jueves, 1 octubre, 2020
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Una primera versión de este artículo fue publicado el 3/3/2014 en Notas Periodismo Popular

 

Se nos fue Tomás Felipe Carlovich, el Trinche. Un dolor inmenso nos embarga. Por lo que significó en la historia del fútbol argentino, porque lo sentimos bien nuestro y, sobre todo, por la forma. Aunque era una persona ya grande, sus 74 años se experimentaban como joviales y de hecho el andar en bicicleta así lo reflejaba. Pero le arrebataron la vida de modo brutal y eso nos entristece e indigna al mismo tiempo. Mientras procesamos esas sensaciones, queremos recordar quién fue ese “tal Carlovich” al que se refirió Maradona y tantos otros referentes.

Algunas voces se alzan y dicen que por su vagancia “no llegó”. Sin embargo, son más los que lo admiran y reconocen su extraordinaria habilidad. De Central Córdoba para el mundo, la magia de Tomás Felipe Carlovich trascendió las fronteras y evadió el paso del tiempo.

Cuando Diego Armando Maradona llegó a Rosario, esa cuna de cracks, para vestir la camiseta de Newell´s en 1993, un periodista lo encaró y le dijo que era un orgullo recibir en la ciudad al mejor jugador de todos los tiempos. Rápido de reflejos, Diego le contestó: “el mejor jugador ya jugó en Rosario y es un tal Carlovich”. Con esa bendición cuasi celestial, nos vamos a introducir en la historia de Tomás “Trinche” Carlovich, un talento de aquellos que, con el correr del tiempo, se fue volviendo mito.

La biografía más detallada de Carlovich -nacido en 1949 y cuyos padres eran de origen yugoslavo- indica que debutó en Rosario Central, donde apenas jugó un partido, pasó por Flandria durante unos meses y luego recaló en Central Córdoba, club en el que tendría cuatro etapas y se convertiría en leyenda. Además, se desempeñó en dos equipos mendocinos (Independiente Rivadavia y Deportivo Maipú, en el cual también dejó un buen recuerdo) y en Colón de Santa Fe, aunque en este último las lesiones no le dieron la posibilidad de exhibir su brillo en el fútbol de Primera División.

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Sin embargo, el Trinche, ese apodo que él nunca supo explicar de dónde había salido, fue mucho más que números y goles. Fue un distinto, un tipo que patentó el caño de ida y vuelta a partir de un pedido de un hincha en el estadio Gabino Sosa (donde es local Central Córdoba) y que luego realizaría esa jugada tantas veces como su desparpajo se lo permitiera. “Se convirtió en un símbolo de un fútbol romántico que ya prácticamente no existe”, dijo alguna vez esa mirada lúcida que es Jorge Valdano.

Son escasos los registros visuales del fútbol de Carlovich, con lo cual el boca en boca, los relatos anónimos y de algunos hombres de renombre del mundo de la redonda son los que posibilitaron conocer toda la dimensión de este jugador, cuya imagen estará asociada por siempre al equipo charrúa, tal como se lo conoce a Central Córdoba, el hermano (muy) menor de los gigantes rosarinos, canallas y leprosos. Allí, convertiría 28 goles en 236 partidos y conseguiría dos ascensos. Allí, en ese club que definió como lo más grande que le dio la vida, no dio ningún salto, sino que signó para la posteridad una forma de ver y sentir el fútbol, sin necesidad de pasar por algún “grande”.

El 17 de abril de 1974, Carlovich iba a tener su día soñado. El seleccionado argentino que se preparaba para jugar el Mundial de Alemania de ese año visitó el Parque de la Independencia para enfrentar a un combinado local que estaba integrado por 5 jugadores de Newell´s, 5 jugadores de Central… y Carlovich. El primer tiempo terminó 3-0 a favor de los rosarinos con una actuación estelar del Trinche y de un tal Mario Kempes. El crack “charrúa” tiró su caño de ida y vuelta, y según cuenta la historia, Vladislao Cap, el entrenador argentino le pidió a sus pares que dirigían el combinado (Juan Carlos Montes y Carlos Timoteo Griguol) que lo sacaran al término de esa primera etapa, dado el baile que estaban sufriendo los seleccionados. Finalmente sería un 3 a 1 que quedó en la historia para la memoria futbolera rosarina.

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Bajo ciertos criterios exitistas, muchos se preguntarán por qué Carlovich no triunfó. La respuesta está en su boca y expresa otro tipo de valores respecto a ese “triunfar” excluyente: “La verdad es que yo no tuve otra ambición más que la de jugar al fútbol. Y, sobre todo, de no alejarme mucho de mi barrio, de la casa de mis viejos donde voy casi todas las tardes, de estar con el Vasco Artola, uno de mis mejores amigos que me llevó de chico a jugar en Sporting de Bigand”.

Según César Luis Menotti, “fue uno de esos pibes que desde que nacen, tienen a la pelota como único juguete. La pelota lo llevaba a él, había una relación muy fuerte entre los dos”. Para José Néstor Pekerman, quien lo eligió en su equipo ideal de todos los tiempos, “era un artista encerrado en una jaula”. Mario Zanabria, uno de los grandes cracks del fútbol rosarino, lo definió como “el resumen del potrero”. Las palabras del gran escritor Roberto Fontanarrosa también lo enaltecen: “El Trinche era un atorrante, pero un fenómeno. Hacía cosas que nadie esperaba”.

Cosas que nadie esperaba. En esa definición “fontanarrosesca” podemos hallar esa dinámica de lo impensado que en Carlovich fue llevada a una de sus máximas expresiones, las que lo hicieron, pese a las miradas que lo sindican como “un vago que no llegó”, un talento sin igual en el recuerdo de todos los que lo vieron y, paradójicamente, de todos aquellos a quienes les contaron que lo vieron.

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Sebastián Tafuro

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