miércoles, 30 septiembre, 2020
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Nota publicada previamente en el sitio Box to Box

 

Es 1994 y el West Ham se alista para disputar un partido de pretemporada ante el Oxford United de sexta división inglesa. Las butacas del humilde Marsh Lane presentan un aforo completo y los 2.000 espectadores presentes se preparan para aguantar durante los 90 minutos las inclemencias del clima en el territorio británico. Césped húmedo, poca respiración y protocolo futbolístico en demasía, típico de época postvacacional pese al verano europeo. Justamente, en las tribunas improvisadas, o más bien a ras de campo, se encuentra Steve Davies, un problemático hincha Hammer que tiene como único objetivo sacar de quicio al delantero Lee Chapman, que apenas marcó 11 goles en 39 partidos de la más reciente campaña y a su entrenador, Harry Redknapp, hombre que se estrena como técnico en propiedad luego de la destitución de Billy Bonds y un crítico puesto 13 en la Premier League.

El juego se presenta físico y aguerrido, y varios futbolistas del West Ham no aguantan el exceso de patadas que les proporciona un orgulloso Oxford United que ya va en desventaja. Incluso, Chapman es uno de esos que descarta salir a la segunda mitad, con molestias y prevención por la nueva temporada que se avecina, esa misma de 1994-95 en la que no marcaría un solo gol oficial, enterrando sus posibilidades en Boleyn Ground.

“¿Crees que puedes hacerlo mejor que Chapman?”, le pregunta el excéntrico entrenador Redknapp al desconocido fanático que se esconde tras su exceso de prendas para controlar la temperatura y que se vuelve inaguantable desde su rol como espectador. El acoso futbolístico se convierte en persistencia y El Mago Harry hace honor a su apodo ya patentado desde la época en que jugaba como profesional para el Bournemouth. Es la primera locura que realiza en su ciclo como estratega con menos de un mes en el cargo, y ni la cordura de Frank Lampard padre (su asistente técnico) puede contenerlo en su intención de hacer ingresar al hostil barra brava y no arriesgar más a su muchachada de élite.

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“Por supuesto que sí”, responde el ‘hooligan’ convencido de que puede mostrar su mejor nivel. Su camino hacia los vestidores se convierte en un túnel de los sueños y preguntas sin respuestas para alguien que competirá cara a cara con sus ídolos; Clive Allen, Dale Gordon y Alvin Martin. No hay tiempo para dudas, tiene que ponerse la sagrada camiseta de su equipo y los botines que se ajusten a su pie debutante. Calcetines hasta la rodilla y el número tres en su dorsal, elongación apresurada e indicaciones tácticas que para cualquier occidental parecen dichas en una lengua autóctona de Oceanía, asentando con la cabeza para mostrar conocimiento sobre el campo.

Con la indumentaria ya incorporada en su gélido cuerpo,  Steve Davis deja de existir y pasa a llamarse Tittyshev, un supuesto jugador búlgaro que disputó la Copa Mundial de 1994 y que llegó hasta la semifinal. Claro está, solo es un producto imaginario del estratega Redknapp, que responde apresurado a los incrédulos aficionados que no conocen al flácido talento que acaba de entrar a ocupar la posición de goleador. Ni la voz oficial del estadio sabe cómo pronunciar el rebuscado apellido balcánico del nuevo fichaje que más allá de ser figura es una estafa bien montada.

Davies, el real, tiene 40 minutos para vivir su sueño y convertirse en leyenda, así sea mientras inicia la temporada liguera. “Solía jugar de defensa, pero una vez que iba a jugar con el West Ham dije que de delantero”, cuenta el histórico Tittyshev. Y no lo hizo mal. Para el minuto 70, el inexperimentado jugador recibe el balón dentro del área, producto de un movimiento inocente que resulta productivo, afina su puntería mientras su alrededor se detiene y marca un gol que celebra como si su vida fuera a acabarse dentro de poco; salta sobre la tribuna y festeja como cuando lo hacía con Bulgaria en la cita orbital de Estados Unidos. La euforia se apodera de él y de sus antiguos colegas en la tribuna, las cámaras de los citadinos lo enfocan como el centro de todo y su amado West Ham sube en el marcador. Pero falta algo, ninguno de sus momentáneos compañeros de equipo se lanza para compartir el festejo y el balón aún no se dirige de bote en bote hacia mitad de terreno.

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Anulado. ¡El gol de Tittyshev fue anulado!

La incredulidad fue tanta, que Davies, en una realidad mentirosa, olvidó por completo que en el profesionalismo se compite con fueras de juego y de la existencia de un vigilante acérrimo con un banderín de colores como principal arma de combate. La mano arriba es suficiente para descartar el final mismo de una jugada que puede llegar a ser hermosa en algunos casos y que la vida, a diferencia de convertir gol, es no recibirlo pese al ingreso ilegal de la pelota en la red.

Los minutos restantes fueron de vergüenza y sentimientos encontrados. Por más que Tittyshev quisiera esconderse y volver al anonimato, el compromiso ya lo había adquirido, con Harry Redknapp, Frank Lampard padre, sus hinchas y consigo mismo. Celebrar un gol anulado no es tan importante realmente, pero hay que incorporarse rápido a la cruel realidad.

Han pasado 26 años, y Steve Davis no pudo evitar el puesto 14 de West Ham en aquella temporada cerca del descenso. Tampoco volvió a ser convocado imaginariamente por la selección búlgara, pero tiene en su memoria, intacta, cómo a los nueve años de edad nació su amor por el West Ham United, viéndolo campeón en 1975 de la FA Cup y jurándole amor para toda la vida, al punto de saltar al campo y jugar, literalmente, por los que no lo hicieron con honor como el mítico y poco trascendental Lee Chapman.

 

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