miércoles, 30 septiembre, 2020
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Hacia finales del siglo XX todo el mundo estaba expectante con respecto a África y su fútbol. Tras las grandes campañas de Argelia en 1982, Marruecos en 1986 y Camerún en 1990 era lógico pensar que las selecciones de ese continente estaban listas para dar el salto y pelear por los títulos mundialistas ante las potencias europeas y sudamericanas. Y ese sentir terminó por maximizarse tras el oro olímpico de Nigeria en 1996, cuando los Babayaro, West, Kanu, Amunike, Babangida u Okocha desplegaron un juego que fue capaz de dejar en el camino a naciones como México, Brasil o Argentina. Eran tiempos llenos de esperanza dentro de un continente siempre convulsionado y empobrecido, pero que comenzaba a exportar talento de calidad a distintos países del mundo, sobre todo del Viejo Continente.

Camerún, ya desde los años 80´, venía dejando en claro que se había posicionado como uno de esos seleccionados capaces de dar una sorpresa en una Copa Mundial de la FIFA. Sin embargo, tras aquel espectacular arribo a los cuartos de final en Italia 90´ había visto una notable disminución en su nivel, algo que relegó a la selección bastante con respecto a una floreciente Nigeria. Por dar algunos ejemplos: Los Leones Indomables no pudieron ganar ningún partido en los mundiales de Estados Unidos y Francia y hasta llegaron a quedarse afuera de una Copa Africana de Naciones (1994), retocando un poco su imagen recién en la edición de 1998, cuando fueron cuartofinalistas. Las grandes figuras como Roger Milla, Joseph-Antoine Bell, Thomas N´Kono, Stephen Tataw, Jacques Songo´o o Francois Omam-Biyik fueron compitiendo cada vez con mayor edad en los certámenes sin conseguir que hubiera una renovación adecuada y a tiempo, algo que agudizó el contraste entre las leyendas y los jugadores emergentes, como Samuel Eto´o, Salomón Olembe o Pierre Womé, que jugaron el Mundial de 1998 teniendo menos de 20 años (y, en el caso de los dos primeros, apenas 17).

Sin embargo, estos golpes justamente demostraron que había una pujante selección repleta de juveniles dispuesta a tomar el mando heredado por sus mitos de la infancia. Al torneo disputado en tierras galas acudieron varios jugadores Sub-23, 13 para ser más exactos, por lo que el siguiente paso para comenzar esta ardua renovación debería llevarse a cabo en dos pasos: primero, buscando más talentos para afrontar los torneos juveniles de 1999 para, luego, intentar dar el gran paso que era clasificarse para los Juegos Olímpicos de Sídney 2000, hecho bastante relevante para los cameruneses si tenemos en cuenta que solo habían podido disputar la edición de 1984 en Los Ángeles.

Lamentablemente los Leones no pudieron clasificarse para el Mundial Sub-17 de Nueva Zeland pese a haber realizado una gran eliminatoria (caerían por la mínima en las semifinales ante Ghana y luego el tren pasaría de largo al perder también por 0-1 ante Mali por el tercer puesto), aunque la Sub-20 si logró el objetivo. En aquel conjunto (que perdió ante los malienses por un impresionante 5-4 en los octavos de final) jugaban, entre otros, Carlos Kameni, Modeste M´bami y Daniel Kome, que también disputarían los Olímpicos al año siguiente.

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El camino hacia Sídney, sin embargo, no fue sencillo para Camerún. Si bien es cierto que en la etapa preliminar despacharon al Congo con un 5-0 en el global, en la fase de grupos (que daba un solo cupo para el torneo, ya que no se disputó en esta edición un campeonato africano Sub-23) tuvieron que sudar bastante. Tras vencer a Guinea (3-0) y Ghana (2-1), Sudáfrica los sorprendió con un 2-0 como local, por lo que pasaron a la cima del grupo con siete unidades. Pero los Leoncitos rugieron fuerte una semana después, consiguiendo el mismo marcador –pero a favor- y derrotando luego tanto a Guinea (2-1) como a Ghana (1-4) para hacer inútiles los esfuerzos del conjunto del sur del continente. A esto se le sumó que la mayor, que contaba con Eto´o, Olembé, Womé, Geremi, Bekono o Lauren (más otros talentos jugadores como Song, Foé o Kalla), terminaría haciendo historia al ganar la Copa Africana de Naciones pocos días después de la clasificación olímpica, por lo que el estado de forma de cara a este magno evento era sublime. Camerún, por fin, había encontrado su tan anhelado recambio generacional y este vería la luz en unos meses.

