miércoles, 30 septiembre, 2020
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Siempre nos dicen que hay que hacer lo posible por cumplir nuestros sueños, que luchemos y hagamos lo necesario para lograrlos, y el protagonista de esta historia se tomó ese consejo muy en serio.

Humberto Filizola Haces nació el 2 de febrero de 1950, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, una ciudad del norte de México que constantemente es víctima de la violencia y la delincuencia organizada, pero también es una ciudad aficionada a los deportes, sobre todo al fútbol y al básquetbol. En algún momento la ciudad incluso contó con equipos profesionales de estos deportes al mismo tiempo. 

Filizola fue un leal afiliado a un partido político y además ex profesor de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, la universidad más importante del estado de Tamaulipas, llegando a ocupar el puesto de rector general de esta misma universidad.

Mejor conocida como la UAT, la universidad cuenta con un equipo profesional de fútbol que hoy está en el Ascenso MX (a partir de este semestre llamada Liga de Expansión MX), el equivalente a la Segunda División. El equipo es conocido popularmente como los “Correcaminos”, ya que uno de estos animales representa el escudo de la escuela. Pero para ese entonces, en 1987, como es costumbre en el fútbol mexicano, la UAT compró la franquicia que en ese momento era posesión del Deportivo Neza y se hizo de un lugar en la Primera División, coincidiendo esto con la época en la que Filizola llegó al mando de la universidad, que era la dueña del equipo.

Nuestro ahora rector era un deportista nato, todos los días se ejercitaba, y como cuentan los que lo conocían en esa época, practicaba natación, básquetbol, fútbol americano, y cuanto deporte le gustara, incluido por supuesto el fútbol. Filizola comentó alguna vez que “ya solo me falta jugar con Correcaminos en la Primera”. En ese momento aquella afirmación no hizo más que ocasionar risas, pero el rector iría más allá.

Para la temporada 1993-1994, Correcaminos estaba pasando más pena que gloria, como siempre fue su andar en primera y en la jornada 38 y última del campeonato, debía jugar ante el América. Pero tres meses antes de aquel partido, el rector inició su travesía. Filizola le pidió a Jesús Bracamontes, entrenador del equipo, y también su empleado, poder jugar un partido con sus Correcaminos, algo que en cualquier otra circunstancia sonaría como algo irreal, a menos claro, que el equipo ya no se esté jugando nada importante y que, por supuesto, lo pida el jefe.

Jesús Bracamontes aceptó, pero le leyó la carta de mandamientos a Humberto, una serie de requerimientos que el rector tenía que cumplir, entre los cuales estaban entrenar con el equipo todos los días, una estricta dieta impuesta por el nutriólogo del equipo, así como un control de peso que no le permitiría subir ni un kilo hasta el día del partido. Filizola cumplió todo a la perfección, como si se tratara de la constitución, así que Bracamontes no tenía forma de decirle que no.

El día llegó: el 3 de abril de 1994 los Correcaminos enfrentaban al América en el estadio Marte R. Gómez, que lucía a capacidad máxima para la especial ocasión. Los medios escritos y de televisión se volcaron al pequeño estadio en Tamaulipas para cubrir la historia. Dicho por el mismo Bracamontes, plantearon un partido para jugar con 10 jugadores, previniendo que realmente el rector no iba a hacer nada destacable y buscando que el jefe estorbara lo menos posible; el trato era jugar 20 minutos como titular, de centro delantero.

 

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Filizola salió al campo con el número 28, un bigote y una cabellera que ya dejaban ver sus 44 años, y así comenzó el partido. El América, con jugadores como Zague, Julio Uribe, Martelotto y Cecilio de los Santos, hacía frente a un débil equipo tamaulipeco, y rápidamente se pusieron por delante 1-0. Minutos después y ante la incredulidad, Correcaminos empató el juego, ante la mirada del rector que en el punto de penal observaba como su compañero metía el balón en la red y tímidamente levantaba la mano en señal de celebración.

Ya en ese momento era notable la falta de técnica de Filizola. Minutos después del empate, una escapada por la banda izquierda del hondureño Raúl Martínez insinuó peligro, tiró el centro en diagonal hacia el área donde el portero Adrián Chávez ya lucía descolocado, y ahí de la nada, Filizola apareció escondido entre los defensas, los cuales no le pusieron la más mínima atención. El rector impactó la pelota con la pierna derecha, cuando parecía mucho más sencillo hacerlo con la pierna izquierda, esto debido a su carente técnica. El balón pasó a escasos milímetros del poste izquierdo, mientras un Chávez vencido veía con alivio como el balón del rector se iba hacia afuera evitándole semejante ridículo; Filizola se llevaba las manos a la cabeza porque sabía que había sido una oportunidad única en la vida.

 

 

Para el minuto 29 el rector salió del campo, jugando nueve minutos más de lo que estaba pactado. Al terminar el partido, José Luis “el Zurdo” López, entrenador del América y amigo de Bracamontes le dijo al propio entrenador de Correcaminos: “Si nos hace ese gol nos tenemos que retirar todos, no hagas eso”, en tono más serio que de broma.

Filizola, gracias a esos 29 minutos, es hasta ahora el jugador más viejo en debutar en la Liga MX, un récord que parece que nadie va a arrebatarle. Él mismo comentó después que lo hizo para darles un ejemplo a los jóvenes de Tamaulipas, para demostrarles que si él podía jugar en Primera, ellos también podían. Filizola dejó la UAT en el 2003 y se dedicó a la política, pero la historia de su casi gol ante el América se sigue recordando en México como una de las anécdotas más increíbles del fútbol mexicano.

 

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