miércoles, 23 septiembre, 2020
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Vivimos escuchando la equivocada afirmación de que política y deporte no pueden ir de la mano. Que se lo digan entonces a los japoneses, un país sumido en la pobreza y la destrucción tras la Segunda Guerra Mundial que utilizó la cita deportiva por excelencia para renacer ante los ojos del mundo.

Japón ingresa al conflicto internacional más grande de la historia con el sorpresivo bombardeo a Pearl Harbour en el que murieron alrededor de 2.400 estadounidenses. El motivo principal del ataque, había sido el herido orgullo japonés tras la Primera Guerra Mundial. Después de los esfuerzos realizados entre los aliados y Japón para frenar la avanzada alemana en territorio chino, los primeros fallaron en reconocer al país asiático por su aporte, sumando a eso a que todavía existía un tratamiento racista en los medios de comunicación y el público en general. Amarillos, Japs, son algunos ejemplos de las palabras empleadas por occidente.

A su vez, el movimiento de ultraderecha fascista que manejaba al país en ese entonces, junto con la intimidadora presencia de las fuerzas armadas, comenzó a ejercer presión con su postura pro-guerra al gobierno que, con el paso del tiempo, se iba convirtiendo cada vez más en un monopolio controlado por el ultranacionalista Hideki Tojo.

Entonces, la capacidad militar ya probada en numerosas oportunidades en el pasado, el racismo dominante, agregado a un resentimiento potenciado por las cerradas políticas de inmigración estadounidenses que afectaron los intereses de los mismos japoneses -que habían solicitado la posibilidad de emigrar libremente a aquellos países junto a los que había luchado en el frente de batalla-, crearon un cóctel difícil de manejar. El final de aquella guerra forma parte de la historia negra de la civilización, una historia que clamó la vida de más de 200.000 personas tras los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki.

El Japón de la posguerra

Establecida el 3 de mayo de 1947 tras la victoria estadounidense y la posterior rendición nipona, la nueva constitución de la posguerra comenzó a hacer efectivo el sufragio universal, despojando al Emperador Hirohito de sus poderes y dándole un lugar simbólico en el espectro político japonés. La constitución, además, abolió los títulos de nobleza y el derecho del país de iniciar cualquier futura guerra, atando de pies y manos a una de las milicias más potentes del mundo.

El alcance que dicha constitución tuvo sobre las instituciones de poder en el país fue prácticamente en su totalidad obra del Comandante Supremo estadounidense Douglas MacArthur, quien fue el encargado de realizar y firmar el documento tras el fin de la llamada Guerra del Pacífico en agosto de 1945.

Inmediatamente después del fin del conflicto, la Doctrina Yoshida entró en funcionamiento. Impulsada por el Primer Ministro Shigeru Yoshida, y con una mirada a Occidente, Japón centró sus esfuerzos en la recuperación económica y en una pasividad política que, siempre bajo la supervisión y el control norteamericano que se extendería hasta 1952, le permitiría cierta independencia en política exterior.

Es a partir de aquí que los objetivos nipones cambian radicalmente. Si antes y durante la Guerra el deseo era demostrar al mundo su poderío militar y su determinación bélica camino a establecerse como una de las potencias más importantes del planeta, ahora lo que el país buscaba era mostrarse como un Estado nuevo, pacífico y amistoso. Para ello, y con un gran entendimiento de las circunstancias, un recurso conocido como ¨memoria selectiva¨ tuvo su parte.

Japón utilizó esta técnica para victimizarse luego de la Segunda Guerra Mundial, obviando diferentes hechos bélicos del pasado que tuvieron a los nipones como protagonistas (la Guerra Sino-Japonesa con China, conflictos en todo el sudeste asiático, el bombardeo a Pearl Harbour).

Aquella imagen de víctima centró su enfoque en el sufrimiento que causaron los fatales bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, atrocidades que el gobierno nipón utilizó como narrativas predominantes hacia el afuera, con el objetivo de permanecer, ante el ojo colectivo, como un mártir.

El porqué de Tokio 1964

En consecuencia con el plan que se había puesto en marcha desde el mismísimo momento en el que terminó la Guerra, promocionar un Japón de progreso y de mirada al futuro era fundamental para comenzar a revertir la imagen imperial que se había ganado durante aquel infame período.

En ese sentido, la oportunidad de participar de un evento que era, en su percepción, de características apolíticas en un contexto de enfrentamiento amistoso, jugó en favor de un Japón que vio en los Juegos del 64′ su oportunidad de oro.

Decía Zachary Smith en su ensayo Re-telling the “Story So Far”: Reconsidering Sport and Spirituality in Light of the New Age que “una naturaleza fundamental del deporte es identificada y subsecuentemente moldeada en una narrativa hegemónica de la comunidad”. Esta frase resume la lógica mediante la cual el deporte es identificado como un canal que puede ser utilizado para trasladar una narrativa determinada a una sociedad y, también, al mundo.

