domingo, 1 agosto, 2021
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Nunca se había visto nada igual en la historia del deporte. Cuando Mark Andrew Spitz tocó primero la pared en la final de los 100 metros libres de los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 el mundo se volvió loco. Desde ese momento, el público ya sabía que el récord propuesto por el californiano estaba al alcance de su mano, habiendo sido capaz de resolver la prueba más compleja que le tocaba realizar. Aquel era su sexto oro de los siete que se había propuesto llevar de la cita germana y nadie dudaba de que el equipo estadounidense se quedaría con el relevo medley 4×100. Pero, para llegar hasta esta parte de la historia, primero debemos conocer cómo fue el proceso.

Spitz nació en Modesto, California, en el seno de una familia judía e inmigrante (la ascendencia de su padre proveía de Hungría, mientras que su madre era rusa), aunque cuando Mark tenía solo dos años se mudaron a Honolulu, Hawaii, donde se enamoró del agua prácticamente al segundo de ver el Océano Pacífico. El pequeño Mark estaba fascinado con el líquido que da vida, y una vez que aprendió a nadar comenzó a ir seguido a la playa, lanzándose como un desesperado para desafiar las olas, algo que, por supuesto, preocupaba en demasía a su progenitora.

La estadía en aquel paraíso no duró mucho, ya que la familia Spitz retornó a California (más específicamente a Sacramento) donde el niño -de seis años- no sólo continuaría con su entrenamiento, sino que ya comenzó a competir. Su padre, Arnold, fue la persona que metió adentro suyo el gen competitivo, teniendo como norma el siempre llegar primero. Aquel terminaría siendo el motor de Spitz a lo largo de su carrera. “No te confundas, la natación no es todo en la vida. Ganar lo es” fue la frase que recibió como un legado. Y Mark, por supuesto, le hizo caso.

En 1965 ya dejó sobradas pruebas de su enorme calidad, ganando cuatro medallas doradas en las Macabiadas de Israel (este es un evento multideportivo en el que participan judíos) y en junio de 1967 consiguió su primer récord mundial, algo que empezó a ser habitual en él, llegando a la primavera de 1972 a nada menos que 23 en total. En ese mismo 1967 se convirtió en una de las mayores figuras de los Juegos Panamericanos de Winnipeg (Canadá), con cinco medallas doradas flameando sobre su pecho. 

Todos estos logros, sumados al gran ego que ya comenzaba a demostrar, le hicieron dar un anuncio impactante: él iría a los Juegos de México para llevarse nada menos que seis medallas de oro. Aún era joven, pero esa era la confianza que se tenía. Quería conseguir lo que ningún mortal había alcanzado hasta la fecha y se preparó para ello. Sin embargo, de tierras aztecas sólo obtuvo decepción y críticas. Y no porque le fuera mal (obtuvo 2 triunfos, una plata y un bronce), sino por haberse creído más de lo que era. O eso, al menos, era lo que se pensaba del nadador en tierras norteamericanas. Pero nadie podía prever que aquellas derrotas solo lograron encender más el ansia de triunfos por lo que, desde entonces, se puso como meta algo superior: quedarse con siete oros en Múnich 1972.

Un año después de los Olímpicos decidió entrar a la Universidad de Indiana para así poder entrenar con Doc Counsilman, su entrenador en tierras mexicanas y una referencia en el país norteamericano en cuanto a la natación se refería. En los torneos de la NCAA fue imparable, igual que en las Macabeadas de 1969, donde se coronó en seis eventos. Sin dudas, Spitz tenía con qué sustentar sus palabras. 

Los años pasaron hasta llegar, finalmente, a los Juegos de Múnich. La confianza del nadador estadounidense estaba por las nubes, aunque nadie creía realmente que aquel hombre se pudiera colgar siete medallas doradas. Sin embargo, desde el 28 de agosto hasta el 3 de septiembre comenzó a gestarse una de las hazañas más trascendentales de la historia olímpica, solo superada décadas después por otro ser sacado de los mejores mitos griegos como lo es Michael Phelps.

Ese 28 de agosto Spitz empezó ganando su heat en los 200 metros mariposa, alcanzando un récord olímpico y en la final iría por más, destrozando el récord mundial (algo que fue el común denominador en las siete finales que disputó) y venciendo con dos segundos de sobra a sus compatriotas Gary Hall Sr y Robin Backhaus. Ese mismo día, junto a David Edgar, John Murphy y Jerry Heidereich obtuvo el primer puesto en los 4×100 estilos, venciendo con facilidad a los equipos de la Unión Soviética y Alemania Federal. 

