sábado, 8 junio, 2019
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Una de las grandes mentiras que se escuchan dentro del mundo del fútbol y que tanto le gusta promulgar a la FIFA es que este deporte “no se involucra con la política” o que directamente es “apolítico”. Y esto claramente es mentira, ya que todas nuestras acciones son políticas -que no es lo mismo que pertenecer a determinado partido-. Todos nacemos, vivimos y morimos en medio de distintos estímulos, los cuales nos ayudan a crecer a través del tiempo y que son los que nos definen como seres ideológicos, diferenciándonos, así, de las demás especies.

Un ejemplo de todo esto es el club alemán FC Sankt Pauli, institución que este año alcanzó los 108 años de vida y que casi siempre disputo los torneos de ascenso en Alemania. Pero si a ellos se los conoce en todo el mundo no es tanto por sus logros dentro de un estadio, sino por lo que la institución representa para sus hinchas:

En sus estatutos dejan en claro que su tendencia es antifascista, promueven firmemente la lucha contra el racismo y la inclusión de las minorías y apoyan las manifestaciones de estudiantes y obreros, entre todas otras cosas.

Son el club de izquierda por antonomasia en tierras germanas, a la par de otros “pesos pesados” como pueden ser el Rayo Vallecano en España o el Livorno en Italia. Pero si hay alguien que ha sobresalido por su forma de pensar dentro de esta institución (que fue capaz de tener una media de asistentes de 15 mil espectadores estando en tercera división y de coleccionar más de 500 clubs de fans alrededor del globo) ese fue y seguirá siendo el arquero Volker Ippig.

Surgido en la cantera del TSV Lensahn, Ippig, un portento de 1.86 metros y 80 kilos y rubio como típico alemán, no era un muchacho futbolista común, ese que sueña con meter goles (o en su caso salvarlos), ganar millones y disfrutar de las mejores mujeres y manejar los últimos automóviles. Ya de adolescente el arquero leía sobre guerras, escuchaba rock, se aficionaba por la antropología, quería experimentar con drogas y, sobre todo, ahnelaba ser un trabajador incansable. A los 18 lo fichó el club de sus amores, el Sankt Pauli, el pobre de Hamburgo, pero el que a la larga sería el que entendería los pensamientos de un filosófico Ippig.

En este club se interesó por la vida de la ciudad y, sobre todo, por la de sus habitantes, conocidos en la provincia por ser parte de la zona roja: era la época donde en el barrio vivían y trabajaban los obreros, las prostitutas, los activistas de izquierda y en el cual el rock heavy y el punk estaban de moda. Era un lugar dominado por el movimiento okupa, aquel que busca utilizar terrenos desocupados para distintas actividades, sobre todo sociales y culturales. Este fue un movimiento que en Brasil se empezó a hacer conocido antes del Mundial 2014, pero que ya en los años 80 era fuerte en Alemania, sobre todo en esta tierra siempre rebelde de Hamburgo.

El Sankt Pauli no estaba ajeno a esta movida: de camiseta marrón, sus fans utilizan ropa con calaveras piratas con distintos lemas, como “destruyan al fascismo” y donde las banderas con la cara del Che flamean constantemente sobre el cielo del estadio, siendo un territorio en el cual no utilizan esta cara como simple marketing, sino por pura convicción.

Ippig tenía claro que ese era su lugar en el mundo: iba a entrenar en bicicleta o “colándose” en el autobús, entraba al campo con el puño en alto pero, ante todo, se caracterizaba por ayudar a quienes más lo necesitaban, algo que el equipo recién empezó a incorporar tímidamente en los 90´, cuando la izquierda se fue haciendo cada día más el centro.

El arquero fue el impulsor de que justamente esa ideología terminara de modelarse en el equipo, ya que hasta allí podían ser un club extravagante, pero no mucho más que eso.

Volker jugó con Los Piratas de la Liga entre 1981 y 1991, pero con distintos parates por motivos personales. Por ejemplo, en 1983 se retiró para pasar un año trabajando en una guardería al cuidado de niños discapacitados. “Estaba cansado de jugar solo al fútbol” diría después.

Él no era como los demás, interesados por las nimiedades que ofrece el mundo. Quería más y lo logró: estuvo un tiempo trabajando en Nicaragua en una brigada de asistencia para aquel país, se apartó por un tiempo del mundo para meditar y encontrarse con su yo interior, se especializó en homeopatía (la cuál usó en su escuela para porteros), fue entrenador de cancerberos tanto en su club como en el Wolfsburgo y hasta logró un ascenso con su equipo de origen. Ahora, además de mantener su escuela de porteros, trabaja en el puerto para mantener a su familia.

Pero si algo le quedó clavado en su corazón es ver que su equipo no es el mismo, por más que nos lo vendan de otra manera.

“Millerntorn (el estadio del Sankt Pauli) fue un laboratorio al aire libre para el fútbol alemán, y la estrecha relación entre los jugadores, los entrenadores y los aficionados fue un éxito. En aquel momento, todo aquello era muy real. Hoy es algo orquestado, artificial. Solo queda el mito. Todo es un montón de niebla”, diría el portero.

Ippig quiso darle forma a un club que se fue ganando un nombre por tener una identidad. Quizás no lo haya logrado, pero por lo menos puso la piedra fundacional para que ese mito pueda ser tan real como él siempre soñó.

 

Imagen de Portada: Jesco Denzel

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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