jueves, 24 septiembre, 2020
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En la noche del 20 al 21 de agosto de 1968 los tanques soviéticos y alrededor de 600.000 soldados (apoyados por miembros del Pacto de Varsovia como Alemania Democrática, Polonia, Hungría y Bulgaria) entraban en Praga para aplacar con fuerza a una Checoslovaquia que comenzaba a pedir más libertades políticas, económicas y sociales. No buscaban salirse del bloque comunista, sino atravesar la férrea censura impuesta desde Moscú. Entre las celebridades que apoyaban estas medidas se encontraba la gimnasta Vera Caslavska, quien había sido una de las celebridades que firmó el llamado “Manifiesto de las 2000 palabras“, el cuál pedía, entre otras cosas, la renuncia de los políticos corruptos. Si bien el movimiento no logró su triunfo en ese entonces, la llamada Primavera de Praga constituye un hecho clave para comprender que los países del este europeo no se encontraban tan unidos como parecía.

Para Caslavska (3 de mayo de 1942, Praga) la llegada de los soviéticos significó tener que huir para no ser capturada y aprisionada, sobre todo pensando en lo cerca que estaban los Juegos Olímpicos de México. Como habíamos mencionado hace un par de semanas, Vera era considerada como la sucesora de la enorme Larisa Latynina, ya que no solo había sido una de las dominadoras de los Juegos de Tokio en 1964 (ganando tres oros y una plata, medallas que se sumaban al subcampeonato por equipos conseguidos en Roma 1960), sino que tras el torneo disputado en la capital japonesa definitivamente había superado a la maestra ucraniana, ya que casi nadie había podido derrotarla tanto a nivel europeo como mundial. La checoslovaca se encontraba por aquel entonces en un nivel superlativo, parecía una fuerza imparable llena de magia y destreza, pero lo que acontecería tiempo después magnificó aún más su gesta, convirtiéndola en una de las mejores atletas de la historia.

El arribo de los tanques sucedió unos dos meses antes del inicio de los Juegos, hecho que obligó a Caslavska a huir hacia las montañas, no solo para esconderse y evitar las lógicas represalias por haber formado parte de la revolución, sino también para prepararse. Mientras que sus colegas soviéticas habían tenido el tiempo suficiente para entrenar en buenas instalaciones e incluso viajaron antes a México para poder adaptarse mejor al calor y a la altura, Vera tuvo que hacerlo con las herramientas que había por allí: una bolsa de papas sirvió como una pesa, las ramas de los árboles fueron aprovechados para balancearse y de paso conservar la fuerza en los brazos y los verdes prados los utilizó para practicar los ejercicios de piso. Sin embargo, su participación en los Juegos fue una incógnita hasta último momento, aunque finalmente conseguiría la aprobación necesaria para viajar. Nadie lo sabía, pero al Distrito Federal llegaba una Rocky Balboa checa dispuesta a enfrentarse a todas las Iván Drago que le fueran saliendo en el camino.

Lo acontecido unos meses atrás había hecho dudar a los expertos, pero Caslavska, pese a la humildad de su entrenamiento, dejó en claro quién era la mejor gimnasta. Las barras asimétricas y el potro fueron conquistados a través de cómodos triunfos, pero luego acontecería lo peor. Y es que Vera no solo tuvo que competir en tierras aztecas ante las otras colegas, sino que también tuvo que ver como los jueces intentaron de todo para frenarla y hacer que sus victorias fueran algo menos sólidas de lo que merecían. Fue por ello que en suelo tuvo que ver como modificaban una marca suya que hizo que terminara compartiendo el primer lugar con la rusa Larisa Petrik.

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También sufrió la impotencia de ser relegada al segundo puesto en viga, en detrimento de Natalia Kuchinskaya. Además, consiguió una medalla de plata en la modalidad por equipos y volvió a ser elegida como la mejor a nivel individual, a pesar de la corrupción de los jueces, e igualando de esta manera la hazaña conseguida por Latynina. La forma de protesta que escogió ante tales actos fue simple pero simbólica: las veces que sonó el himno soviético agachó la cabeza y miró hacia otro lado. Con esto se terminó de ganar a su pueblo, a la vez que terminaría cavando su “tumba deportiva”, ya que este sería su último torneo debido a que le prohibirían competir en las siguientes citas. Solo tenía 26 años.

 

Los olímpicos fuimos los únicos que pudimos demostrar nuestra actitud hacia la ocupación soviética hacia el mundo en ese momento de ocupación” manifestaría años más tarde.

 

El país norteamericano terminaría siendo un lugar sumamente apreciado por Vera, ya que no solo lograría hacer que el público se volcara con ella al incluir canciones de aquel país en sus rutinas, sino que además sería en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México donde se casaría con su compatriota (y corredor de los 1500 metros) Josef Odlozil, lo que la transformó en la “Novia de México” y en toda una celebridad. Caslavska tendría dos hijos con Josef (Martin y Radka), y se dedicaría a entrenar de manera clandestina a las gimnastas del Sparta Praga, yendo al club pero sin participar de los viajes junto a las atletas. El gobierno intentó que ella se retractara de la firma del Manifiesto, a lo que se negó rotundamente, algo que la mantuvo envuelta en la censura. Pero su suerte cambiaría años más tarde, cuando México apareció nuevamente en su vida. La federación de este país buscaba a una entrenadora para su equipo nacional y pensó en ella. El gobierno checoslovaco aprovecharía esta situación para enviarla allí y, de paso, sacársela de encima.

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Caslavska se mantuvo por dos años en Norteamérica (1979-1981), los mismos en los que México se comprometió a enviar petróleo a Checoslovaquia, trato indispensable para mantener a Vera allí. Sin embargo, ese tiempo fue aprovechado al máximo por ella: se divorció de Odlozil -aunque mantuvo una relación de amistad-, entrenó a las gimnastas y hasta se convirtió en toda una celebridad, teniendo incluso un programa de televisión. Con los años, el régimen de su país iría perdiendo fuerza y ella iría recuperando su libertad, siendo incluso galardonada con la Orden Olímpica o la Medalla del Mérito en su patria, además de haber sido escogida como la presidenta del Comité Olímpico de la República Checa.

Sin embargo, no todo fue bueno en su vida, ya que tuvo que atravesar el asesinato involuntario de su ex marido a manos de su hijo Martin (ambos tuvieron una discusión y Martin empujó a su padre, el cuál cayó mal, provocándole un fuerte golpe en la cabeza que lo mantuvo en coma unos días antes de fallecer). El episodio la sumió en una profunda depresión, a la que pudo vencer tras años de lucha. En el 2016, un cáncer pancreático terminó con su vida. Vera Caslavska fue una de las principales personalidades en la historia del deporte checo. Fue siempre un ejemplo, tanto como deportista y gracias a su postura ciudadana, o su asombrosa capacidad de lucha“, diría Jiri Kejval, presidente del Comité Olímpico Checo.

Sin dudas, Vera Caslavska no solo fue una de las deportistas olímpicas más importantes de la historia (sus 11 medallas así lo demuestran), sino que también fue una persona trascendental de su tiempo, una que luchó por la libertad de su pueblo y que no se retractó nunca ante el poder, fuera el soviético o el de su propio país. Al final, todos cayeron y ella terminó triunfando, hasta ser eterna.

 

Fuentes: 20 Minutos, International Gymnastics Hall of Fame, AS, Reuters

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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