 

El oro al final del túnel

 

El entrenador escogido para llevar adelante a tan prometedor conjunto fue un sorprendente Jean-Paul Akono, un ex atacante con poco recorrido como jugador –solo había tenido algunas internacionalidades entre 1972 y 1973- y menos como entrenador ¿Sería capaz de llevar a este grupo a la gloria o todo terminaría en un nuevo fracaso?

Por lo pronto, Akono no tuvo fácil la elección de los 18 miembros del equipo (recordemos que se podían escoger, también, hasta un máximo de tres jugadores mayores de 23 años) que competirían en Australia, ya que la cantidad de talento era impresionante. El flamante entrenador, finalmente, escogería para reforzar su plantilla solamente a Serge Mimpo de 26 años –otra sorpresa- y al delantero del Parma Patrick M´Boma, de 29, aunque la base estaría compuesta por aquellos juveniles que la venían descollando desde hacía un par de años. Como dato curioso podemos destacar que el joven que se quedó afuera de dicho equipo fue Messi. Claro está que hablamos de George Parfait Mbida Messi, no de Lionel Andrés.

Camerún comenzó su andadura por tierras oceánicas derrotando a Kuwait por 3-2 gracias a los goles de Alnoudji, M´Boma y Lauren y luego empató en uno con Estados Unidos (Friedel, Agoos, O´Brien, Hejduk) y la República Checa (Ujfalusi, Kucera, Baros, Jankulovski) para pasar como segunda de grupo por detrás de los norteamericanos.

El equipo no terminaba de gustar. Había demasiada expectativa puesta en estos muchachos y apenas si habían podido pasar de grupo. Pero eso no era todo: el rival en los cuartos de final era la Brasil de Lúcio, Helton, Baiano, Fábio Aurelio, Edu, Alex y un tal Ronaldinho Gaúcho, quién empataría el partido de manera agónica tras el gol inicial de M´Boma –los dos fueron exquisitos tiros libres- para llevar todo al tiempo suplementario. Allí se decantó todo en favor del conjunto africano, curiosamente de la mano de uno de sus miembros más jóvenes, M´Bami (17, estaba haciendo sus primeras armas en el Sedán), quien metió un zapatazo imposible de atajar en el minuto 113.

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La semifinal fue ante una Chile llena de ilusiones, que ya había vencido a España (3-1 en la fase de grupos) y a Nigeria (4-1, en los cuartos) antes de aquel trascendental duelo. Los sudamericanos se habían convertido en uno de los favoritos a llevarse el oro –algo que no conseguía un miembro de la CONMEBOL desde 1928- y de verdad tenía con que: Claudio Maldonado, Reinaldo Navia, Mauricio Rojas, Nelson y Héctor Tapia, Rodrigo Tello, Rafael Olarra, Pedro Reyes, Pablo Contreras, David Pizarro y el enorme Iván Zamorano conformaban una escuadra fascinante.

Pero los muchachos de Akono, que sin duda iban de punto, no se amedrentaron ante semejante desafío. Salieron a presionar a su rival desde el primer segundo y no dejaron jugar con comodidad a los delanteros chilenos. Aunque el problema lo tuvieron igualmente al intentar utilizar la trampa del fuera de juego, ya que muchas veces alguno de los defensores quedaba enganchado, lo que le permitía a la Roja conseguir posiciones bastante favorables, aunque no tenían puntería en los metros finales. Kameni, que por aquel entonces solo contaba con 16 años y estaba en Le Havre –lejos estaban sus gloriosos años en el Espanyol y en el Málaga-, también hizo de las suyas en un partido por demás complicado para una Camerún que defendía con valentía (aunque con imperfecciones), pero que no encontraba el camino.

