viernes, 10 julio, 2020
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Supongo que las primeras veces nunca se olvidan. El primer amor, el primer beso, el primer día de colegio o la primera vez que ves a tu equipo de fútbol en el campo. La primera vez, qué sensación más extraña. Todos estos recuerdos mirados con el paso del tiempo quedan guardados con cariño en nuestra memoria. Sin embargo, aunque a menudo solemos olvidar las cosas malas y quedarnos solo con lo bueno, yo no olvidaré nunca la primera vez que oí un insulto racista. Tenía solo siete años y casualmente sucedió la primera vez que pisaba un estadio de fútbol. 

El 9 de febrero de 2003, en el Estadio de Vallecas, se jugó la vigésimo primera jornada de la Liga de Fútbol Profesional española. Por aquel entonces, el campo del Rayo Vallecano todavía se llamaba Teresa Rivero y tenía aquellas peligrosísimas vallas alrededor del terreno de juego. El partido enfrentaba al Rayo, ya en puestos de descenso y que venía de encadenar tres derrotas consecutivas en casa, y al Málaga C.F, que estaba en una cómoda novena posición. A priori, era un partido que prometía poco fútbol, juego duro y en el que los locales luchaban por mantenerse a flote en una liga que les había sentenciado ya en la jornada decimoquinta al descenso. 

Aquella temporada 2002/2003, fue la del incansable goleador Roy Makaay y su EuroDepor, el debut de Fernando Torres en la máxima competición española, o la histórica cabeza de cochinillo lanzada a Figo en su vuelta al Camp Nou.  La liga la ganó un Real Madrid plagado de estrellas, en un larguísimo pulso contra una Real Sociedad de ensueño con el jovencísimo Xabi Alonso como estandarte, y la imparable dupla Nihat-Kovacevic. A pesar de perder el liderato a falta de dos jornadas para acabar la liga, los txuri-urdin no olvidarán el 4-2 en Anoeta que endosaron a los galácticos. 

Sin embargo, a pesar de todo esto, aquella temporada la recordaré por ser la primera vez que escuché cómo insultaban a un jugador por su color de piel. Fue a Darío Silva, un delantero uruguayo del Málaga que llevaba un polémico peinado rubio platino y al que la grada no dejó respirar ni un solo segundo en todo el partido. Ya durante el calentamiento, el señor que tenía al lado, megáfono en mano, no paró de repetir incansable “la puta rubia”,  y no fue hasta el minuto 85 cuando entendí a qué se refería. 

Darío Silva en un encuentro con el Málaga (Foto: La Liga)

El Rayo ganaba 2-0, y Darío Silva con un limpísimo tiro de falta puso emoción a falta de cinco para el final, a un partido aburridísimo de patadón arriba, constantes interrupciones, golpes durísimos y poco juego en ambos lados. Con el gol del uruguayo, el aficionado que estaba a mi lado y que no había dejado de repetir eso de “puta rubia”, rompió a vociferar cientos de insultos que giraban en torno a tres ideas; la dudosa reputación de la madre de Darío Silva, el polémico pelo de Darío Silva, y por último; el color de piel de Darío Silva. Esto último se me quedó grabado en la memoria, y a partir de entonces, el uruguayo se convirtió en un ídolo de mi infancia. Por primera vez, fui testigo de un hecho demasiado frecuente en el mundo del fútbol. Un racismo, que incluso todavía hoy sigue latente. 

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Quizá el episodio más reciente es el de Moussa Marega, jugador de origen franco-maliense y delantero del Oporto, que en mitad de un partido de la liga portuguesa el pasado febrero, decidió abandonar el terreno de juego harto de escuchar los insultos racistas de la afición. Marega dijo basta y pidió el cambio cansado de soportar las vejaciones por su color de piel. A medida que se dirigía al túnel de vestuarios, sus compañeros y rivales intentaron por todos los medios convencerle de que siguiera jugando, pero sin éxito. Antes de abandonar el campo, el delantero del Oporto se encaró a la grada, hizo un gesto de desaprobación con el pulgar hacia abajo y recibió una tarjeta amarilla. Nadie se solidarizó con él. Nadie pidió que se detuviera el partido. 