¿Y qué mejor oportunidad de poner en práctica esa afirmación que la que tuvieron los japoneses en 1964? Una ocasión inmejorable para la que deberían realizar un gasto público enorme. Se construyeron nuevas y mejores líneas de tren y metro, además de extensas autopistas que posibilitaron la conexión de diferentes ciudades del territorio nacional. Pero fue el expreso metropolitano conocido como el Tokaido Shinkansen, la innovación definitiva que comenzó a comunicar la determinación y los recursos de un Japón que comenzaba a mostrar su lado más tecnológico y eficiente.

Además de crear el tren urbano más rápido del mundo que conectaba las ciudades de Tokio y Osaka, se aplicaron tecnologías referentes al desarrollo de las actividades olímpicas como instrumentos de medición de tiempos e iniciación automática del reloj para pruebas de atletismo y natación respectivamente, la llegada del famoso e indispensable foto finish, indispensable hoy en día y, quizás lo más importante para los intereses del país organizador, la tecnología satelital que permitió que los primeros Juegos realizados Asia fueran transmitidos en vivo vía satélite y, para mayor novedad, a color.

En total, se construyeron trece estructuras nuevas que se sumaron a las otras sedes temporales o renovadas. La joya de la cita, el Estadio Nacional de Tokio, había sido construido unos años antes para acoger los Juegos Asiáticos de 1958 y representaba una de las sedes más modernas de la época. Sin embargo, informes posteriores revelaron que el caso de los Juegos de 1964 no fue muy diferente a los de muchos otros en cuanto al impacto negativo que las necesidades estructurales tuvieron en las clases bajas, especialmente en las zonas urbanas, algo que se mantiene como uno de los grandes puntos negativos a la hora de acoger un Juego Olímpico.

Así, diecinueve años después de la Segunda Guerra Mundial, el país del Sol Naciente se había transformado en un Estado reconstruido y con nuevas esperanzas, listo para demostrar al mundo su capacidad en la mayor comparecencia pública a la que podían haber asistido nunca.

Años antes de la cita Olímpica, en 1949, la Dieta de Japón -la asamblea del Estado, órgano máximo de poder del Estado- resolvió promover la actividad física en todo el país. La medida fue apoyada fervientemente por todas las aristas del espectro político ya que era vista como una oportunidad de vincular las políticas públicas del país con las características amistosas y pacíficas del deporte y del Olimpismo.

Unos tres años más tarde, la Ocupación Aliada de Japón llega a su fin en 1952, año en el que se produce la primera solicitud del país asiático para acoger unos Juegos Olímpicos, y es también el año en el que el país puja por ingresar a las Naciones Unidas, algo que consiguió finalmente en 1956.

Pero no fue hasta la llegada del internacional, pacífico y lúdico Movimiento Olímpico a suelo japonés que el país tuvo una verdadera oportunidad de mostrar al mundo una cara diferente.

Solo siete años después de la salida definitiva de los Aliados, Tokio ganó la concesión de los Juegos en 1959 por encima de las ciudades de Detroit, Viena y Bruselas tras haber sido despojada de la designación de los Juegos de 1940 debido al desarrollo de la Guerra Sino-Japonesa entre China y Japón. Aquella edición, posteriormente concedida a Helsinki, se vería finalmente cancelada ante la imparable avanzada de hechos que terminarían desembocando en la Segunda Guerra Mundial.

¡Qué comiencen los Juegos!

En cuanto a la ceremonia de inauguración, la exclusión de exhibiciones culturales referentes al pasado imperial fue capital. El acto fue protagonizado por referencias culturales tradicionales de corte no bélico, algo que, por supuesto, no quiere decir que el patriotismo y el nacionalismo no hayan hecho presencia.

Pero el soft power y la diplomacia deportiva en su máxima expresión llegaron con el hecho más importante de toda la previa a la competencia simbólicamente hablando.

Durante el último tramo del traslado de la antorcha Olímpica desde Atenas hasta Tokio, ya en el Estadio Nacional, la figura de un jovencito de 19 años asomó entre una de las puertas de ingreso a la pista. Se trataba de Sakai Yoshinori, un estudiante y atleta de la Universidad de Waseda. Sakai había participado de los clasificatorios nacionales para disputar las pruebas olímpicas representando a su país, quedándose a las puertas de superar el corte final.

Sin embargo, mientras el joven se encontraba en su casa, una carta emitida desde la misma universidad contenía un mensaje movilizador que decía: ¨has sido elegido para portar la antorcha olímpica¨. Hasta aquí, una historia más que importante para un joven estudiante, pero con el tiempo, se supo que Sakai había nacido en la ciudad de Sanji, el 6 de agosto de 1945, a escasos kilómetros de Hiroshima. El chico había nacido el mismo día del bombardeo nuclear.

