domingo, 22 mayo, 2022
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Así define a Darío Dubois una las tantas notas escritas sobre él que abundan en internet. Al igual que sucede con personajes como el Trinche Carlovich, los cuales trascendieron los confines del fútbol humilde para ganarse un lugar de privilegio en el imaginario del hincha, este futbolista es recordado por aquellos que lo vieron jugar, pero también por miles que conocieron su particular historia años más tarde. Quiso el cruel destino que, al igual que Trinche, su vida termine por culpa de un hecho de inseguridad que nunca fue esclarecido. En la madrugada del 2 de marzo de 2008, el ex-jugador de Ferrocarril Midland, Yupanqui y Atlético Lugano, entre otros, fue emboscado por dos individuos en la localidad de Villegas (La Matanza), frente al barrio Puerta de Hierro. Los agresores no eran simples rateros y las investigaciones posteriores relacionaron el asesinato con una venganza de carácter personal. El Loco, que en ningún momento ofreció resistencia y entregó todas sus pertenencias, recibió dos balazos, uno en el abdomen y otro en una de sus piernas. Asistido por los vecinos del lugar, fue derivado rápidamente al Hospital Paroissien, donde lo sometieron a varias intervenciones quirúrgicas para intentar salvarle la vida –llegando incluso a extirparle un pedazo de pulmón y 20 centímetros de intestino delgado-, pero todo fue en vano. El 18 de marzo, con tan solo 37 años y después de pelearla por dos semanas, su cuerpo dijo basta. El día en que murió, nació su leyenda.

La historia de Darío podría haber sido como la de cualquier otro obrero del ascenso profundo que debe hacer malabares para coordinar la pasión con la necesidad de trabajar de otra cosa durante los días de semana, un nombre más en la estadística de miles de jugadores que han pasado por las categorías menores del fútbol argentino. Pero él era especial, no solo por las excentricidades en la cancha, sino también por esa especie de código de honor que rigió su corta vida. El Loco fue un espíritu libre dentro de un mundo del fútbol que él consideraba demasiado careta. En una de las tantas entrevistas que dio, no tuvo miedo de contar que salía con una chica trans ni tampoco se indignó cuando se le preguntó sobre su sexualidad: “Yo sé que esto molesta porque el ambiente del fútbol es muy fascista: pelito corto y bien empilchaditos, y yo soy metalero, pelo largo, croto, con cadenas y tachas. Pero yo digo la verdad y no tengo problemas en admitir que salía con una travesti”.

Defensor en el campo de juego y también fuera del mismo, siempre luchó contra las injusticias que veía a diario a su alrededor y no tuvo pelos en la lengua para denunciar con nombre y apellido a cuanto dirigente se quiso pasar de vivo. Por ejemplo, en 2003 acusó al por entonces presidente del club Juventud Unida de San Miguel, Juan José Castro, de intentar sobornarlo a él y sus compañeros para que se dejaran perder. En otra ocasión, cuando jugaba en Lugano, llegó a tapar la publicidad de su camiseta con cinta adhesiva negra porque el patrocinador había incumplido un acuerdo que tenía con los jugadores de darle 40 pesos por partido ganado. Quizás el hecho más resonante en este aspecto ocurrió un durante un partido ante Excursionistas en el Bajo Belgrano, cuando fue expulsado. En el momento en el cual el árbitro iba a sacarle la tarjeta roja, sin darse cuenta se le cayó del bolsillo un fajo de dinero de 1500 pesos, una suma más que importante a finales de los 90’s. Al ver el rollito de plata que no podía ser otra cosa que un soborno, Dubois se zambulló de cabeza para agarrar el fajo y comenzó a correr por toda la cancha, siendo perseguido por la terna arbitral, los jugadores y el cuerpo técnico de Excursio y unos cuantos policías. En la manga, el defensor finalmente devolvió el dinero bajo amenaza de una suspensión de veinte partidos.

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Aunque solo militó en las categorías más bajas, tuvo una carrera más que digna. Debutó en 1994 jugando para Yupanqui para luego pasar por Lugano (1995/97 y 2001), Midland (1998/99 y 2001/02), Deportivo Riestra (1999/00), Laferrere (2000), Cañuelas (2001) y Victoriano Arenas (2002/05), jugando un total de 146 partidos y anotando 13 goles. Aunque no era habilidoso, quienes lo vieron en acción lo recuerdan como un player que daba todo en el campo de juego y que tenía, además, un muy buen cabezazo. En cada plantel que integró fue un referente del vestuario y un tipo muy querido por sus compañeros y sus entrenadores. Le valoraban su buena onda, pero, sobre todo, su vocación para defender a los compañeros y colegas. Cada vez que pudo, ya sea en medios de alcance nacional como en los más pequeños, reclamó por mejores condiciones laborales para los futbolistas de la C y D.

