lunes, 10 junio, 2019
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Por Facu Osa (@FacuOsa)

 

En Argentina la cultura del aguante deformó la escala de valores de las personas en el ámbito deportivo, en donde se festeja más que un jugador vaya a trabar con la cabeza que un buen pase filtrado y donde las peleas por ver quién es el más “macho” son aplaudidas.

Sin embargo, todos estos ejemplos y sus derivados son cosas de niños si lo comparamos con la performance del neozelandés Wayne Shelford en un test match de preparación para el Mundial de rugby ante Francia en 1986. Aquel partido finalizó 16 a 3 a favor de los galos, pero el resultado fue anecdótico ya que su juego sucio acaparó toda la atención en los medios, a tal punto que el encuentro se denominó como la Batalla de Nantes, nombre digno de un conflicto bélico.

 

 

La previa

Shelford, conocido como Buck en el equipo, jugaba de octavo y debutó a sus 25 años con los All Blacks el 12 de octubre de 1985 ante el Club Atlético de San Isidro (club argentino mejor conocido como por sus siglas, CASI) en Buenos Aires. En 1986, formó parte de los Cavaliers de Nueva Zelanda, un equipo no oficial conformado por la mayoría de los jugadores del seleccionado, en una gira por Sudáfrica, que había sido prohibida por la Unión de Rugby debido a las políticas racistas del apartheid.

Shelford se fue convirtiendo, con el paso de los partidos, en un jugador indispensable para los All Blacks.

Ese mismo año, fue convocado junto a otros 27 compañeros con los que había viajado a Sudáfrica para la serie de amistosos frente a Francia como preparativos para la Copa del Mundo de 1987. El espectáculo estaba garantizado: el mejor equipo del mundo contra unos franceses conocidos por desplegar su característico y vistoso rugby champagne.

En el primer partido, que se desarrolló en Toulouse, hubo espectáculo, pero solo por parte de uno de los dos equipos, ya que Nueva Zelanda anuló a los franceses a base de una defensa implacable, buenos tackles y peleando cada ruck como si fuera el último. Los espectadores contemplaban enmudecidos dado que era la primera vez en la década que veían a su seleccionado ser claramente dominado.

Si bien el 19 a 7 final no fue tan abultado, la derrota caló hondo en los galos y el entrenador Jacques Fouroux comprendió que tenía que levantar la moral del equipo urgentemente. Es por esto que el ex medioscrum de Francia sacó a relucir su chapa de motivador, que también utilizaba en su época de jugador, y comenzó el trabajo psicológico ni bien arribaron al hotel de Nantes, cuatro días después de la paliza de Toulouse.

Comenzó con una sesión de análisis de video que se prolongó durante varias horas. Proyectaron la repetición entera del partido tres veces para hacer una observación técnica del partido, remarcar detalles y focalizar en los errores individuales. El que le pareció más inaudito fue cuando el medioscrum Philippe Sella ayudó al apertura neozelandés Frano Botica a levantarse y lo reprochó a los gritos enfrente de todos. Ese era el menaje de cara a la revancha: no quería piedad ni deportividad.

A esto se le sumaron sesiones dobles de entrenamiento, una disciplina estricta dentro y fuera de la cancha, desde máxima exigencia en cada ejercicio y negando el acceso de la prensa, hasta aspectos más personales como la prohibición del vino en las comidas y las llamadas personales. Lastimó el orgullo y el amor propio de cada uno de sus dirigidos para asegurarse que fueran a dar el 110% y que no volverían a retirarse humillados del terreno de juego.

 

 

La batalla de Nantes

Pese a lo sucedido días atrás en Toulouse, el estadio Beaujoire estaba repleto. El público confiaba que su selección sería capaz de dejar atrás la derrota en el primer amistoso y recomponerse en esta revancha.

A diferencia del primer partido, Fouroux no estuvo en vestuario mientras los jugadores se cambiaban y ajustaban los últimos detalles. Solo entró para dar la arenga final y recordarles el mensaje que les había estado implantando en la cabeza durante toda la semana: sin piedad ni deportividad.

Y los franceses cumplieron. Tackles a destiempo, puñetazos en los rucks y hasta patadas en frente del árbitro fueron las artimañas principales para neutralizar a los All Blacks. Las consecuencias fueron obvias: un cambio prematuro por lesión y Shelford siendo atendido porque le habían arrancado cuatro dientes de un patadón en el punto de contacto. Sin embargo, Buck los recogió, se los entregó al médico del equipo y continuó jugando.

La Batalla de Nantes fue uno de los duelos más duros de la historia del rugby.

