jueves, 24 septiembre, 2020
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Los Juegos Olímpicos representan lo máximo para cualquier atleta. Hablamos del escenario ideal para brillar y pasar a la historia. Por supuesto, hay maneras y maneras de hacerlo. Hoy hablaremos de una corredora que lo hizo, teniendo un relato de vida interesante, y dejando más dudas que respuestas tras su paso por el Olimpo. El pueblo de Wierzchownia, en el entonces Zarato de Polonia, no era el lugar que uno esperaría para ver nacer una campeona. Las complicadas condiciones hicieron que los padres de Stanisława Walasiewicz (o Walasiewiczówna) terminaran huyendo a Cleveland. Allí, en medio de las privaciones y la pobreza, fue creciendo la joven.

Ya en su adolescencia, donde americanizó su nombre a Stella Walsh, empezó a destacar en el atletismo, en pruebas de velocidad, saltos y lanzamientos. Pese a sus notables resultados no logró clasificarse para los Juegos Olímpicos de 1928, en Amsterdam. Esto se debió a una descalificación que le fue impuesta tras descubrirse que la joven no era ciudadana estadounidense. Polonia se frotaba las manos y, aprovechando unas competencias en Europa, le ofrecieron integrarse al equipo nacional rumbo a los Juegos de 1932. Stella volvía ser Stanisława.

Terminó obteniendo un puesto en el consulado polaco en Nueva York, como una de las condicionantes para obtener el sí de la joven. La situación económica en casa no era la mejor. Todo esto cambió con la extraordinaria actuación de Stanisława en Los Ángeles, donde obtuvo la medalla de Oro en 100 metros planos. Era la primera mujer que bajaba de los 12 segundos (11.9). Miles de personas la recibieron en Polonia como lo que era, una heroína nacional.

Pero Stanisława ya tenía el siguiente reto en mente. Los Juegos de Berlín 1936 se acercaban y se comenzaban a escuchar vientos de cambio. En la final de 100 metros fue vencida por la estadounidense Helen Stephens, por lo que tuvo que conformarse con la plata. Stephens era una atleta notable, tan competitiva como ruda, propia del duro Medio Oeste. Lo que hacía era extraordinario, tanto que solo había una explicación posible para tal rendimiento. En plena coronación saltó la duda en el Comité Olímpico de Polonia. Helen tenía que ser hombre.

El equipo organizador aceptó la protesta y procedió a realizar lo que ellos consideraban “práctico” para definir este tipo de polémicas: un examen físico para confirmar si de verdad era una mujer. No hubo dudas y Stella tuvo que quedarse con el segundo lugar. Luego de ello siguió sus entrenamientos en Cleveland antes de que la II Guerra Mundial frustrase sus sueños olímpicos en 1940 y 1944. A pesar de ello se mantuvo activa, llegando a ganar el título nacional de pentatlón con 44 años.

Esas ganas de seguir compitiendo le hicieron querer participar en los Juegos Olímpicos de 1956, celebrados en Melbourne, Australia. Ese mismo año se casó y logró participar en las eliminatorias como ciudadana norteamericana. En la final quedó tercera, pero solo se clasificaban dos. Sin embargo, Stella ya se había transformado en un ícono para la comunidad polaca de Estados Unidos, especialmente la de Ohio. Los reconocimientos iban y venían en los dos países, siendo incluida en 1975 en el Salón de la Fama del atletismo estadounidense. Pero todo este legado se vería afectado por lo ocurrido un 4 de diciembre de 1980. 

A las afueras de un supermercado de su querido Cleveland, una señora perdía la vida tras forcejear con unos ladrones que querían arrebatarle su bolso. En el piso, con un tiro en el estómago, yacía Stella Walsh. La muerte de la ex atleta, ya de 69 años, removía sospechas antiguas. Cuando salieron los resultados de la autopsia se supo que Walsh, la misma que había obligado a Stephens a pasar un test de feminidad en la capital alemana, no era lo que todos pensaban. Para ser más exactos “no tenía útero ni ovarios pero sí un pene diminuto y atrofiado, además de un escroto con dos testículos igual de pequeños donde se advertían masas que podían ser tumorales”. Una condición de este tipo hace que se presenten características propias del hombre y la mujer simultáneamente, aunque en grado variable.

A pesar de todo ello el Comité Olímpico Internacional optó por no quitarle sus medallas y marcas. Técnicamente no había voluntad de fraude, por lo que decidieron respetar su legado. Curiosamente, la familia de la medallista de plata de Los Ángeles 1932, la canadiense Hilde Strike, intentó realizar la misma jugada que el equipo polaco había utilizado anteriormente con Stephens, sin éxito alguno. Este es uno de los casos más conocidos, aunque no el único.

Las soviéticas Tamara e Irina Press acumulaban casi 30 récords mundiales entre las dos y podrían ser consideradas de las mayores atletas de la historia. Con todo y eso decidieron retirarse cuando, en la previa de los Juegos de 1968, se les exigió el certificado de feminidad. Allí se empezaron a utilizar las pruebas de cromosomas, algo más correcto que una mera inspección visual.

En los últimos años surgió otro caso que generó polémica durante un tiempo. En 2009 la joven sudafricana Caster Semenya obtuvo la mejor marca del año en los 800 metros femeninos, aunque lo sobresaliente de la marca quedó eclipsada por las dudas que generaba su aspecto físico. Una serie de prácticas y declaraciones bastante lamentables terminaron con Semenya sometiéndose a una operación. Tras la intervención se le dejó participar en los Juegos de Londres 2012, donde acabaría obteniendo la medalla de plata con su talento como bandera.

Todos estos casos han traído a colación diversos debates éticos sobre el trato que debe darse cuando un atleta, técnicamente, no es ni hombre ni mujer. No puede negarse también que, a pesar de las trabas sociales que siguen existiendo, la propia genética y las condiciones hormonales hace que tengan resultados muy distintos. Hablamos de que durante las décadas de los 80´ y 90´ hubo aproximadamente media decena de casos conocidos de atletas eliminadas por intersexualidad. En el mundo en el que vivimos, donde no todo es blanco o negro, esta discusión pica y se extiende. 

En mayo de 2011 la IAAF y el COI abandonaron las pruebas de verificación de género. Todo esto dado por una revelación que pudo haberse ido a la tumba con Stella, de no haber tenido la mala suerte de encontrar la muerte en aquel oscuro rincón de Cleveland. Un silencio que habría durado para siempre.

 

También puedes leer:   Los Redimidos

Fuentes: Reuters, SBS Nation, El País, Britannica.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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