domingo, 17 octubre, 2021
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Imagínese, solo por un momento, esta situación: está vistiendo la casaca de su selección nacional, esa por la que lo daría todo, y se encuentra disputando un importante encuentro de clasificación para el Mundial. El partido es sumamente disputado, van 3-3 y su equipo recibe un regalo del cielo llamado “penal”. Pero ninguno de sus compañeros se anima siquiera a tocar el balón. El miedo se refleja en sus miradas y entonces decide que irá usted a ejecutar dicha pena máxima, aunque sienta el mismo terror que los otros diez que están sobre el campo. Toma la pelota y camina lentamente hacia el arco rival, rogándole a su dios que lo asista en ese momento, ya que sabe que le espera en su casa si por desgracia el cuero no entra.

Los nervios lo carcomen, quiere llorar, pero el arquero no debe conocer lo que siente en lo más profundo de su ser. Y entonces llega lo peor: usted erra el maldito penal. Ahora sí, se agarra el pecho y se le caen unas lágrimas. No lo hace porque no puede darle el triunfo a su país, sino porque ya sabe que por cometer ese error le pueden tocar horas, días, semanas de un sufrimiento inenarrable. Sus compañeros se compadecen de ti, porque ya han pasado por lo mismo.


 

No, lo que leyeron no es el inicio de una novela de suspenso, sino algo que le ocurrió a Abbas Rahim Zair, mediocampista de la selección de Iraq, quién tuvo la desgracia de fallar un penal cuando su equipo igualaba ante los Emiratos Árabes Unidos. Él no contó que pasó con detalles lo que ocurrió luego de aquel cotejo, solo que dos días después lo llevaron a la sede del Comité Olímpico del país y le vendaron los ojos. “Fin de la historia” sería su respuesta ante la insistencia de los periodistas de The Guardian. Aunque su verdugo ya hubiera muerto, él seguía, como tantos, sin atreverse a contar su historia. Solo el tiempo revelaría más detalles de cómo Uday Hussein -el primogénito de Saddam- gustaba de torturar hasta el hartazgo a los jugadores de su selección. Tan sádico llegó a ser que incluso su padre llegó a sentenciarlo a muerte, aunque luego desestimaría dicha condena.

 

 

Los Hussein toman el poder

Iraq fue un territorio dominado por el imperio otomano desde 1533 hasta 1918, cuando estos fueron derrotados en el marco de la Primera Guerra Mundial, pasando a formar parte de otro imperio, en este caso el británico, aunque, a diferencia de otros países de la región, lograría su independencia de manera pacífica en 1932 y desde entonces los distintas formas de gobierno se sucederían: de la monarquía se pasó a la república parlamentaria, buscando generar un sistema mucho más democrático que el que tuvieron hasta entonces.

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En 1979 llega al poder Saddam Hussein, quien había sido designado para el cargo por medio de su precedesor, el general Ahmed Hasan al-Bakr. Saddam había alcanzado el puesto máximo gracias al convencimiento político que generaba, ya que se había convertido en el líder del Partido Baaz (renacimiento) Árabe Socialista y había logrado, entre otras cuestiones, convencer a al-Bakr para que nacionalizara el petróleo y, a su vez, generar una alianza estratégica con la Unión Soviética, lo cuál le permitió recibir armas por parte de esta.

Hussein sentía una profunda admiración por Josef Stalin e imitó muchas de las medidas que tomó el líder soviético, sobre todo la de generar una depuración en su partido -asesinando a sus opositores-, generando una policía secreta, persiguiendo a los chiitas (él era suní) y a los kurdos -durante la guerra con Irán- y generando un culto hacia su persona. Aunque también se dedicó a perseguir a los comunistas, lo que devendría en un fuerte encontronazo con la URSS, aunque esto no sería un grave problema para él, ya que buscaría alianzas en el mundo occidental.

Su hijo mayor no sería la excepción a la regla. Se recibió de ingeniero siendo el primero de su clase en la Universidad, aunque más tarde varios profesores reconocerían que le subían las calificaciones por presiones políticas, ya que no pasaba por ser alguien del montón. En una fiesta organizada en honor a Suzanne Mubarak, esposa del presidente egipcio Hosni Mubarak, Uday asesinaría al valet de su padre, Kamel Hana Gegeo, de quien sentía celos, ya que sabía que la lealtad que éste le tenía a Sadam era tan grande que podría incluso ser considerado como el verdadero sucesor.

Uday acabaría solo tres meses en la cárcel, siendo asistido por el rey de Jordania, Hussein bin Talal, quién logró que su padre no lo matara. El mayor de los Hussein fue enviado a Suiza para asistir al embajador iraquí, aunque el propio gobierno suizo lo deportaría en 1990 luego de que éste fuera arrestado repetidas veces por pelear. Aun con todo este rodaje su padre decidió darle otra oportunidad, dejándole las llaves tanto del Comité Olímpico como de la Federación de Fútbol del país. Y allí aparecería el verdadero rostro de Uday.

 

 

 

Ganar a toda costa

La selección nacional de Iraq es una de las mejores del Medio Oriente. Entre los años sesenta y ochenta lograron quedarse con cuatro títulos de la Copa Árabe de Naciones, tres de la Copa del Golfo y se alzaron con el oro tanto en los Juegos Asiáticos de 1982 como en los Juegos Panárabes de 1985, logrando de paso clasificarse para los tres Juegos Olímpicos disputados en la década de 1980.