Curiosamente el que abrió el partido, tras varias atajadas de nivel de Kameni, fue Abanda en contra, tras una nueva intervención de Idriss que lamentablemente pegó en su compañero. Se jugaba ya el minuto 78´ y todo hacía suponer que sería Chile el que pasaría a la final. Pero los sudamericanos se durmieron en los laureles y en solo cinco minutos los africanos lograrían dar vuelta la historia contra pronóstico. Primero sería el letal M´Boma (84´), tras un mal despeje de la defensa sudamericana, el que convertiría el empate. Y luego, a los 89´, apareció Lauren de penal para meter a los Leones en la final. Impensado, ilógico, maravilloso. Así de grande e inexplicable es el fútbol a veces.

Tocaba España en la final, tercera del Europeo Sub-21 y que venía de eliminar a Italia (1-0) y a Estados Unidos (3-1) tras casi quedarse afuera en la fase de grupos. Los campeones de 1992, dirigidos por Iñaki Sáez, contaban con grandes promesas como Puyol, Marchena, Albelda, Xavi Hernández, Miguel Ángel Angulo, José Mari, Joan Capdevilla, Gabri o Raúl Tamudo. Sin dudas esperaba una gran final. Tantos talentos tenían que incluso no contaron con ningún “mayor” en sus filas.

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Akono puso en cancha al siguiente equipo: Kameni, Womé, Abanda, Nguimbat (Kome, 46´), Branco (Epalle, 91´), Lauren, Geremi, Alnoudji (Meyong, 111´), Mimpo, M´Boma y Eto´o. El encuentro comenzó de muy mala manera para los africanos, ya que Xavi, a los 2´, convirtió el primer tanto de tiro libre y luego Gabri aumentó la diferencia antes de que el primer tiempo finalizara, completando una gran contra. Ahora sí, este debía ser el final del recorrido para los chicos maravilla de Camerún, un equipo talentoso, aunque con bastantes lagunas –no por nada fueron el equipo que más faltas cometió en el torneo-.

 

 

Pero este equipo logró reaccionar tras el entretiempo y, nuevamente, logró convertir dos tantos en tan solo cinco minutos. Primero con un tanto en contra de Amaya a los 53´ y luego gracias a la sangre fría de Eto´o, quien metió el balón con calidad ante la desesperada salida de Aranzubía. Era 2-2 y vuelta a empezar. España, que parecía comerse el mundo luego de unos fantásticos 45 minutos, comenzó a entrar dentro del terreno enmarañado propuesto por los africanos. Su nivel comenzó a bajar tras el empate y sus chances comenzaron a esfumarse tras la expulsión de Gabri, ya que Sáez, quizás por temor, solo dejó a José Mari como única arma de ataque. Inclusive el hombre del Milan (el único ibérico que jugaba en el extranjero) se iría expulsado al final del encuentro, dejando a la Roja –que ya estaba hecha una Furia- con nueve.

Camerún salió a buscarlo en el suplementario, sabiéndose superior tanto física como mentalmente, aunque no pudieron romper la barrera impuesta por los europeos (Eto´o marcó, pero su tanto no fue convalidado), por lo que todo terminó decidiéndose desde el punto del penal. Las 114 mil personas que disfrutaban en el Estadio Olímpico de Sídney ahora iban a quedarse calladas. Ambos conjuntos acertaron sus primeros remates, pero Amaya mandó su balón en el poste, mientras que los cameruneses materializaron sus cinco disparos para consagrarse como campeones olímpicos.

Así como Nigeria había dado el golpe sobre la mesa cuatro años atrás en Atlanta, ahora era Camerún el que terminaba colocándose el oro ahí cerquita del corazón. El “equipo dorado”, ese que llevaba unos años gestándose, consiguió algunos grandes logros más, como ganar la CAN en el 2002 y llegar a la final de la Copa Confederaciones un año más tarde (en un torneo recordado por el fallecimiento de Foé tras caer desplomado ante Colombia). El gran debe, sin embargo, siempre fue el Mundial, ya que en el 2002 apenas vencieron a Arabia Saudita por la mínima, sin poder pasar de fase. Y luego, incluso, no llegaron a Alemania en el 2006. Todavía seguimos esperando que un equipo africano nos sorprenda en el gran escenario mundial. Ojalá ese momento llegue más pronto que tarde.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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harry kane 07/09/2020 at 00:41

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