suecia era el rival en la anteúltima ronda, esa instancia que se había transformado en el tope de un equipo talentoso, pero que lejos parecía estar a nivel físico y táctico de las mejores. Sin embargo, el 23 de agosto del 2004, en Patras, ese muro se rompería gracias a un tanto de Pretinha. Todo el pueblo salió a festejar una gesta impresionante, de la mano de mujeres que, en algunos casos (Roseli, Tania, Maravilha, Pretinha, Maycon, Andreia, Monica, Grazielle, Juliana y la propia Formiga) habían nacido y creciendo teniendo a su deporte prohibido y que allí, en Grecia, lograban algo que ni siquiera el equipo masculino, el gran pentacampeón mundial, había conseguido: llegar a una final olímpica, a la cima misma del deporte. Estados Unidos, la gran bestia negra, lograría el oro, pero no sin sufrimiento, ya que Wambach recién pudo poner el 2-1 final en el suplementario.

Cuatro años después llegaron a los Juegos nuevamente como subcampeonas mundiales. Ya no eran las ingenuas y desorganizadas sudamericanas: Formiga y sus compañeras eran un seleccionado de primer orden, que maravillaba a todos con su juego siempre alegre y cálido, como el de todo equipo brasileño de bien. En Beijing volvieron a pasar la primera ronda con solvencia, superando incluso a Alemania en la tabla, para luego vencer a Noruega 2-1 en cuartos, metiéndose, una vez más, en las semifinales. Allí las que sufrieron la samba sudamericana fueron las germanas, que comenzaron ganando gracias a Prinz, pero aquello sería un espejismo: Formiga, Marta y Cristiane (x2) fueron las encargadas de mandar a casa a las bicampeonas mundiales, vengándose de la caída sufrida también en China pero un año antes. Estados Unidos, nuevamente, sería el obstáculo insalvable, pero nuevamente el triunfo para las norteamericanas llegó recién en el suplementario, gracias a Carli Lloyd.

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En Londres 2012 Japón, la campeona mundial del 2011, rompería la gran racha brasileña y en casa llegaría un momento de lágrimas eternas, cayendo ante Suecia en semis y con las canadienses en el partido por el bronce. Brasil, una de las cunas del fútbol femenino en el 2000, comenzaría a ver en la última década como la falta de inversión y el crecimiento de varias rivales las iba relegando a un segundo plano. De hecho, esto generó que el recambio tan requerido se fuera complicando bastante, al punto tal de llegar a Tokio 2020 con solo 4 jugadores menores de 23 años. Formiga, con 43 y siendo la única futbolista en participar nada menos que en siete Juegos Olímpicos, aportó su granito de arena una vez más. Las brasileñas pasaron como segundas de zona solo por diferencia de gol, logrando un gran empate ante Países Bajos, las subcampeonas mundiales. Pero luego Canadá se encargaría de arruinar el sueño en cuartos y en la tanda de penales. La Hormiga Atómica, sin saberlo, jugaría sus últimos 73 minutos, antes de ser reemplazada por Angelina.

Y eso que su participación en Japón no parecía viable tras el final del torneo de Rio de Janeiro. “Quería dejarles espacio a las jugadoras más jóvenes” dijo en una entrevista antes del Mundial del 2019. El entrenador Vadao le pidió por favor que repensara su decisión y al final la mujer de Salvador de Bahía decidió seguir un poco más, explotando hasta lo último su clase, calidad, madurez y forma de jugar en equipo, además de aprovechar su nombre para denunciar la falta de obras y ayudas, al igual que haría su compañera Marta. Formiga busca que su legado sea un mejor fútbol para las que vengan detrás, uno en donde no tengan que pasar por todo el sufrimiento que ellas vivieron durante tanto tiempo.

“Hay más equipos en la liga femenina, más campeonatos y más mujeres que quieren jugar. Pero las estructuras son demasiado pequeñas. Las niñas necesitan más oportunidades, más formación” expresaría la número 8 de las verdes y amarillas, que agregaría que “necesitamos acelerar el proceso para tener nuevas chicas, pero no hay espacios para ellas. En Alemania o Estados Unidos pueden refrescar sus equipos porque tienen ligas fuertes, entonces quien sea entrenador no batalla con encontrar a otra Marta o Cristiane. En Brasil sí se le dificulta”.

La eliminación de Brasil en Tokio significó, posiblemente, el retiro de la eterna Formiga, esa que estuvo presente siempre, siendo historia viva del fútbol femenino y un corte de época, entre la prohibición, los inicios en el mundo FIFA (y olímpico) y la actualidad, donde cada vez se visibiliza más esta rama. Si aquella pequeña que jugaba en las calles con sus amigos se cruzase con su yo del presente, seguramente se sentiría orgullosa de como evolucionó. Y, sobre todo, observaría a una mujer feliz por haber podido hacer lo que en verdad anhelaba.

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Fuentes

 

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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