domingo, 17 octubre, 2021
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Una chica de apenas 18 años, un país que hace 16 que no conquista siquiera una medalla y un deporte que volvía a la cita olímpica desde aquel lejano París 1924 dadas las disputas internas entre el COI y la Federación Internacional de Tenis (FIT). Todo eso se conjugó entre el 20 de septiembre y el 1 de octubre de 1988, el período en que se desarrolló la competencia tenística en los Juegos Olímpicos de Seúl. Gabriela Sabatini, quien cuatro años antes irrumpía en el circuito con sus juveniles 14 primaveras, se erigía en la portadora de una gran alegría para el deporte argentino, de esas que se vivencian con intensidad en el presente y cuya marca se vuelve indeleble a futuro. 

La delegación argentina llegaba a Seúl con una mochila de 36 años sin medallas de oro y de 16 sin medalla alguna. Tras la plata del remero Alberto Demiddi en Múnich 1972, nuestro país se había ido en 0 de Montreal 1976, se sumó al boicot norteamericano a los Juegos de Moscú 1980 y en su regreso a Los Angeles 1984 tampoco había obtenido ninguna presea. Fue el peor ciclo olímpico de la historia, ya que previo a Múnich siempre había habido medallas y post Seúl también. 

En ese marco viajaron 124 deportistas, con un total de 26 mujeres, récord hasta ese momento. Una de ellas era Gabriela Sabatini. Y era nada más ni nada menos que la abanderada de esa nutrida delegación. Porque, aunque parezca apresurado afirmarlo en una chica de 18 años, Sabatini en septiembre de 1988 ya era Sabatini. Llegaba con enormes pergaminos y los ratificó en un contexto diferente, alejado del individualismo propio de un deporte que tiene una burbuja especial. El olimpismo tiene ese “no sé qué” y Gaby siempre lo reivindicó. 

 

 

Cuando Gaby arribó a Seúl estaba entre las cinco mejores del mundo, ya había cosechado ocho títulos en su carrera y había acariciado el US Open semanas antes al caer en la final ante Steffi Graf, su eterna rival. El 88 sería un año clave en su carrera: 3 de sus 8 títulos hasta el momento, la final del Grand Slam, había sido semifinalista en Roland Garros (la tercera vez que llegaba a esa instancia) y le había ganado por primera vez a la alemana tras 11 derrotas seguidas. Sí, la increíble Graf le ganó sus 11 primeros cruces hasta que Gabriela la venció en la final del Virginia Slims de Florida y en la semi de Amelia Island.

Así que el ánimo y el talento estaban en alza. La famosa “esperanza de medalla” era una realidad. La primera rival fue la yugoslava Sabrina Goles, quien pasó del como máximo lugar en el ranking al puesto 27 en febrero del 87 y obtuvo un torneo WTA en su carrera. Además, Goles había sido finalista en Los Angeles 84 cuando el tenis fue en modo exhibición y perdió en la instancia decisiva con la inefable Graf que ganaba, parafraseando al Coco Basile, hasta la Copa Melba (NdR: Melba es una marca de galletitas argentina). Sabatini arrancó sin inconvenientes. 

En la siguiente ronda tuvo una rival aún más complicada: la alemana Sylvia Hanika, que supo ser número 5 en 1983, que le había ganado una final de Masters a Martina Navratilova y otros 3 títulos más, además de disputar otras 17 finales, incluyendo Roland Garros 1981. Y sufrió bastante Gaby. Perdió el primer set 6-1, pero se recuperó, ganó 6-4 y 6-2 y siguió adelante. 

La que venía en su camino es una que recién daba sus primeros pasos pero que construiría una inolvidable carrera, sobre todo en dobles: la bielorrusa Natasha Zvereva, que en el año de su debut venía de ser finalista en Roland Garros, donde cayó de forma inapelable frente a Steffi Graf por un doble 6-0. En mayo del 89 llegaría al puesto 5, pero las fotos más gloriosas de su etapa en el tenis fueron como doblista, donde obtuvo 13 Grand Slams repartidos entre los 4 torneos. Gaby la derrotó 6-4 y 6-3 y al menos se aseguraba la medalla de bronce, ya que no había partido por el tercer puesto. 

Hasta ahí era un montón. La delegación argentina, de la mano de una tenista sin igual, volvía a lograr una medalla tras 16 años. Pero Gaby quería más. Manuela Maleeva, la búlgara que había sido tercera en 1985 y que ya tenía 10 títulos en el circuito, se topó en su camino. Y la argentina consiguió su mejor actuación: 6-1, 6-1 en una hora y 7 minutos. Y a la final. Graf esperaba tras haber logrado el pase en apenas 45 minutos. 

Me ganó más veces, sí, pero sé que no le gusta nada jugar conmigo, que la incomodo. Quiero el oro“, decía Gaby frente al duelo que ya a esa altura era una motivación y un sufrimiento. 13 a 2 dominaba la alemana, pero era cierto. Ganarle no significaba comodidad en esas victorias. 

El sábado 1 de octubre llegó el gran duelo. Sabatini jugó un muy buen partido pero Steffi volvió a ser más. La alemana se impuso 6-3 y 6-3, obtuvo el oro y además un hito tremendo: el Grand Slam dorado, haber obtenido en el mismo año los 4 Grand Slam y ahora el oro olímpico. Gaby no tenía consuelo, no le gustaba perder y pareció, al menos tras el instante de derrota, no valorar esa medalla. 

Pero sabía lo que valía y lo que significaba. Después vendría el bronce del vóley masculino y se cerraría un Seúl positivo para la patria deportiva argentina. 

La experiencia de Seúl 1988 fue increíble. En la entrega de premios no estaba tan contenta con el resultado. Hubiese sido más lindo quedarme con la de oro pero con el paso del tiempo pude valorar esa medalla. La recuerdo con muchísimo cariño y la tengo en un lugar muy especial entre mis trofeos”, contó alguna vez la mejor tenista argentina de todos los tiempos.  

Y vaya si fue especial. Cuando recordamos su impecable y maravillosa carrera tenística, Seúl se hace un espacio con otras conquistas. Junto al US Open de 1990 y los dos Masters, es inevitable no ver a Gabriela con esa medalla al cuello. Como diría el entrenador Sergio Hernández cuando la Selección Argentina de Básquet se quedó con la medalla de plata en el Mundial de China en 2019, “no perdimos la de oro, ganamos la de plata”. Ganaste Gaby. En Seúl y en el eterno cariño popular.

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