martes, 27 septiembre, 2022
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Por Alfredo León

 

No sé si ha sido el momento, las formas sobrenaturales de llegar, o el contexto grupal de cómo logró el Real Madrid levantar esta decimocuarta Champions League, pero ha sido un momento trascendental para escribir una historia no antes vista y generar una pertenencia prácticamente desconocida en el Madrid de los últimos años. Un tiempo crucial para instaurar un sentimiento de orgullo distinto, mucho más meritocrático y pasional.

El Real Madrid de hace una década se construyó en torno al liderazgo de Cristiano Ronaldo y la soberanía que ejercían en el vestuario figuras como Sergio Ramos e Iker Casillas, entre otros. Fueron tiempos de un liderazgo focalizado, individualizado en las figuras del capitán, y de su jugador franquicia. El temperamento de Cristiano y Ramos sostenían al conjunto, entendiendo el fútbol como un deporte individual, y sus talentos únicos, sobre todo la figura diferencial que fue Ronaldo, hacían del Madrid un equipo que se reconocía en la trascendencia que tenía en sus compañeros, que creían que, en ocasiones, él era capaz de poder “ganar solo”.

Aquel Madrid al que llegó Cristiano era un vestuario consentido, despojado de proyecto alguno, sin calidad diferencial que fuera determinante, y él fue todo eso que faltaba. Ronaldo fue la revolución que acabó con todas las carencias. Fue el proyecto, la calidad diferencial y el espejo y ejemplo de lo que debía ser un deportista. Ese tipo de liderazgo puso al individuo por encima del grupo, y ahí residió uno de los tendones de Aquiles de aquel vestuario. El grupo les consentía desmanes porque, evidentemente, ellos eran el factor diferencial; el proyecto. Desautorizo al entrenador si me exige o critica, tiro las faltas, aunque haya compañeros que se manejen mejor en esa faceta, destituyo técnicos, armo la pataleta si me sustituyen, hago declaraciones a la prensa para desestabilizar y generar controversia. Pero claro, eran tan buenos, tan determinantes que aquello se les permitía, y ante esa permisividad lo peor fue que el grupo normalizó esas actitudes.

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Una vez que el tiempo va decreciendo los estados físicos y las capacidades, estos animales competitivos van perdiendo capacidades y llegan los momentos en los que los más grandes futbolistas deben adaptarse a la tesitura; mantengo mi estatus, sigo viviendo de mi leyenda, pero no puedo tener los mismos privilegios. No puedo cobrar lo mismo, no puedo jugar los mismos minutos, y no puedo seguir manejando el club a mi antojo. Cuando esto no se cumple – cosa que si han sabido hacer a la perfección absolutas leyendas como Marcelo, que ha sido un ejemplo de profesionalidad y persona descomunal – suele llegar el adiós. Tras la venta de Ronaldo y la salida de Sergio Ramos el Madrid pareció quedar huérfano de liderazgo, y fue ahí donde se empezó a fraguar el presente.

El Real Madrid de hoy es un equipo desprendido de egos, en el que se ha erguido la figura de Karim Benzemá como el líder que jamás creímos que podía ser. Un jugador excepcional que mantiene la ambición y el gen ganador de una estrella, pero conserva la humildad del aquel que no se siente como tal. En el grupo se han levantado líderes y adalides – Modric, Kroos, Casemiro – que no necesitan reivindicarse a sí mismos frente a las cámaras, que no necesitan enaltecer sus figuras. Este es el Madrid de los mortales, de los que no se ponen capa para ser héroes, de los que sacrifican al individuo para poner al conjunto por encima de todo.

Un grupo que contagia e interioriza lo que significa este club a los que llegan, que ha transmitido esto a los jóvenes que, como Vinicius, Rodrygo o Camavinga han absorbido también un ejemplo de sacrificio y esfuerzo por el colectivo, que es oro puro para su desarrollo. Muy diferente a haber llegado a un Madrid de otros tiempos, donde el ego individual sobresalía ante cualquier aspecto coral. Las elecciones de los futbolistas no sólo marcan el devenir de sus carreras, no sólo influyen en la capacidad de aprendizaje futuro, sino también en el desarrollo del talento dentro y fuera del campo. Los ejemplos de por donde caminar y de qué forma hacerlo. Y eso es esencial, en el fútbol y en la vida.

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La temporada del Real Madrid es mucho más que un éxito competitivo. Ha resultado ser un curso sociológico avanzado para propios y extraños. Un doctorado que destroza principios de una sociedad que ha ensalzado siempre los talentos naturales y minusvalorado el aprendizaje y la evolución personal. Esta plantilla será recordada por tumbar creencias adquiridas de aquellos tiempos galácticos, en los que los «seres superiores» se sentían – en ocasiones – incluso por encima del club. Este es un equipo sostenido en la fuerza del grupo, en donde las leyendas están al servicio del colectivo.

Todo eso ha generado un sentido de pertenencia en el aficionado, que ha elevado la sensación de madridismo, que se ha apoyado con ejemplos claros en la creencia de como los futbolistas sienten el escudo más que el dinero, que detrás del profesionalismo de cada jugador se encuentra un aficionado acérrimo a este club, al que aman y veneran. Y eso en estos tiempos es un valor extremadamente poderoso, capaz incluso de construir caminos tan inexplicables y mágicos como este cuento de hadas que ha sido la consecución de la decimocuarta Copa de Europa.

Por eso creo que este éxito es mucho más importante que todos los que el club ha conseguido anteriormente. Porque no sólo significaba otra ocasión de volver a ganar: fue la oportunidad de hacerlo de una forma trascendental e histórica para el fútbol moderno. Este triunfo significa coronar un camino repleto de épica, creencia, unión, sacrificio, perseverancia y resiliencia. Significa levanta una de las Champions Leagues más brillantes de la historia en perseverancia, sostenida en los valores del temperamento y la creencia. Una hazaña única, contextualizada sobre un relato inexplicable, casi que sobrenatural. Y conseguir eso encumbrando el valor del ejemplo colectivo por encima de todo lo demás; es una fábula épica y maravillosa.

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