El asedio de Francia no terminó ahí, y uno de los principales apuntados continuaba siendo el octavo neozelandés, debido a que ya se habían encargado de Sean Fitzpatrick, a quien le provocaron un corte en la cabeza de ocho centímetros de profundidad. Es por esto que el pilar Garuet-Lempirou lo embistió directo en la frente en un maul y lo dejó en el piso durante unos segundos. El médico le dijo que no podía salir porque ya había demasiados lesionados, aunque Buck no tenía ninguna intención de hacerlo.

En el segundo tiempo el objetivo fue terminar con Shelford. Luego de que este consiguiera robar la pelota en un ruck, el hooker Daniel Dubroca le propinó una patada en la zona baja que lo dejó más de un minuto y medio tirado en el piso del dolor. A pesar de todo el castigo recibido, se negó a salir y permaneció en el terreno de juego después de tirarse agua adentro del short para calmar el dolor.

El golpe final se lo propinaron a la mitad de la segunda parte, cuando un antebrazo francés fue a parar directamente a su cara y le provocó una conmoción cerebral. Buck declararía que era consciente de lo que estaba ocurriendo, pero que no sabía para donde estaba yendo a tal punto que cuando se retiró del campo se sentó con los suplentes franceses hasta que un colaborador lo acompañó hasta el banco de Nueva Zelanda.

El partido finalizó con la victoria de Francia por 19 a 3 y en el vestuario de los All Blacks nadie decía nada. Como no están acostumbrados a perder, cada derrota se sufre como si fuera el fin del mundo, así que el entrenador fue rápido y les ordeno que se ducharan y se cambiaran para poder irse del estadio.

Cuando Shelford se quitó los shorts, John Gallagher abrió los ojos lo más que su anatomía le permitió y gritó “a la mierda”, señalando la zona baja de su compañero. Resulta que Buck no solo estaba teñido de rojo sino que tenía un testículo colgando y el escroto abierto, producto de la patada que Dubroca le había propinado en el segundo tiempo. Mientras que la mayoría de los mortales, y aquí me incluyo, hubiésemos gritado de asombro, repulsión y pánico, el octavo metió el testículo dentro de la bolsa del escroto, se fue a bañar y luego se dirigió al cuarto de los médicos para que le cocieran la herida.

Han pasado más de 40 años de aquel partido y la actuación de Shelford jugando más de diez minutos con un testículo colgando por fuera del escroto es recordada como una de las más valientes y representativas del espíritu del deporte, todo lo contrario a la actitud de Francia.

 

 

La revancha más esperada

Pese a que el planteo de los franceses no estuvo ni cerca de ser digno y el partido se pareció más una pelea callejera entre dos bandos que a un partido de rugby, la derrota fue dura para Nueva Zelanda, pero tuvo sus beneficios. Seis meses después, los All Blacks arrasaron en la fase de grupos del Mundial derrotando a Argentina, Fiji e Italia por un margen combinado de 156 puntos.

En cuartos de final sufrieron contra Escocia, a los que le ganaron por tres puntos, aplastaron luego a Gales por 49 a 6 en semifinales y en la final de volvieron a verse las caras con Francia. El trámite del encuentro fue más similar al de Toulouse que al de Nantes y los maoríes se quedaron con la victoria por 22 a 9 para conquistar la primera Copa del Mundo de la historia.

Luego de este hito, Shelford fue nombrado como capitán de la selección hasta que fue apartado en 1990, período en el cual Nueva Zelanda no conoció la derrota, erigiéndose como uno de los seleccionados más dominantes de la historia del rugby.

 

 

“Estoy seguro de que habían tomado algo”

Esa fue la frase con la que Buck describió lo que había visto en el túnel antes de salir al campo en Nantes. Y es que el espectáculo no debió haber sido muy atractivo de observar: los jugadores se alentaban chocando las cabezas unos con otros, sus ojos “se abrían como pelotas de ping-pong” y había uno que cabeceó la pared de hormigón hasta que se cortó la frente y empezó a sangrar.

Los dirigentes neozelandeses sospecharon que el rival había recurrido a alguna clase de droga o estimulante por la diferencia del rendimiento entre un partido y otro, por lo que presentaron una queja ante la Unión de Rugby Internacional, que inició una investigación e informó a la Unión Francesa.

Años después, el investigador francés Pierre Ballester, el mismo que hizo público el caso de Lance Armstrong, publicó unas declaraciones que el médico de Francia Jaques Mombet le había hecho en aquel entonces.

“Cada uno tenía su pastilla junto a la comida que les sirvieron antes del partido”, le explicó Mombet a Ballester. Estas declaraciones quedan respaldadas por Laurent Benezech, quien dijo que en los 80′ las drogas se consumían igual que en el ciclismo.

 

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