domingo, 1 agosto, 2021
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Majestuosidad, fantasía, magia, sorpresa, disfrute, música. Son muy pocos los deportistas –sea cual sea la disciplina- que nos generan tantas sensaciones internas y externas. Los ojos se agrandan, los pelos de la piel comienzan a erizarse, los oídos escuchan estruendosos rugidos de éxtasis. Parece imposible que en tan solo 40 o 48 minutos uno pueda llenarse de sentimientos tan fuertes. Pero el croata Dražen Petrovic lo conseguía cada vez que salía al parquet. Y siempre dejaba con ganas de querer ver más.  

El nacido en Sibernik no solo fue bendecido por los Dioses del baloncesto: él siempre supo que, para ser el mejor, no bastaba solamente con poseer un talento sobrenatural, ser un Globetrotter, sino que a aquello tenía que sumarle esfuerzo, sacrificio y una dosis –a veces insana- de sudor y sangre para alcanzar la tan anhelada y difícil perfección. “Hoy quiero mejorar más que ayer y mañana más que hoy” sería uno de sus lemas de vida. 

Mirando en retrospectiva, Dražen era bastante similar a otro jugador tocado por los de arriba, un tal Michael Jordan. Con esto no me refiero a lo que cada uno le dejó a la historia del deporte, sino porque ambos eran animales competitivos, voraces, siempre buscando ganar por sobre todas las cosas. Y nunca se quedaron satisfechos con sus dones, sino que hasta el final de sus días como basquetbolistas se dedicaron a mejorar cada faceta del juego hasta maximizarla.  

Enumerar su infinidad de títulos a nivel grupal o individual o los números que consiguiera hasta aquel trágico 7 de junio de 1993 no le hacen honor a uno de esos jugadores que solo se ven una vez por generación. Y eso que solo se le resistieron pocas cosas, como un oro olímpico o un anillo de la NBA. Lamentablemente, siempre quedará el sabor amargo de saber qué hubiera pasado si no se hubiera ido de manera tan temprana, algo que encima ocurrió en su mejor momento como deportista: ¿hubiera ayudado a los Nets a alcanzar su primer trofeo? ¿Hubiera podido frenar al ímpetu de Hakeem Olajuwon o a la apisonadora que fueron los Bulls en el retorno de MJ? Aquellos duelos solo se pudieron disputar en la cabeza de cada fanático de este deporte. 

El mago de croata no solo representa a lo mejor de la escuela balcánica, una de las dominadoras durante la Guerra Fría -el tercero en discordia detrás de los Estados Unidos y la Unión Soviética-, sino que se puede decir que con él, justamente, se terminaría la magia yugoslava. Él fue parte fundamental de aquella maravillosa camada que logró llevarse tanto el Eurobásquet 89 como el Mundial de 1990 en Argentina. Pero, sin saberlo, aquellos oros representaron el último momento de luz de una nación que dejaría de existir en breve, envuelta en llamas, lágrimas y mucho odio.

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Los Toni Kukoc, Zarko Paspalj, Zeljko Obradovic, Vlade Divac o el propio Petrovic llegaron juntos en el peor momento posible. Incluso los últimos dos, hermanos y amigos del alma, se verían envueltos en una pelea tras el título obtenido en tierras gauchas, debido a que Vlade revoleó una bandera croata que le había pasado un fan, no por odio, sino porque aquel trofeo era para todo un pueblo, algo que Dražen no aceptó, rompiendo una amistad que no fue recuperada en vida. Divac, en el documental Once Brothers, cerraría definitivamente aquella grieta dejando en la tumba de Petrovic una foto de ambos abrazados. Como siempre debió ser.

 

 

Campeón de Yugoslavia, de la Recopa y de la Copa de Europa con el Cibona (con el cual logró marcar incluso 112 puntos en un partido casi como si nada), campeón de España y de la Copa de Campeones de Copa con el Real Madrid, finalista en su primera temporada NBA con los Portland Trail Blazers y uno de los mejores jugadores de la liga norteamericana para 1993, ya con unos New Jersey Nets que lo mimaron para que pudiera explotar todo su potencial y donde incluso retiraron su mítica camiseta número 3 como símbolo de respeto. “Haré lo que sea necesario, lo que sea, para ser el mejor”, expresó en más de una oportunidad.

Allí donde pasó dejó huella, maravillando a propios y extraños, sacando de quicio a sus rivales con sus gritos y lanzamientos sacados de la galera y potenciando al compañero de turno. Incluso 27 años después sigue siendo un objeto de culto y de agradecimiento por parte de los cientos de jugadores FIBA que llegaron a la máxima liga del mundo tras él, ya que dejó en claro que los foráneos podían jugar igual o mejor que los propios estadounidenses.

Los movimientos en pista del sonriente y retraído muchacho de Sibernik parecían ser sacados de un escenario de música clásica. No por nada su gran apodo fue el “Mozart del Baloncesto“, aunque si a alguien se le hubiese ocurrido compararlo con Mijail Baryshnikov no hubiera estado desacertado tampoco. Sus pies volaban en la pista, siendo capaz de eludir a los cinco jugadores rivales si así lo deseaba. Pero no solo tenía el ritmo incorporado en sus extremidades inferiores: en sus manos la naranja sentía caricias cada vez que era tocada por él, un entendido en el respeto por el objeto de trabajo y de disfrute.

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Sin embargo, y como se manifestó anteriormente, no es que solo fuera un esteticista, un hombre de highlights: en su cabeza tenía preparadas todas las jugadas posibles, sabiendo cuando entrar en la pintura, cuando amagar y pasar o cuando era el momento para comenzar con una lluvia de triples, elemento este que no tenía tanto uso en la NBA de los 90´. No por nada se convirtió en el ídolo del que seguramente sea el mejor lanzador de tres puntos de la historia, Stephen Curry.

Tan grande era su deseo de competir y ser el mejor que se le animó al mismísimo Jordan, el cual le guarda muchísimo cariño: “Fue muy emocionante jugar contra Dražen. Cada vez que competíamos, lo hacía con actitud agresiva. No estaba nervioso; vino a mí tan fuerte como yo a él. Así que hemos tenido grandes batallas en el pasado y, desafortunadamente, fueron batallas cortas”.

Mago, genio, sobrenatural, trabajador, guerrero, pionero, duro, complejo y simple a la vez. Dražen Petrovic fue un jugador de esos que solo se ven cada cierto tiempo, de esos pocos que te dejan maravillado incluso años después. Aquel niño nacido en tierras de Tito se convirtió, a pulso, en una de las leyendas más grandes de la historia del baloncesto, siempre dejando en claro que, sin esfuerzo, no hay paraíso.

Lo malo es que nos dejó con ganas de más, con ese terrible “que hubiera pasado si” que tantas veces carcome los cerebros. Pero justamente aquel es su legado más grande, el de engrandecerse cada día un poco más. Como dijo Diego Armando Maradona: “No estén tristes por la muerte de Dražen. Era un genio y los genios viven para siempre”. Seguro que allí arriba él se sigue entrenando para derrotar al equipo celestial.

 

Fuentes: SB Nation, FIBA

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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