Fanático del rock y el heavy metal, todos los días, hiciera frio o calor, parecía recién salido de un recital de V8 o Malón. Alto y de gran portento, usaba el pelo largo, barba y solía llegar a los entrenamientos y los partidos vistiendo una gabardina negra, anteojos de sol –alguna vez se los puso durante un partido porque el sol le molestaba la vista- y una cadena con una cruz dada vuelta. Curiosamente, esa imagen de metalero típica era solo una parte de su identidad. Dubois hablaba suave, con tranquilidad y era sumamente inteligente. Reverenciaba al Che Guevara, pero era un pacifista. A contramano de lo que muchos malpensados podrían juzgar solo por su forma de vestir y sus gustos musicales, El Loco no consumía drogas, no fumaba ni tomaba alcohol y se entrenaba con dedicación. De hecho, alguna vez confesó que solo jugaba profesionalmente porque disfrutaba de la parte física del deporte y porque, con los pocos pesos que ganaba, podía solventar su gran pasión: la música.

Durante su corta vida fue miembro de varias bandas, entre ellas un tributo a Vox Dei en la que tocaba con otros jugadores del ascenso y “Crash”, un grupo integrado por amigos suyos de toda la vida. Pese a que sus gustos musicales eran bien definidos –rock y heavy metal, con predilección por los grupos de black metal escandinavo- Dubois también incursiono en el género tropical como bajista de una agrupación de cumbia llamado “Corré Guachin”. Ya retirado, él mismo explicó en una entrevista las razones de su participación en ese proyecto específico: “Me cabe toda la música, mezclo cumbia con rock, con heavy metal, reggae y el soul. Todo es bienvenido”.

Curiosamente, fue su amor por el metal nórdico lo que lo inspiró a pintarse la cara para jugar al fútbol, un hecho que lo hizo conocido no solo en Argentina, sino en gran parte de América Latina. La primera vez fue jugando para Midland y fue nada menos que ante el clásico rival, Argentino de Merlo. Cuando el recio defensa pisó el field pintado al mejor estilo de los Kiss, la hinchada enloqueció con esta rareza, aunque su homenaje nada tenía que ver con la banda de Gene Simmons y Paul Stanley, sino con uno de sus grupos favoritos, los noruegos Dimmu Borgir. Formada a principios de los 90’s en la ciudad de Oslo, esta agrupación –cuyo nombre hace referencia a Dimmuburgir, un área en el norte de Islandia donde, según las leyendas, se encuentra la puerta de ingreso al infierno- es uno de los conjuntos de black metal más exitosos del género.

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Tras el partido, la prensa comenzó a buscar al futbolista para preguntarle el porqué de su rostro pintado y su respuesta fue acorde a lo que se podría esperar de un loco lindo. En una entrevista para el Diario Olé, Darío confesó que lo hacía para darse energías para la batalla: “Lo hago porque me da polenta, te pintás y salís a guerrear, los mato a los rivales. Incluso algunos se asustan. Mis compañeros se cagan de la risa”. Con esta declaración, uno podría imaginar que este defensor tenía en su mesita de luz una colección de fémures de delanteros rivales, pero, curiosamente, en esa temporada en particular apenas vio 4 tarjetas amarillas en 22 encuentros. Jugar con todo no implicaba ser desleal.

En total fueron 14 partidos en los que Dubois pudo salir a la cancha con el rostro pintado. Pese a que no había ninguna reglamentación interna que le impidiera hacerlo –él mismo había estudiado el reglamento para asegurarse de que eso era cierto- la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) no veía con buenos ojos que un ignoto defensor del deep ascenso jugara vestido de satanistas y de paso denunciara las injusticias de un sistema en el que los jugadores de la C y la D eran prácticamente olvidados. Finalmente, la asociación presidida por Julio Humberto Grondona ese año actualizaría el reglamento para eliminar de cuajo la posibilidad de pintarse.

Pese a que en Midland aun lo recuerdan con muchísimo cariñó, Dubois también tuvo algunos cruces con los dirigentes del club y el entrenador de turno debido a sus excentricidades. En una oportunidad, su grupo homenaje a Vox Dei, “Tributo Rock”, debía tocar en la plaza 25 de Mayo de Merlo por la tarde. Teóricamente, nada impedía que Darío pudiera tocar ese día ya que el plantel se entrenaba de 14 a 16 horas. De hecho, muchos de sus compañeros también irían al concierto para hacerle el aguante a su defensor. Los directivos de Midland, preocupados porque los players pudieran emborracharse en el recital, decidieron de común acuerdo con el entrenador atrasar la práctica unas cuantas horas. Pese a esta jugarreta, Dubois se las arregló para concurrir a la sesión y tocar el bajo con su grupo. Eso sí, como llegó con lo justo, hizo el show entero en ropa de entrenamiento y con los botines puestos.

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A mediados de 2005, una rotura de ligamentos puso fin a su carrera de jugador. En ese momento militaba en Victoriano Arenas y el club no se mostraba dispuesto a pagar la operación del futbolista, pese a que él tenía intenciones de seguir activo un tiempo más. Después de muchas idas y vueltas, el Loco Dubois finalmente decidió colgar los botines. A partir de ese momento comenzó a dedicarse full time a la música, a veces tocando y otras tantas trabajando como sonidista. Pocos días antes del ataque que le produjo la muerte, Darío había firmado un contrato para trabajar de sonidista de Attaque 77.  Hoy vive en el recuerdo de miles de fanáticos.

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Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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