miércoles, 23 septiembre, 2020
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Por Micaela Piserchia

 

Los 90′ tuvieron dueño y ese dueño está en Liniers. Porque Vélez Sarsfield supo imponerse y empujar a los grandes de los grandes para hacerse un lugar entre los mejores del país. Hasta el campeonato ganado en 1993, Vélez solamente tenía un título en su palmarés: el Metropolitano de 1968, que quedó en manos de jugadores importantísimos para el club de la V azulada, como lo son Pichino Carone, el cordobés Daniel Willington y Carlos Bianchi. Bianchi, el hijo pródigo, volvería luego a su casa para alimentar con más gloria al club de sus amores.

En esa época, las escuelas estaban inundadas de niños que eran hinchas de Boca y de River, y en menor medida de Independiente, San Lorenzo y Racing; es decir, los “cinco grandes”. Pero el Vélez de los 90′ forjaría una nueva generación de hinchas fieles que, hasta el día de hoy, se hace presente en las tribunas del Amalfitani.

Carlos Bianchi fue el conductor de un equipo de jóvenes que se hicieron hombres con el correr de los partidos. Poco importó que enfrente estuvieran Caniggia, Maradona, Enzo Francescoli y otras figuras relevantes de una época más que dorada del fútbol argentino.

El campeonato del 93′, en el que Vélez salió campeón tras 25 años de sequía, fue el puntapié para lo que sería una seguidilla de títulos y éxitos que catapultaron al Fortín a las grandes ligas. Con Chilavert, un arquero emergente que se perfilaba como uno de los mejores del mundo por su personalidad ganadora y su calidad futbolística, una dupla central impasable como la de Trotta y Sotomayor, un “Basseditas” de 21 años que entendía el juego como pocos y dos animales hambrientos del gol como Asad y Flores; el equipo de Liniers arrasó con todo a su paso. Aunque, con sinceridad, sería imposible e injusto mencionar a unos jugadores por sobre otros, cuando se trató de una generación completa de futbolistas funcionales al puesto, al equipo y a los objetivos planteados.

La suerte acompañó al equipo del Virrey en la Copa Libertadores, trofeo que Vélez ganó el 31 de agosto de 1994 después de vencer al San Pablo en el mítico Morumbí por penales. Y se subió al avión directo a Japón, con la excitación y las ganas de coronar el año con el máximo título que puede ganar un club, la Copa Intercontinental (actual Mundial de Clubes). 

De Liniers al mundo más que nunca. Ante un suceso de tal magnitud, la fiebre fortinera no tardó en llegar: miles de hinchas hipotecaron sus casas para tener un lugar en el Estadio Olímpico de Tokio, mientras que el resto de la parcialidad velezana estaba despierta en horario de madrugada antes de ir al colegio o a trabajar para ver en acción al Vélez de Bianchi. Este conjunto se medía ante, nada más y nada menos, que al Milan de Fabio Capello, el supercampeón de Europa. Con inteligencia, pero sobre todo con corazón, el equipo de la V venció sin demasiados problemas a los italianos y tocó el cielo con las manos. 

De esta manera, el sueño de Amalfitani integra la exclusiva nómina de 29 equipos campeones del mundo. Nada mal, ¿no? Como si fuera poco, ese logro obtiene día tras día más dimensión y valor si se tiene en cuenta que en la actualidad, los equipos sudamericanos están cada vez más lejos -por no decir a años luz- de ser campeones del mundo.

“Ese equipo empezó a convencerse de que podía salir campeón. Vélez es un barrio y que un equipo sea campeón del mundo es utópico, nosotros pudimos revertir eso y a la utopía la pudimos hacer realidad”, contaba Bianchi en un especial de TyC Sports. Y así llegaron el bicampeonato del Apertura 95 y el Clausura 96, con un año 96 inolvidable, en el que los de Liniers se quedaron con la Copa Interamericana y la Supercopa. 

Ya sin Bianchi en el banco, los guerreros del Fortín demostraron que ya no eran un equipo de barrio y cerraron la década con la Recopa Sudamericana en 1997 (de la mano de Osvaldo Piazza) y un nuevo Torneo Clausura en 1998, en el que desplegaron fútbol champagne de la mano de un joven Marcelo Bielsa.

Hace años ya que no es un combinado de improvisados porque dejó su marca registrada a nivel internacional y tiene un lugar en la historia grande del fútbol. Sin embargo, y a pesar de haber llenado las vitrinas de la sede de Avda. Juan B. Justo 9200, el legado más importante que dejó este equipo de hombres valientes que se midió ante los más grandes y les ganó, es la nueva generación de hinchas velezanos. Hoy en día, familias enteras empapadas de historia gloriosa, asisten al José Amalfitani para dejar su corazón y garganta en la tribuna, ansiando ver a su Vélez dar la vuelta otra vez.

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