Un día después vendrían los 200 metros libres, donde Spitz ganó su manga, dejando por detrás en la definición tanto al estadounidense Steve Genter como al germano occidental Werner Lampe, en una victoria más ajustada que las de la jornada anterior, pero sumamente justa. Con esto ya superaba sus triunfos de cuatro años antes, aunque apenas era la mitad de algo más grande. En las jornadas del 30 y 31 de agosto Mark fue por su cuarta presea dorada para, de esta forma, igualar las medallas que se trajo de México. Los heats no supusieron ninguna complicación para el Aquaman norteamericano y la definición tampoco le trajo grandes apuros, derrotando al canadiense Bruce Robertson y a Heidenreich, su compañero en los 4×100 estilos. El último día de agosto se cerró con otro triunfo, en este caso en los 4×200 libre, donde Spitz compartió equipo junto a John Konsella, Fred Tyler y Steve Genter, los cuales vencieron a los locales y a los soviéticos. 

Cinco de cinco. El mundo, incrédulo, asistía a algo mágico. Incluso los desconfiados aplaudían a rabiar a ese monstruo marino. Pero nada estaba dicho aún, ya que la prueba más compleja sería la siguiente, la de los 100 metros libres, la más rápida de todas y uno de los eventos clave de cada Juego junto con los 100 metros de atletismo. Allí, Spitz debía competir contra el campeón reinante, el australiano Michael Wenden (que también tenía el récord olímpico en aquella prueba), además de Heidenreich, otro de los grandes talentos estadounidenses de una época mágica.

Spitz llegaba al 2 de septiembre con la plusmarca global conseguida apenas un mes antes. Sin embargo, las dudas que antes no estuvieron ahora aparecieron de golpe, ya que tanto Wendel como Heidenreich habían sacado mejores marcas que Mark tanto en los cuartos de final como en las semifinales. Y la última ronda fue justamente lo que se esperaba de la prueba madre de la natación: pareja, sorpresiva y rápida. Al final, el australiano, tan bien en las clasificatorias, quedó relegado a un quinto lugar, siendo el soviético Bure el tercero en discordia. Él, justamente, se aferró al bronce y sería Spitz, rompiendo nuevamente su propio récord mundial, el que se iba a alzar con el oro por sobre su compañero. 

Cuatro años después del “fracaso” en tierras aztecas el nadador estadounidense cumplía con su primera promesa, por lo que podía darse por satisfecho. Sin embargo, él había prometido siete medallas doradas y eso iría a buscar junto con Heidenreich, Mike Stamm y Tom Bruce en los 4×100 estilos. Y, por supuesto, a semejante selección nadie pudo ni siquiera respirarle en la nuca, con los germanos del este quedando a 4 segundos de distancia, al igual que los canadienses. 

Lamentablemente, el Tiburón no pudo disfrutar aquel logro, ya que el 5 de septiembre (apenas horas después de cosechar su séptima presea) aconteció el horror, con el secuestro y muerte de varios atletas y entrenadores de la delegación israelí por parte del grupo terrorista palestino Septiembre Negro. Los problemas para Spitz llegaron cuando, por intermedio de una rueda de prensa, pidió que, pese al dolor, los Juegos debían continuar, algo que le atrajo una marea de severas críticas por parte del público y de sus colegas, hecho que hizo que tuviera que abandonar Alemania Federal sin poder quedarse en la ceremonia de clausura.

Mark se retiró de la natación tras los Juegos, teniendo apenas 22 años, aunque desde entonces pudo mejorar su imagen y atraer los millones que su carrera no podía darle, debido a que el amateurismo todavía seguía vigente en los Olímpicos. Su estrella, pese a todo, poco a poco comenzó a apagarse, sufriendo un olvido injusto para con una de las mayores leyendas que ha dado el deporte. Tuvo un intento fallido de volver a competir en Barcelona 1992 y distintas peleas con el COI lo fueron relegando, aunque los triunfos de Phelps en el 2008 terminaron por resucitar su nombre, algo por lo que se sintió sumamente agradecido, felicitándolo por lo conseguido. Y es que entre Tiburones se entienden. 

Fuentes:

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El Gráfico 

Enciclopedia Virtual Judía 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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