Aunque negado por miembros del Comité y de la Organización de los Juegos, a ojos de la prensa y el mundo, no había dudas de que la elección de este muchacho se debió a su lugar de origen y a lo que su presencia en aquella ceremonia representaba. El renacer de toda una nación se vio recayó en la performance simbólica de un delgado jovencito que tuvo la suerte de nacer a unos kilómetros del lugar donde el horror y la muerte arrasó con todo lo que se encontró a su paso aquella mañana del 6 de agosto de 1945.

Nadie mira en vivo la ceremonia de aceptación de un país a un organismo internacional o la firma de un tratado de libre comercio con una potencia mundial, pero lo que verdaderamente despierta el interés público y, sobre todo, global, son los Juegos Olímpicos, el evento deportivo por excelencia, uno cargado de simbolismo, entretenimiento y competición. La estrategia japonesa no habría podido ser mejor.

Entre los resultados más destacados que ofreció el evento, el próximo a convertirse en uno de los más famosos boxeadores de la historia, Joe Frazier, consiguió el oro en la categoría de pesos pesados, mientras que las calles de Tokio presenciaron por primera vez un bicampeonato en la prueba del maratón cuando el etíope Abebe Bikila cruzó la línea de meta instalada en el Estadio Nacional ante la mirada de un público estupefacto. Sin embargo, la historia más laureada de aquellos Juegos fue la protagonizada por la soviética Larisa Latynina, quien en territorio japonés llegó a la titánica cifra de dieciocho medallas olímpicas producto de una carrera que había iniciado en Melbourne en 1956, récord que mantuvo hasta el 2012, hasta que otra máquina de cosechar oros llamada Michael Phelps se lo arrebató.

Las competencias de voleibol femenino y judo debutaron en aquellos Juegos, con un gran interés por parte del Comité Organizador por razones obvias: en el primer deporte, las japonesas eran un equipo top mundial, verdaderas dominadoras del deporte junto a la Unión Soviética, habiendo obtenido el subcampeonato en el mundial de 1960 y habiendo vencido en la edición de 1962, mientras el segundo era considerado uno de los deportes con más arraigo en el país. La final de aquel torneo de voley fue transmitida en vivo a toda la nación, enganchando a millones de espectadores que apoyaban desde sus casas a una selección japonesa que consiguió en aquella final el hito más importante de la delegación local en esos Juegos, que sorprendió con un sólido tercer puesto en el medallero producto de 29 medallas, 8 bronces, 5 platas y 16 oros.

http://https://www.youtube.com/watch?v=coM7vkwh3js

 

Los Juegos de la amabilidad

Así fueron transmitidos estos Juegos según el punto de vista de los reporteros que asistieron al evento. El New York Times supo publicar a través de Robert Trumbull que ¨los Juegos en Tokio promueven una imagen amistosa del país…por medio de simples pero características acciones, los japoneses ordinarios están ayudando a proyectar la imagen amistosa por la que Japón ha estado anhelando desde la Segunda Guerra Mundial. Desde este punto de vista, los Juegos de Tokio han sido, indudablemente, un gran éxito para Japón¨

Los británicos, por su parte, se centraron en remarcar que la cita sería recordada como los Juegos de ¨ciencia ficción…con una única cobertura del maratón provista por 70 cámaras¨. Los estadios, las estructuras en general y la atención del público se habían robado las miradas de los asistentes. La imagen del Japón que había dejado atrás el imperialismo para ir en búsqueda de un futuro de cooperación y diálogo ya había calado hondo en los pensamientos del mundo.

Por otro lado, los Juegos sirvieron también como una oportunidad para democratizar y globalizar realmente el Movimiento Olímpico llegando a Asia por primera vez y para agigantar la creencia de que el olimpismo puede ser utilizado como terreno para comunicar en términos de las relaciones internacionales de los países participantes. Fue una vidriera al mundo, en el que se pudo ver una occidentalización de la nación que, con su cambio de imagen, el crecimiento económico, y sus políticas tendientes a alinearse con occidente -EEUU-, pusieron a Japón en una posición de privilegio ante el resto del continente. Fue el inicio de la reaceptación de un país por la comunidad internacional, algo para lo que el intercambio cultural permitido por la cita Olímpica fue fundamental.

Los Juegos del 64´ serán recordados como los primeros que se desarrollaron en Asia y como los Juegos en los que las innovaciones tecnológicas tomaron la posta en cuanto a lo relacionado a la organización y transmisión del evento. Pero, del mismo modo, cuando se piense sobre los primeros Juegos realizados en Tokio, se deberá pensar en ellos como la puesta en escena de un plan maestro de renovación de un Estado, con el que un país entero comenzó la transición entre uno marcado por la pobreza tras posguerra, a una pacífica potencia económica y tecnológica en desarrollo, todo ello mientras guiñaba un ojo al lado occidental del planeta.

Fuentes: The International History Review, The International Journal of the History of Sport, Japan Times, About Japan, Wall Street Journal, Olympic.org, History.

Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Convencido de que el deporte es cultura.

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