sábado, 24 octubre, 2020
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Cuando se reside en una localidad costera, lo normal es estar cerca del mar. El mar es firme, está ahí, se mueve, se embravece, se calma y fluye. A veces solo hace falta levantar la cabeza para darnos cuenta de lo que nos perdemos: en el agua uno puede ser menos, pero casi siempre se siente más. Algunos recuerdos afloran en la cabeza de la generación boomer cuando oyen según que apellidos; cuando éstos son del pasado, se tiende a pensar en lo bueno y en lo malo que eso supone. En el mejor de los casos, y sin ser óbice lo anteriormente escrito, también nos transporta a la mejor época vital para cada individuo. 

Alemania no tiene mucha costa y, la que tiene, se sitúa en el norte. Allí donde el frío es hábito, y la calidez, lujo. Algo que ha dado como contra prestación líderes a quienes seguir en busca de un objetivo, casi siempre, más propio de los sueños que de una realidad palpable. Para bien y para mal, esos jefes han llevado a victorias épicas, contundentes y grandilocuentes, como derrotas inasumibles y dolorosas. Sin embargo, de vez en cuando se encuentran por el camino con una de esas personalidades diferentes. Una persona con el carisma necesario para hacer lo que haga falta, cuando sea menester. 

Günter Netzer sabe mucho de eso. Formó parte de uno de los guardianes que llevó a una pequeña ciudad del oeste de Alemania Occidental a una gloria que les era desconocida. Durante casi una década consiguió convertir al blanco en el color de la victoria y, de paso, en uno de los grandes históricos del país. Por su parte, él ha sabido cobrarse un precio que, a la larga, cambiaría para siempre la imagen de los futbolistas. Una transición hacia el profesionalismo de un deporte que por aquel entonces parecía dar la imágenes más referente a gladiadores del histórico pan et circus romano que de una profesión. Así que, por lo pronto, logró todo lo que quiso ser: un rebelde con causa y efecto.

Diferente, transgresor, rebelde; son adjetivos –y eufemismos- para definir a “los diferentes”, esa clase de personajes que siempre parecen ir un paso por delante en modernidad, locura y atrevimiento; de los que no vacilan en su empeño por –de una manera u otra- marcar diferencias. En la actualidad, esos distintos tienen una serie de características adheridas a su personalidad: decisión, talento, calidad y carácter. En su fuero interno ellos se saben superiores aunque no lo sean (y porque también la corrección política así lo impide declararlo públicamente). Es de suponer que es más difícil hacerlo que pensarlo porque, sobre esta clase de jugadores, recae un peso adicional sobre sus hombros (y hombres): llevar a un grupo a convertir en victoria, todo lo que parece un fracaso si no se gana. 

Con Netzer todo se elevaba a la enésima potencia. Considerado casi como una leyenda (o mito) viviente, Günter debió pensar en sus inicios que debía ser alguien que había de tener personalidad propia, que marcase la diferencia. Dichas características personales formaron a muchos alemanes tras el triunfo de 1954, en el considerado Milagro de Berna. Por aquél entonces, Netzer tenía solo diez años, pero soñó con ser parte de Alemania Federal y vestir, para siempre, el color blanco de la pureza. Un color que él, entre otros, se encargarían llevarlo a identificar como el de la victoria para el oeste alemán.

Netzer llegó al primer equipo del Borussia Mönchengladbach cuando la Bundesliga hacía su estreno oficial, en 1963. Los occidentales ascendieron a la máxima categoría en 1965. Tras dos intentos, Hennes Weisweiler llegaría al Bökelberg, dónde confiaría en gente como Jupp Heynckes, Rainer Bonhof, Berti Vogts y el propio Netzer. Tras varias temporadas donde el equipo obtuvo la tercera plaza, a mediados de 1970 conseguirían el primer título liguero de su historia. Weisweiler jugaba con un modelo de juego dinámico, agresivo y muy vistoso para el espectador medio. Se le hacía necesario un creador, un cerebro, alguien que tuviera la jugada en la cabeza antes de que le llegara la pelota. No necesitaba correr, sino que hacía lo propio con el resto, especialmente a dos compañeros que solían ofrecerle constantes coberturas en los interiores, siempre que se incorporaba al ataque.

Una comparación con Schuster o Pirlo (sin caer en el lógico anacronismo), serían acertadas. Era al que siempre buscaban para hilar las jugadas. Controles, giros, regates y pases. Porque su golpeo siempre condicionaba al rival. Durante los comienzos de la década de los setenta, Netzer fue el punto de referencia, cual capitán general de su ejército. Un líder capaz de pensar antes que el resto con el balón en los pies, sin obviar una sangre caliente que tenía mucho más que ver con el tópico latino antes que con el germano. Su rebeldía era una actitud, una pose muy de Woodstock o de las revueltas de París algún año antes. Se subió a ese carro y aprovechó dicha coyuntura mediática para ganarse el cariño de la gente. Un lugareño, hijo de gente humilde dedicada a la venta de hortalizas y que consiguió lo impensable por aquel entonces.

