jueves, 6 junio, 2019
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El último partido de la temporada para los Cincinnati Royals. El constante tic-tac del marcador es lo único que resuena en su cabeza, pues su talento y experiencia le han hecho experto en este tipo de situaciones.

Es 12 de marzo de 1958, y los Royals se encuentran en Minneapolis enfrentándose a los Lakers. Entonces, “Mo” Stokes encara hacia canasta, recibe una zancadilla de parte de un rival y cae al suelo estrepitosamente, dando con su cabeza en el mismo.

Tras estar unos segundos paralizado, se levanta a duras penas y finaliza el encuentro con un asombroso registro de 24 puntos y 19 rebotes. Y todo continúa con normalidad. Hasta que, tres días después, saltan las alarmas.

 

El primer golpe de su vida, último y definitivo

Los de Cincinnati, tras un meritorio final de temporada, se han clasificado para los Play Offs. Los Pistons de Gene Shue y George Yardley esperan en primera ronda, y no parten como favoritos.

Stokes, un jugador de 6’7’’ que actúa en la zona con la misma naturalidad con la que lanza contraataques tras el bote, es en quien depositan sus esperanzas los aficionados de Ohio. Es su tercera temporada en la liga y ya es una de las estrellas más brillantes de todo el firmamento, y allá por donde pasa domina.

Por eso, cuando acaba el partido con unos pobres 12 puntos en 12 lanzamientos, notándosele cansado, comienza a haber cierta preocupación en el entorno Royal’.

Han pasado tres días desde su encuentro con el parquet, y ya comienza a sufrir las consecuencias, postrándose en el suelo del baño, cediendo ante los mareos y vómitos que ahora le dominan a él.

Sus compañeros, además del staff técnico, lo achacan a “problemas de madrugada” pues era habitual echar mano del alcohol en noches previas a los partidos. Y cuando volvían de Detroit, la situación no mejoró.

Su compañero Jim Paxson, también enfermo, sufría de síntomas similares a los de Stokes y al final acabaron achacando todo a una gripe repentina. Una gripe que, sin dar tregua al alero de Pittsburgh, apareció en escena en el aeropuerto de la Motown más de una ocasión, y que no le permitió subir con normalidad al avión, teniendo que ser ayudado por Dick Ricketts y Jack Twyman para subir al aparato.

 

¿Y si no se hubiese montado en ese avión?

Y como no creían que fuera más que una gripe o un mareo, se dijeron a sí mismos que podrían tratarlo en el avión los propios médicos de la franquicia. Pero no fue así. Nada más despegarse del suelo, el sudor se había apoderado de Maurice, sus músculos estaban atenazados y una azafata le había colocado ya una mascarilla para que no perdiera la respiración. “Siento que me estoy muriendo”, fue lo único que dijo. Y el resto de compañeros pensaron que sería así.

Cuando llegaron a Cincinnati rápidamente lo trasladaron a una ambulancia que estaba ya fuera esperando, y que le llevó a un hospital donde le diagnosticaron una encefalopatía post-traumática, que paralizaría todo su centro de control motor. Y cuando se despertó, no podía moverse ni separar los labios para articular palabra. Era como si lo “hubiesen enterrado vivo” (Grantland).

Los días que sucedan al incidente pasarán con una velocidad vertiginosa. Stokes y su contrato de 20 mil dólares serán cortados de los Royals, no tendrá permitido salir del Estado para poder optar a una ayuda económica, y tendrá que afrontar desde un primer momento un gasto anual de 100 mil dólares.

El mundo se le había venido encima, y Stokes no podía reaccionar ante lo que sucedía. Pero Jack Twyman rompe barreras, pone su éxito personal en segundo lugar y sostendrá la vida de su amigo hasta el final de los días.

Se establece, en primer lugar, como su tutor legal, para poder tomar decisiones en su nombre. Aprovecha su trabajo en verano en una compañía de seguros para asegurarse la compensación económica que le pertenece, y junto a Milton Kutsher organizan un partido que será anual, y que continuará hasta 1970, cuando las ayudas inacabables de Jack no sean capaces de vencer el agotado corazón de “Mo”, que fallecía a la temprana edad de 36 años.

 

Twyman y Stokes, rebeldía ante las “razas”

Pero antes de hablar de homenajes, de Hall of Fames, de premios… hay que hablar de Twyman y Stokes. Uno blanco y el otro negro, y además con una mala relación en la cancha cuando ambos jugaban, unidos por el hecho de haber nacido en el mismo lugar. Una razón que, pareciendo simple, fue la mayor fuente de motivación para continuar adelante. Y para aprender a comunicarse.

Desarrollarán un lento sistema basado en el abecedario con parpadeos, a través del cual Stokes iba dictando a su “ángel de la guarda” qué era lo que quería decir. Su habitación de hospital se convertirá en lugar de parada obligatoria para el resto de franquicias, aunque mantendrían una cierta distancia pues había todavía un claro nerviosismo con su lesión. Lo que no evitaba que intentaran ayudar todo lo posible.

Por ello, el 4 de agosto de 1959, 30 jugadores de todas partes de la liga aparecieron en las montañas Catskill, donde Kutsher había ofrecido su hotel y sus instalaciones para el evento. No faltaba nadie. Los “peces gordos” de la NBA habían acudido a la llamada de ayuda. Wilt, Cousy, Russell, Havlicek… todos estaban allí. Y volverían a medida que avanzaran los años.

Y Stokes empezó a recuperarse. La rehabilitación funcionaba, comenzaba a poder moverse por su cuenta en cierta medida, y las palabras se amontonaban a borbotones en sus labios, siendo siempre increpado, con tono de humor, por su amigo, compañero… salvador.

Estamos en 1965, y ya fue capaz de acudir a su primer “Stokes Game”. Y fue recibido como merecía. Entre aplausos, con constantes ovaciones, y siendo tratado como la figura en la que se había convertido. Sus manos le permitían escribir cortos poemas, que eran su regalo a los distintos jugadores que allí acudían, y que guardaron junto a sus anillos o sus MVP’s.

 

Y llegó el final

Ejemplo de superación y lucha para muchos, en 1970 volvió a estar relacionado con los Royals. Trabajando como scout, su presencia en la casa de los Twyman era habitual cuando llegaban los domingos, hasta que llegó marzo, como si el destino lo hubiera planeado, y su cuerpo dijo basta. Twyman, fuera de la ciudad, recibió la triste noticia de parte de su mujer, a la que Maurice dejó una frase en la que decía que “cuando el sol se ponía, significaba que un nuevo día comenzaba”.

Así fue como la historia, el mito, de uno de los mejores reboteadores de la década de los 50 recibió su punto final. La leyenda superó al hombre, la fantasía a la realidad, y el tiempo acabó situando a ambos en su lugar. Con Jack Twyman, ya sin beneficencia en su día a día, llevando a cabo un último acto por su amigo, recogiendo su entrada en el Hall of Fame en el año 2004, medio siglo después de que todo su mundo cambiase por completo, y la misericordia llevara en volandas al de Pittsburgh a la “misión” de su vida.

 

Fuentes: Grantland y Deadspin

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Andrés Weiss
En el 2004 el baloncesto me abrió las puertas de la imaginación, y Manu Ginóbili fue quien se encargó de que nunca más se volvieran a cerrar. La velocidad con la que mis dedos teclean historias nunca ha menguado, y la pasión de revivir relatos de sudor y sacrificio es la motivación mas grande que mueve mi redacción. Soy alemán, español y gallego, sin orden, y desde 2012 vivo ligado al traqueteo de las teclas de mi ordenador.

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