lunes, 10 junio, 2019
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El suplicio parecía eterno y ella solo quería que la tierra se la tragase. Parecía un muy mal sueño, pero no, era bien real. La Argentina, luego de haber padecido su debut mundialista en Estados Unidos 2003 (donde caería por 0-6 ante Japón, 0-3 ante Canadá y 1-6 ante Alemania), intentaría hacerlo mejor en su segunda participación –China 2007-, pero, como se sabe, todo lo que mal comienza peor termina: les tocaba debutar, nada menos, que en el partido inaugural ante las teutonas, vigentes campeonas europeas y globales. Y lo que podía saldarse en una experiencia para darse a conocer ante el gran público terminaría convirtiéndose en todo un infierno: la derrota por 11-0 se convertiría en la peor de la historia del torneo. Y hubo alguien que sufrió el golpe como ninguna.

Luego de estar a la sombra de Romina Ferro en el primer mundial disputado por las sudamericanas, Vanina Noemí Correa tenía la oportunidad de ponerse los guantes y ganarse el puesto, aunque, después de unos minutos, hubiera dado todo por quitárselos y largarse de allí. Las alemanas eran un vendaval, una tormenta desatada, y nadie dentro del equipo era capaz de parar a las Melanie Behringer, Renate Lingor, Kerstin Garenfrekes, Sandra Smisek o Birgit Prinz, quienes disparaban a gusto y piacere, dejando totalmente en estado de desamparo a la pobre muchacha de 24 años. Y era razonable que hubiera tanta diferencia entre ambas escuadras: la Bundesliga (donde jugaban prácticamente todas las teutonas) era una de las ligas más fuertes del mundo, y la selección llevaba mucho tiempo de rodaje en sus espaldas, mientras que las argentinas disputaban una pobre liga metropolitana amateur y nadie llegaba, siquiera, a las 20 presencias con el seleccionado. La catástrofe se veía venir, pero pocos hicieron algo para evitarlo.

 

 

La nacida en Villa Gobernador Gálvez (un pueblo de poco más de 70 mil habitantes, a 10 kilómetros de Rosario), para más inri, no volvería a formar más parte del once inicial en el resto del campeonato, dejando su lugar a una Ferro que lograría dar la cara ante una emergente Japón (0-1, con un gol convertido sobre el final del encuentro), pero que nada podría hacer ante otra tormenta perfecta llamada Inglaterra (1-6). Era el final: en dos Copas Mundiales de la FIFA la Argentina se había ido sin puntos, con apenas 2 goles a favor y nada menos que 33 en contra, unos 5,5 goles de media por encuentro, algo humillante para cualquiera.

Correa, un portento de 1,80 m, tuvo prontamente la oportunidad de demostrar que la habían juzgado mal en los Juegos Olímpicos del 2008. Allí dio la talla ante selecciones de la envergadura de Canadá (1-2), Suecia (0-1) y China (0-2), dejando en claro que a veces los accidentes existen, pero que uno tiene la capacidad de levantarse.

Aunque, claro está, en su cabeza la búsqueda por redimirse en un Mundial era lo que más la llamaba. Quería volver a mostrarse ante el gran público, necesitaba volver a sentirse grande bajo palos. Pero aquella chance nunca llegó: la Argentina no pudo pasar el corte clasificatorio para los torneos del 2011 y 2015, aunque ella ya no estaría presente, debido a que había dado un paso al costado en el 2010 ¿La razón? Se había cansado del mundo que rodeaba al fútbol femenino, lleno de machismo, trabas y tabúes, pero, además, quería ser madre junto con su pareja de por aquel entonces, por lo que decidió iniciar un tratamiento de fertilidad asistida, dando como resultado la gestación de mellizos, Romeo y Luna, quienes llenaron su vida como el fútbol nunca pudo hacerlo.

Vanina había dejado de lado los guantes y se dedicaba -en realidad, todavía lo hace, dado que no puede vivir del juego- a trabajar en un banco, hasta que, en el 2017, la campeona de la Copa América 2006 comenzó a recibir llamados con insistencia de una persona que seguía confiando en ella: Carlos Borrello, quién había vuelto a la selección ese mismo año (había sido el seleccionador entre el 2003 y 2012), necesitaba su experiencia para afrontar el torneo continental y clasificatorio del 2018, justo en un momento delicado del seleccionado, el cuál pasaría 18 largos meses sin jugar (momento en el que las jugadoras comenzaron a movilizarse, haciendo visibles sus luchas). Correa no quería saber nada con volver a calzarse la casaca albiceleste, pero al final tanto golpeó a sus puertas Borrello que terminaría por ceder, siendo clave en el triunfo ante Colombia en la liguilla final, victoria que le permitiría finalizar en el tercer puesto del torneo, logrando, de esta manera, una plaza para el repechaje intercontinental ante una Panamá que no daría inconvenientes (5-1 en el global). La Argentina volvía a una Copa Mundial de la FIFA luego de 12 largos años.

El rival en el debut sería nada menos que Japón, una de las mejores naciones de esta década, campeona del Mundial 2011 y subcampeona hace cuatro años, además de ser la actual bicampeona asiática. Si bien el plantel argentino seguía sin tener tanta experiencia a nivel internacional (ninguna de las 23 convocadas supera las 40 presencias, mientras que su rival llevaría a tierras galas a cuatro centenarias, quiénes le daban experiencia a un conjunto bastante renovado), el encuentro al final tomó un rumbo completamente inesperado al que se esperaba en la previa.

La portera albiceleste se mostró sólida en todo momento, descolgando centros con pasmosa facilidad, a la vez que tapaba los espacios a las delanteras japonesas, quienes no podían entender como no podían encontrar una manera para romper el cerrojo sudamericano. El empate (y la portería a cero), hechos que parecían una utopía antes del inicio del partido, se iba convirtiendo a cada minuto en una realidad cada vez más tangible, aunque Correa se debía a si misma algo más que solo irse a casa sin tantos: al minuto 90 Yui Hasegawa recibió un centro desde la izquierda y remató cerca de la portería, haciendo que Correa tuviera que hacer uso de sus reflejos para despejar un balón que iba peligrosamente por bajo.

Así, el encuentro finalizaba con empate a cero y Vanina podía festejar por todo lo alto: lo había logrado, le había dado el primer punto en la historia a la Argentina en los Mundiales y encima lo había realizado sin recibir anotaciones ante toda una potencia de este juego. Cuando vuelva a su país podrá hacer suyas las palabras de Nicky Salapu: “ahora puedo decirle a mis hijos que soy un ganador”. “El objetivo es pasar de ronda” le comentó Vanina al sitio web de la FIFA. Luego de este empate todo se puede esperar de este conjunto. Y de una portera que intentará seguir brillando.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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