Si bien Saddam Hussein no era un asiduo seguidor del fútbol, entendía que éste era relevante en el país y fue por ello por lo que puso a Uday al frente de la federación en 1984 y, con él al mando, los Leones de la Mesopotamia lograrían vencer a sus rivales árabes para clasificarse al Mundial de México en 1986, la mayor hazaña jamás conseguida por Iraq. En el único certamen global que los asiáticos disputaron hasta la fecha mostraron largamente su valía, cayendo apenas por un gol de diferencia ante Paraguay, Bélgica y el local. Los muchachos del Golfo tenían un futuro prometedor a los ojos del mundo, aunque nadie conociera lo que se estaba gestando.

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Sharar Haydar gratifica el horror que significaba traer los tres puntos a Iraq. Luego de una derrota ante Jordania, contó en Sports Illustrated lo siguiente:
“Los hombres de Uday nos quitaron la camisa, ataron nuestros pies y pusieron nuestras rodillas sobre una barra mientras estábamos acostados sobre nuestras espaldas. Luego nos arrastraron sobre el pavimento y el concreto, quitándonos la piel de la espalda y nos tiraron a través de un arenero para ponernos arena en la espalda. Finalmente, nos hicieron subir una escalera y saltar a un cubo de aguas residuales sin tratar. Querían infectarnos nuestras heridas”. Para el primogénito de Saddam no había términos medio: era ganar o sufrir el escarnio.

 

 

El miedo y la pérdida de potencial

En los años siguientes Iraq, si bien seguiría siendo una de las mejores selecciones de la región del Golfo Arábico, dejaría de tener tanto peso a nivel continental, siendo así que ya no podría volver a disputar un Mundial y apenas lograría resultados para descartar en la Copa de Asia. La Guerra del Golfo también hizo que se perdieran torneos sumamente competitivos en la década de los ´90, como la Copa Árabe de Naciones. Los Leones mesopotámicos comenzarían a cargar tras de si el mote de “eternos perdedores”, aunque era claro que la presión que sentían los jugadores no era por no conseguir resultados, sino por saber que cualquier insignificante fallo podría resultar fatal.

Uday, a menudo, entraba al vestuario a recordarle a los jugadores que, en caso de ser derrotados, podían dar por perdidas sus piernas, las cuales serían entregadas a los perros. ¿Cómo obtener buenos resultados sabiendo que cualquier cosa que pasase podía ser penalizada con duras penas?

The Guardian comentaba que incluso algo tan habitual como una tarjeta roja era penalizado con atrocidades de todo tipo. Uno de los capitanes del seleccionado de aquella época, Yasser Abdul Lafit, fue acusado de golpear a un árbitro en un encuentro de liga. Él sería llevado a un campo de prisioneros en Radwaniya y puesto en confinamiento, en una celda de apenas dos metros cuadrados, con solo una pequeña ventana. Lo desnudaron hasta el torso y le ordenaron realiza flexiones durante dos extensas horas, siendo que era azotado con cables eléctricos cada vez que mostraba cansancio.

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Estas torturas se hicieron cada vez más duras con el correr de los días, en donde era golpeado hasta el hartazgo, diciendo Lafit que su único momento de paz era cuando lo arrojaban al patio externo (en pleno frio invernal) y era bañado en agua helada. Cuando fue puesto en libertad luego de dos semanas el capitán no pudo apoyar su espalda en una cama durante un mes por el dolor. “Iraq era una gran cárcel” delataría en el periódico británico, “pero nunca tuve otra opción. Me tenían amenazado. Si no participaba en mi equipo o en la selección me repetían que volverían a golpearme y que me considerarían enemigo del régimen. Y eso significaba la muerte”.

Los castigos para los jugadores (aunque también otros atletas sufrirían las mismas vejaciones) eran innumerables: a las torturas ya mencionadas se les sumaban otras como tener que atrapar moscas bajo pena de recibir golpes por cada fallo, ser enterrados en la arena en pleno invierno y ser encerrados días o incluso semanas sin saber si volverían a ver la luz, provocando un suplicio psicológico que muchas veces termina siendo peor que el físico. Incluso los pocos que lograban ser fichados en el extranjero sufrían la humillación de saber que, por contrato, el 40% de su salario iría a parar a los bolsillos de Uday. “En Iraq nosotros bromeábamos con que teníamos tres casas: nuestro hogar, el estadio y la cárcel” manifestaría Ahmed Radi en el sitio SFGATE.

¿Por qué no hablaron antes los jugadores? Por una parte, estaba el miedo que estos sentían, ya que entendían que si llegaban a ser delatores no solo ellos pagarían las consecuencias, sino también sus familias y allegados. Pero también algunos organismos decidían mirar hacia otro costado. Miembros de la FIFA viajaron al país para verificar si las denuncias que se hacían eran ciertas, pero algunos no querían hablar y otros, como Maad Ibrahim Hameed, quien era parte del cuerpo técnico, decían que los rumores eran exagerados, alabando incluso a Uday al decir que este les ofrecía buenos premios en caso de conseguir la victoria. Por supuesto, el máximo organismo del fútbol archivó las denuncias e hizo la vista gorda.

La historia comenzaría a cambiar luego de la muerte de Uday y la caída del régimen de la familia Hussein. Los jugadores, poco a poco, comenzaron a hablar de todo el sufrimiento que sintieron, a la vez que al obtener mayor libertad las nuevas generaciones pudieron demostrar todo lo que sabían, volviendo al triunfo en los sucesivos años, como lo fue la obtención de la Copa de Asia en el 2007, entre otros certámenes de importancia en la región. Aunque esa ya es otra historia.

 

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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