 

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En 1973, los focos se centrarían sobre Netzer. Santiago Bernabéu había negociado con Netzer para traérselo al Real Madrid; en España se había abierto la veda para incorporar a dos extranjeros por plantilla. El alemán se lo había anunciado al club y a su entrenador. Éste toma una decisión a pocas horas de su último partido: no jugaría la final de DFB Pokal. El ídolo y su ego habían caído en la batalla por estar en el centro del campo, con el número 10 y capitaneando al equipo: Herbert Wimmer entraría por él. El rubio de melena y flequillo moderno de la época decidió que debía irse, que no iba aguantar una decisión de ese tipo en su último partido como jugador del equipo de su ciudad. Así fue como varios miembros de la plantilla, le ataron en corto: «Has jugado con nosotros casi diez años, quédate, porque es posible que te necesitemos».

Dicho y hecho, el partido llegaba al final de los 90’ en el mítico Rheinstadion de Düsseldorf. Netzer, en un arranque de ego, testiculina y compromiso, se plantó ante Weisweiler y le dijo: “Jugaré y me iré”. Así fue cómo Günter Theodor Netzer gestionó su propio cambio: Christian Kulik fue sustituido con carácter inmediato. No pasaron ni 4’ de la primera parte del tiempo extra, cuando Netzer recoge un balón por delante del círculo central y ve a Wimmer más adelantado, pasa la pelota y acude al espacio vacío dejado por los defensas del Colonia, pisa el área -mientras Wimmer ve el desmarque- y se la coloca al pie izquierdo, forzado y cayéndose para engatillar, pero lo suficiente para conseguir lograr el gol de la victoria y de la final. Algo que quedará para la historia y definirá su carácter toda la vida: rebelde con la autoridad, comprometido y con agallas para liderar a un equipo glorioso.

Esa misma valentía y confianza en sí mismo le han permitido ser un hombre de negocios de un éxito creciente. Primero, como manager general del Hamburgo tras su retirada, generando así una de las grandes épocas en el norte teutón. Después, fundando una agencia de publicidad en Zürich, a la que seguiría su cargo como director ejecutivo en la compañía Infront Sport & Media AG, una de las compañías asociadas a la Bundesliga alemana. No quedó sólo ahí: durante 13 años fue un polémico comentarista de las retransmisiones futboleras de Das Erste (perteneciente al grupo ARD), formando pareja con Gerhard Delling. El público alemán recordará una de las intervenciones más sonada: una dura crítica hacia el entonces seleccionador, Rüdi Völler, tras un empate a cero con Islandia. La reacción de Völler no se hizo esperar, llegando a decir «no soporto ver esa mierda», tras ver la crítica de ambos hacia su gestión, pese a que no duraría mucho más en el cargo de seleccionador.

Su trayectoria con la camiseta nacional alemana no fue todo lo buena que cupiera esperar, pese a estar en las plantillas que lograron “el combo”, ganando la Eurocopa de 1972 y el Campeonato del Mundo organizado por la propia RFA, dos años más tarde. Netzer tenía en Overath a su némesis futbolístico y Helmut Schön se lo hizo saber tras la derrota ante la RDA, con aquél mítico gol de Sparwasser, cuando sacó a Netzer aún con empate a cero. Queda la sensación de que, como futbolista, pudo dar algo más de lo que fue, pese a ser una de las personalidades más influyentes del panorama futbolístico alemán. Un líder que calzaba un 47, vestía como si fuera a la discoteca todos los días, o iba a los partidos en el Bökelberg en cualquiera de sus coches deportivos y lujosos de la época. Una especie de George Best en formato alemán, que supo manejar mejor sus destinos  y sus excesos. Se trata pues de un líder rebelde con causa y efecto.

 

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Shark Gutiérrez
Canario de corazón y alemán por devoción, cuento historias que no suelen importar a nadie y suelo estar allí donde la pelota corra y la gente vibre. Amante de la Bundesliga y todo lo que le rodea, mi estilo es no tener un estilo determinado o establecido, entendiendo el fútbol como una perenne globalidad y en la que el aprendizaje es continuo. Miro y escucho, ergo analizo. Me encontrarás en el análisis, en el diálogo y en el sosiego. Estaré rondando por este lugar mientras que todo lo que rodeen a las historias que no suelen importan a nadie, importen de verdad.

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