jueves, 1 octubre, 2020
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En el fútbol existen distintos tipos de jugadores. Están aquellos locos solitarios que gustan vestirse de manera diferenciada y tirarse con cuerpo y alma sobre una pelota con tal de evitar el éxtasis del gol. Estos, a su vez, conviven cerca de los guerreros que barren el verde césped como si estuvieran jugando en un tobogán de agua. También podríamos nombrar a aquellos que parecen haberse confundido de deporte, siendo más parecidos a corredores de 100 metros que a futbolistas. Por supuesto, no podemos olvidarnos de quienes que solo ansían perforar las porterías para llenarse la boca de gol con un hambre insaciable. Pero hay un grupúsculo que vive siempre en peligro de extinción. Son aquellos que tienen la solidaridad pegada en el pecho. Esos que disfrutan más de un buen pase más que del objetivo mismo del deporte, que es marcar. Los enganches, de ellos estamos hablando, intentan mejorar a sus compañeros, hacerlos quedar bien, incluso a costa de relegarse ellos mismos a un segundo plano. Y pocos personifican tan bien esto como Juan Carlos Valerón.

El nacido en Arguineguín, Gran Canaria (mismo lugar donde años más tarde nacería David Silva) siempre fue un jugador diferente, auténtico, único. Siempre entendió al fútbol como un entretenimiento más. Disfrutó y sufrió a partes iguales, sí, pero su mente solía despejarse una vez que se alejaba del terreno de juego. “Yo creo que el carácter de una persona y su forma de ser va de la mano con el talento y el don que puede tener y lo que sabe hacer. En mi caso, que soy futbolista, tener un don no se reduce sólo a lo que haces dentro del campo, sino que también tiene que ver con tu forma de ser y de entender la vida. Creo que todo va unido” le decía Valerón a Eduardo Ortega en una entrevista para el medio Público.

Aquel Mago que deslumbró en Las Palmas, Mallorca, Atlético de Madrid y Deportivo La Coruña hizo lo que pocos pueden conseguir: que su estilo de vida sea el mismo que el de su juego. Quienes lo conocieron de cerca manifiestan que es imposible vivir sin él, ya que siempre aportaba alegría, esperanza y palabras certeras, como si hubiera vivido mil vidas. Aquello, trasladado a los estadios, era una auténtica maravilla: los pases se sucedían de a montones, el tiempo se frenaba cuando él tomaba el balón, todo el mundo lo observaba esperanzado, sabiendo que algo bueno iba a pasar. Y así solía ser. Quizás muchas veces él ni siquiera daba la última asistencia o convertía el anhelado gol. Pero todos sabían, en el fondo, que aquello solo era posible desde la luz que salía de su pie derecho.

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En España era reverenciado en cada campo, incluso antes de que aquel país se volcara de lleno al estilo propio del torero. Aunque claro, para alguien con tintes de timidez, aquello solía ser bastante extraño todo aquello. “Soy una persona a la que le gusta pasar desapercibido, y esas situaciones me cohíben un poco, pero por dentro no puedo sentir otra cosa que una gran satisfacción, y sobre todo un enorme agradecimiento por las muestras de cariño de la gente” le decía a Noelia Déniz en Vavel.

Valerón dejó su sello en los distintos clubes en los que estuvo, aunque en ninguno fue más grande que en el Deportivo, institución a la que arribó en el 2000, justo cuando los gallegos habían ganado la liga y su Atleti había descendido. Con los albiazules viviría sus años más grandes, jugando en la Champions League de manera habitual (llegando incluso a estar cerca de la final en el 2004) y ganando sus únicos títulos como jugador: la Copa del Rey 2001/2002 –la del Centenariazo ante el Real Madrid-, la Supercopa de España 2002 y la Intertoto 2008. También con ellos viviría el declive tras tantas campañas llenas de gloria. Sin embargo, ni con el barco hundido decidiría marcharse –y eso que siempre tuvo pretendientes-, buscando devolver a su querido club a Primera, donde pertenecía. Y con Las Palmas, en sus últimos años, sería igual: dos temporadas le bastaron (2013-2014 y 2014-2015) para devolverlo a la máxima categoría, división que no pisaba desde el 2001.

Juan Carlos siempre fue una rara avis dentro del fútbol moderno. No era un jugador de porte atlético –de hecho, tuvo lesiones serias, como la ruptura del ligamento cruzado que lo dejó sin Mundial en el 2006- y no corría como loco, sino que gustaba de encontrar los espacios justos para comenzar a humillar a sus rivales, fuera con una finta como con un pase. De hecho, estos siempre eran impredecibles: podían ser filtrados por abajo en medio de tantas piernas que no sabían que hacer, o podía incluso empalarla de manera sutil, como si estuviese poniendo helado en un cono. Todo en él era arte. Pero no era de esos que solo buscan generar jugadas para revalorizarse en millones de dólares, no: Valerón era ese que solo se exponía en rodeado de cuadros más grandes y que hasta podía pasar desapercibido muchas veces. Pero quienes se acercaban a verlo de cerca se iban maravillados y siempre volvían por más.

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Quizás lo único malo en su carrera fuera que no tuviera tanta suerte: jugó en un Atlético en horas bajas, en un Deportivo que no podría igualar la gesta de la temporada 1999-2000 y en una selección española que todavía no valorizaba a jugadores de su porte. El canario era un torero en medio de toros y se lesionó cuando los Xavi e Iniesta comenzaban a tomar el control. Eliminado en las Euro del 2000 y 2004 y en el Mundial del 2002, no pudo disfrutar de un fútbol que sin duda se hubiera visto potenciado con él a bordo. Fue un incomprendido, como les pasa a los artistas adelantados a su tiempo.

Cuando le preguntaron en Público como era su manera de vivir respondió que había “crecido con unos valores que me han inculcado mis padres, con una manera de entender la sociedad, que es a partir de la convivencia. Y, sobre todo, pensando que uno no está sólo en el mundo y que hay que compartir con otros. Eso hace que las cosas que te pasan no las mires desde un punto de vista egoísta, sino que necesitamos a otras personas para compartir y convivir. Eso es lo que a mí me han enseñado. Es parte de mi educación y de mis creencias; de mi fe y de mi relación con Dios. Yo intento poner todo eso en práctica en mi vida privada y en mi profesión, con mis compañeros y con toda la gente que me rodea”.

Así era Valerón, ese mágico enganche, ese incomprendido, aquel que jugaba como vivía: siempre rodeado por otros, siempre buscando agrandar a sus colegas, siempre queriendo dar más sin recibir nada a cambio. El canario fue, al fin y al cabo, un solidario de la vida y del fútbol.

 

 

Fuentes: Público, El País, Vavel

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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