Hace algunos años sucedió lo contrario en un partido de la Serie B italiana. En el encuentro entre el Terni y el Treviso de la temporada 2000/2001, debutaba en las filas del Treviso el jugador nigeriano Akeem Omolade con apenas dieciocho años. Omolade, saltó al campo en el minuto 68 de partido para intentar ayudar a su equipo a levantar un 2-1 en contra que les empujaba todavía más al abismo del descenso. Nada más pisar el terreno de juego, una pitada monumental acompañada de gritos imitando a un simio sacudió la grada visitante. Los propios aficionados del Treviso, los tifosi biancocelesti, mostraban así su odio hacia el joven jugador nigeriano. Pero no solo eso, acto seguido, plegaron las pancartas y abandonaron el estadio en un gesto de desaprobación lamentable. 

En la jornada siguiente, el Treviso se enfrentaba el Génova en casa, y los jugadores locales, en solidaridad con su compañero, aparecieron todos con las caras pintadas de negro. En aquel partido, el joven Akeem Omolade puso por delante a los suyos con un gol de cabeza en el minuto 86 y corrió a abrazarse con todos sus compañeros en una piña. La afición local esta vez, que había recibido a Omolade con aplausos al entrar en el campo, celebró efusivamente el gol del nigeriano. Todavía había esperanzas de que el Treviso, en una situación crítica en la clasificación, se plantara en la última jornada de liga con posibilidades de salvarse.

Sin embargo, el fútbol es caprichoso y a pesar de aquel gol de Omolade en el 86, el Génova empataría más tarde en el 90, por medio del delantero Marco Carparelli. La alegría local solo duró cuatro minutos, y el Treviso quedaba así condenado al pozo de la Serie C. El alcalde de la localidad italiana de Treviso, Giancarlo Gentilini, del partido de extrema derecha Liga Norte, después del encuentro dijo refiriéndose al gesto de los jugadores al pintarse las caras; ‘Han elegido el color adecuado, el negro de la vergüenza, la vergüenza del descenso a tercera división’.

Jugadores del Treviso en el partido ante el Génova en 2001. (Foto: Tribuna Treviso)

En el libro Los Hijos de los Días, el escritor uruguayo Eduardo Galeano recuerda esta historia de Omolade con el título Todos somos tú. El gesto de solidaridad de los jugadores del Treviso no pasaría desapercibido. El otro genio uruguayo, mi ídolo de la infancia Darío Silva, deambuló por diferentes equipos de Europa, tuvo un grave accidente de tráfico en Montevideo, y ahora trabaja como camarero en una pizzería en Málaga, la ciudad donde deslumbró con su fútbol. Al final de aquella temporada 2002/2003, el Rayo Vallecano descendió a Segunda División y no sería hasta ocho años más tarde cuando regresaría a la máxima competición española.

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Probablemente, Akeem Omolade no olvidará nunca su primera vez como futbolista profesional en un estadio de fútbol, como tampoco olvidará los insultos racistas que recibió aquel día. Probablemente, el tiempo de paso a otros recuerdos más bonitos, y aunque no se borre de la memoria colectiva los lamentables sucesos racistas de aquel partido contra el Treni, sin duda, Omolade no olvidará nunca su primer gol a nivel profesional.  Aquel gol, que hizo que durante cuatro minutos nadie reparara en el color de piel del nigeriano, y durante los cuales, los aficionados y jugadores del Treviso soñaron con la ansiada salvación.

Fuentes: El País, Eduardo Galeano, Los hijos de los días. Todos somos tú, AS, besoccer, libcom.org.

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Lucas García Alcalde
Nació en Ovalle (Chile) en 1996. Muy joven decidió ser viajero como quien decide ser oficinista. De Buenaventura a Oslo, de Barcelona a Quito, de la selva amazónica al desierto de los saharauis, recorrió casi todos los territorios posibles de la geografía y las utopías. Y mientras viajaba, escribía. Nunca publicó un libro, ni tampoco ganó un premio.

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