jueves, 28 octubre, 2021
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Por Jesús Alfredo Santiago.

No sé si me van a condenar por ser un mal hijo. Les pido clemencia y benevolencia para que mi camino al cielo sea menos sombrío. Porque después de que maté una gallina robada a “Mana Challo”, el mayor de mis pecados creo fue hacerle esa jugada a mi madre aquel día. Menos mal que matar gallinas no es un pecado capital.

Era un sábado normal, pero previo a un Día de la Madre y a aquel juego donde buscábamos venganza. Habíamos viajado a Pueblo Llano para celebrar ese día con mis abuelas. Mi hermano Chelino y yo, en aquel deseo de volver al pueblo que hicimos sin reparos y hasta con emoción desenfrenada. Era un viaje para retomar contacto con amistades de la infancia, visitar primos y tal vez tocar la pelota, pero el sábado en la noche nos asaltó aquella idea, que hoy lamento.

Antes de la medianoche, nos empezamos a rascar la cabeza y ver las posibles opciones pero, más allá de eso, las posibles excusas. Le dimos el Feliz Día a las 11:59 y, de inmediato, sacamos fuerzas para decirle que tenía una tarea de matemáticas que ameritaba mi atención para el día lunes, que si no la presentaba seguro perdería cualquier opción de aprobar el curso. Entre extrañeza y cierto grado de tristeza o duda, mi madre no puso objeción, a pesar de que sus hijos menores viajarían 4 horas de regreso a Mérida totalmente solos.

Buscamos los modos para irnos y la mejor manera de hacerlo fue a las 6 am en el bus. De hecho, no era la mejor, era la única forma de irnos y llegar al juego programado en el Soto Rosa a las 11 am. Y ese juego además de ser de Estudiantes de Mérida, tenía un ingrediente adicional, el visitante era Marítimo de Venezuela, una de las glorias de aquellos años ´90.

Pero además de ser una gloria, teníamos una espinita con el Acorazado Auriverde, como le llamaban. En el juego de ida que se había realizado en Caracas, meses antes, la cancha fue invadida por la fanaticada del equipo capitalino y habían golpeado a algunos jugadores, incluyendo al DT, Esteban Beracoechea.

Así que, más allá del deseo de bajar a Marítimo del primer lugar, era saciar un poco de venganza. Decir que íbamos a invadir la cancha era complicado porque desde la taquilla se notaba la presencia policial hasta para entrar al baño. También desde la JD habían hecho llamados a la calma. No queríamos que nos cerraran la cancha como les pasó a ellos por esa acción, quienes debieron jugar un par de encuentros en Valencia.

Llegado el domingo, el Día de la madre y el juego, nosotros casi que empujábamos el bus para que aumentara su velocidad, pero todo era infructuoso. Como yo los conocía a todos porque mi papá hacía el mismo trabajo, nos tocó con el Sr. Ramón, el más lento de todos los choferes. Era el típico chofer que cuando le sacaban la mano se detenía cinco minutos a informar que no llevaba puesto. Con ese ritmo, perdimos más tiempo que una abuela en muletas.

Con un retraso de 15 minutos, nos apostamos en la principal y obvio que de inmediato notamos los ánimos caldeados. Algunos furibundos hinchas lanzaban improperios contra los del Marítimo que, no les puedo mentir, tenían un equipazo. Pero, quizás por el hecho de ser día de la madre, muchos se contuvieron porque con la promo, “Las Madres entran gratis” sobraban la gran cantidad de mujeres en el estadio. Pensé en aquel momento que, la JD se había inventado esa jugada para apaciguar los ánimos.

Marítimo dominaba el partido. Tenía a un delantero uruguayo Mouro, quien luego jugó en el Panathinaikos de Grecia, que manejaba ese equipo como le daba la gana y nosotros eramos su víctima predilecta, pero una llegada por la izquierda del colombiano William Ruiz intenta bañar al arquero Nikolak (QEPD) con el centro al segundo palo, donde apareció Oswaldo Palencia para reventar la tribuna y colocar el 1 a 0.

Era uno de esos partidos que parecía no finalizar al minuto 90. La gente se quedó en las tribunas con sed de venganza, aunque no pasó de algunos insultos a jugadores y cuerpo técnico. Recuerdo a Hebert Márquez esquivando botellazos al estilo agente 007. Lentamente los fanáticos con sus esposas y madres se fueron alejando del estadio a celebrar el Día de la Madre.

Yo regreso a casa con mi hermano y todo el día anduve divagando por la casa imaginando celebraciones con mi mamá. Por momentos sentí arrepentimiento de haber inventado una tarea y venirme a un juego sin importarme si ella estaba con su hijo “favorito”. En la noche y mientras digería mi frustración de aquella venganza, aquella derrota y aquella invasión a la cancha, llega mi madre del viaje y me pregunta por la tarea de matemática, la excusa del viaje.

Mi madre, como buena docente, me pidió el cuaderno para ver los apuntes y notó que no había resuelto nada. Lo importante no es el procedimiento sino el resultado, aunque fue un triste empate a un gol, pero que al menos Palencia había anotado de cabeza. Ese año, por cosas de la vida, llevé Matemática a reparación en el peor regalo que le di a mi abnegada madre docente. ¡Lo siento, madre!

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