miércoles, 5 junio, 2019
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Ninguno de los 14.253 espectadores que acudieron aquella noche del 19 de marzo de 1966 al Cole Fieldhouse de Maryland para presenciar la final del campeonato universitario de básquetbol masculino supo lo que estaba aconteciendo mientras lo presenciaban con sus propios ojos. Cuando el árbitro marcó el final del partido que vio como una pequeña institución de la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, vencía a la todopoderosa Kentucky comandada por uno de los entrenadores universitarios más laureados de la historia como Adolph Rupp (cuatro títulos), se supo que Texas Western había hecho historia como la primer universidad oriunda del Estado de Texas en levantar el título nacional. Sin embargo, la historia de aquel equipo y lo que aquel partido significó a posteriori sería mucho más profunda, y fue el tiempo el que se encargó de dotar a aquel cotejo de su correcta y merecida narrativa.  

Donald Lee Haskins comenzó entrenando basquetbol de secundaria en categorías masculinas y femeninas en el Estado de Texas a mediados de los años 50, luego de haber jugado para la Universidad de Oklahoma A&M (Ahora Oklahoma State), donde fue entrenado y educado bajo los términos y el estilo de uno de los entrenadores de mayor renombre a nivel colegial, el temperamental Henry Iba.

Impartiendo disciplina y su característico estilo de baloncesto defensivo que bien había aprendido durante sus años como jugador, Haskins transcurrió sus primeros años como coach en pequeños gimnasios en el cálido desierto sureño hasta que en 1961, una llamada cambiaría el curso de su vida. Su oportunidad de dirigir a un equipo de baloncesto universitario en la División 1, la máxima categoría a nivel colegial del país, había llegado.

La institución oferente era una pequeña escuela pública en la ciudad fronteriza de El Paso, en donde el sol quemaba en verano y la quietud del desierto envolvía las noches de un silencio sepulcral, en una localidad que por aquella época no llegaba a los 300.000 habitantes.

Para algunos, El Paso podría carecer de incentivo alguno para trabajar allí, en una escuela que disponía de un escaso presupuesto y que asomaba como una cenicienta en medio de grandes programas con historia y tradición, situada además en un Estado que, incluso a día de hoy, tiene inculcado en sus raíces al fútbol americano como el deporte cultural por excelencia.

Para algunos podría haber sido una oferta perfectamente rechazable, pero no para el “Oso” Haskins, quien con la presencia y el carisma que le daban nombre a su apodo, puso un pie en las instalaciones de la universidad para iniciar un camino que ni él mismo ni la comunidad del El Paso imaginaron posible. Los Mineros de Texas Western tenían nuevo guía.

 

Los primeros pasos

Luego de la llegada de Haskins a Texas Western, en su primera temporada los Mineros terminaron el curso 1961-1962 con un récord de 18-6, en contraste con el 12-12 de la temporada anterior. En la segunda, alcanzaron un récord similar de 19-7 y con ello vino su primera participación en el campeonato nacional. En su tercer temporada, el récord volvió a ser mejor que el anterior y llegaron hasta las 25 victorias, entrando nuevamente al torneo y llegando a la fase regional. Finalmente, en la temporada 64-65, Texas Western tuvo una participación exitosa de 16 victorias y 9 derrotas, que si bien no alcanzó para entrar al torneo principal, les valió para recibir una invitación al segundo torneo de postemporada en importancia a nivel universitario, el NIT (Torneo Nacional de Invitación), al que clasifican aquellos equipos que se quedan a las puertas del torneo nacional por excelencia.

Viendo los resultados que Haskins logró con el equipo durante sus primeras cuatro temporadas, no fue sorpresa que a la temporada siguiente los Mineros tuvieran un arranque a tono durante las primeras jornadas. Lo que si no estaba en los planes de nadie era que, previo al último partido de fase regular de la temporada, Texas Western tuviera un récord de 28 victorias y ni una sola derrota, galardón más que suficiente para participar en su tercer torneo nacional en cinco temporadas. La marca negativa de dicha temporada regular llegó brevemente aquella tarde del 5 de marzo de 1966, cuando los Mineros perdieron su invicto en aquel último partido contra la Universidad de Seattle para terminar con un balance de 28-1 al ingresar a un nuevo torneo nacional.

Dos días después del partido contra Seattle, los Mineros enfrentaron a Oklahoma City en el primer partido del torneo por el título a partido único. El escenario fue demasiado para la Universidad de Oklahoma City, que pese a un buen primer tiempo, fueron derrotados por un 89-74 final.

El drama se apoderó de las dos siguientes rondas, en las que Texas Western venció a Cincinnati y a Kansas en tiempo extra, dos equipos que estaban ranqueados como número 7 y 4 del país respectivamente según los periodistas que cubrían el básquetbol colegial.

