domingo, 24 enero, 2021
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Por Sebastián Ongarelli 

Seguramente, como argentino, me sería imposible mirar un Mundial o Copa América sin Argentina en ellas. Lo que si es un hecho es que en Escocia, la selección masculina estuvo así por más de dos décadas. Específicamente, 22 años…

A principio de este año, ni bien se dio a conocer el calendario de los partidos de playoffs, lo primero que hice fue comprar la entrada para ver la semifinal en Hampden Park entre Escocia e Israel. Iba a ser mi primer partido viendo a la selección. Algo que, por obvias razones, no pude concretar, ya que el encuentro se terminó jugando a puertas cerradas. Si para mí fue una gran decepción, imaginen lo que fue para los propios escoceses.

Tuvimos que esperar mucho, pero cuando Escocia logró la victoria por penales ante los israelíes, no hubo un sólo día en dónde no se hable de este partido tan importante. El que estaba por venir, claro está. El de la visita a Belgrado. El encuentro ante la dura Serbia.

Como periodista, pero también enamorado y seguidor por tantos años, puedo decir que durante las semanas siguientes no hubo otra charla que no sea “Escocia puede estar en la Eurocopa”. Fue tal la emoción que generó este partido que hasta los menos seguidores y apasionados escoceses se hicieron eco de esto. Similar a un Mundial, en donde todos tiramos para un mismo lado y sin colores diferentes más que el de nuestro país.

Nervios, intrigas y hasta bronca, ya que todos los bares están cerrados debido a la pandemia, pero además las juntadas entre amigos y familiares están muy limitadas también. Pero el día llegó y desde temprano ya nos preparábamos. A eso de las 5 de la tarde partimos desde Glasgow, junto a mi amigo Andy, hacía Troon, un pequeño y hermoso pueblito en la costa suroeste de Escocia. ¿El destino? La casa de los padres de mi amigo donde, por protocolos del gobierno, solo pudimos reunirnos hasta seis integrantes de dos casas diferentes. Es decir, éramos cuatro para poder ver, disfrutar y sufrir el partido. Tres escoceses y un argentino. Porque siempre hay un argentino metido en el medio en todos lados…

Las autopistas estaban más cargadas de lo normal. Mucha gente saliendo de los trabajos en busca de prepararse para el momento que se venía. Ya era de noche y se sentía en el aire ese nerviosismo. La radio en el auto no te dejaba más tranquilo, sino todo lo contrario. Media hora y llegamos al pueblo costero. Tan hermoso como la noche que se avecinaba.

Cerveza en mano y nos sentados en el living frente a la televisión como buena tradición británica. “Ya está, ya estamos acá. Que sea lo que sea”, le digo a mi amigo en un inglés con acento argentino y escocés que, de a poco, se me va contagiando.

El gol de Ryan Christie en el primer tiempo fue una relajación extraordinaria. Lo grité tanto que no recuerdo haber festejado así algún otro gol de otra nacionalidad. Probablemente, aquel gol de Griffiths a Inglaterra hace unos años, aunque esa es otra historia…

Pero nada puede ser sin sufrir en la vida de los escoceses. Cuando el partido terminaba, ese gol de los serbios nos dejó a todos tan congelados como salir a caminar a las 11 de la noche por las calles de Glasgow en invierno. “Otra vez lo mismo”, “Siempre se nos va las ilusiones”, “Otro año más sin clasificarse”, y tantas otras frases que se nos venían a la cabeza tanto a mí como a todos los más de cinco millones de escoceses. Pero ustedes saben como es el fútbol, ¿no? Es tan doloroso como hermoso y la tanda de penales nos lo demostró una vez más.

El penal decisivo lo patearía Mitrovic. Un jugador experimentado del Fulham y la Premier League inglesa. Yo, con las manos en los ojos cual película de terror; mi amigo escondido detrás de la puerta, mirando de reojo y los padres sin aliento, esperando el pitido del árbitro.

Apuesto a que todos los que hemos vivido una definición por penales podrán comprender lo siguiente: el momento entre que el jugador patea y la pelota va hacía el arco es… ETERNO. Es el penal más largo del mundo, como diría el gran Osvaldo Soriano en uno de sus cuentos.

¡Atajó Marshall! Y… todo se desmadró. Nos abrazamos, gritamos, festejamos y ejecutamos todo tipo de acción de felicidad. Una felicidad de desahogo y tranquilidad porque Escocia volverá a una competencia internacional tras 22 años. Una alegría que permanece en los rostros escoceses y que le brinda a generaciones enteras el poder disfrutar a su país compitiendo en los torneos más importantes. Encima será en casa, en Hampden Park, a mediados del 2021.

Un abrazo de felicidad, un abrazo escocés o simplemente una pasión Tartan.

 

También puedes leer:   El día en que la Argentina fue dorada por partida doble

 

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