Superadas las tres primeras rondas, la Universidad Tejana estableció su nombre entre los cuatro mejores del país y se disponía a participar del Final Four a desarrollarse en Maryland. Utah fue el equipo a enfrentar en aquella instancia, que contaba con Jerry Chambers, el jugador que luego del torneo fue reconocido como el mejor del certamen. Un ajustado 85-78 envió a la Universidad de Texas Western a la final universitaria, escapando por poco de la brutal actuación de Chambers, que consiguió nada menos que 38 puntos.

Kentucky, número uno de la nación, esperaba en la final luego de haber vencido a la Universidad de Duke en la otra semifinal. Texas Western, luego de las victorias ante universidades consagradas como Kansas y Utah, llegaba al cotejo final como el número 3, siendo el mejor equipo rebotero del país.

 

El partido que cambió la historia

Al momento de dar las alineaciones, la megafonía de un Cole Fieldhouse de Maryland lleno recitaba los nombres de los jugadores que saltarían a pista: Dampier, Riley, Conley, Kron y Jaracz por Kentucky, todos blancos. Del otro lado: Joe Hill, Artis, Worsley, Lattin y Cager representando a Texas Western, todos afroamericanos. Era la primera vez que se daba una situación semejante en un partido definitorio del título nacional, los all-white de Kentucky contra los all-black de Texas Western darían comienzo a una final que iba a desatar un mensaje que pocos supieron ver en aquel momento.

El contexto social de aquellos años 60 estaba marcado por aires de cambio y de movimientos sociales en Estados Unidos, un país manchado por la cultura del racismo. Mientras en 1963 Martin Luther King dejaba para la historia el discurso ¨Yo tengo un sueño”, en 1964 se establecía el Acta de los Derechos Civiles que prohibió la discriminación basada en raza, color, religión, sexo u origen, la segregación racial en las escuelas, los puestos de trabajo y los espacios públicos.

Lentamente, las marcas del racismo, visibles en los autobuses, baños, restaurantes, y en todos los espacios públicos, irían desapareciendo, pero el hecho de que se prohibiera la práctica de segregación racial, no obligaba a nadie a trabajar por la inclusión de los afroamericanos en los espacios de trabajo y en las escuelas, por lo que ese cambio llevaría mucho más tiempo en normalizarse.

Esa brecha cultural que existía y que fue modificándose luego del establecimiento del Acta del 64 tenía, por supuesto, un lugar en el deporte, ejemplificado en el estereotipo del deporte de la canasta, en donde se entendía al jugador afroamericano como un elemento atlético del juego, capaz de finalizar jugadas y realizar movimientos en la pista que los blancos no podían ejecutar.

Haciendo uso de sus capacidades atléticas, su juego se caracterizaba por la potencia y el desparpajo, con los Harlem Globetrotters siendo, quizás, el mejor y más extremo reflejo de aquel estilo llamado nigger ball, de características físicas y de acciones propias de un espectáculo y no de un deporte en el que predominaban la sobriedad de los pases al pecho y la frialdad de los movimientos tácticos que los entrenadores promovían desde la pizarra.

El estereotipo relacionado a los blancos, por otro lado, los destacaba como jugadores cerebrales, capaces de llevar el control del partido y de las jugadas, y capaces de mantener al equipo organizado, algo que no se atribuía a los jugadores negros. Se creía que cierto estilo de juego caracterizaba a cada color de piel, por lo que era necesario poner en cancha a jugadores blancos que fueran la cabeza del equipo, en puestos de base o escolta, y relegar la figura de los jugadores afroamericanos para la parte atlética y física.

Por aquellos años, las escuelas del sur de los Estados Unidos continuaban siendo, en su mayoría, exclusivas para los estudiantes blancos, y aquello se trasladaba a los equipos que representaban a las instituciones bajo la competencia de la NCAA (Asociación Atlética Nacional Colegial, por sus siglas en inglés), al punto de que la Southern Conference, una de las más poderosas del ámbito colegial y la conferencia top del sur, todavía no había visto a un basquetbolista afroamericano transpirar la camiseta de alguno de sus equipos para el año 1966.

Comenzada la final, David Lattin, un poderoso y corpulento pívot que venía dominando en la pintura durante todo el torneo, encaró hacia el aro luego de recibir un pase de Bobby Joe Hill y arrojó el balón con furia contra el canasto para asombro de su marcador, que sólo pudo atinar a girarse para contemplar de primera mano semejante mensaje, marcando sin lugar a dudas la tónica del partido.

Poco tiempo después, Kentucky logró ponerse arriba en el marcador por unos segundos, para ver como su efímero liderato se esfumaba luego de que Bobby Joe Hill, el base y jugador estrella del equipo tejano, realizara dos robos de balón consecutivos que luego convertiría en una seguidilla de cuatro puntos.

Kentucky no volvería a ver su nombre por delante en el marcador en toda la noche, terminando el primer tiempo tres puntos por detrás de Texas Western. El segundo tiempo continuó de la misma manera: Kentucky se encontraba maniatado, encadenado a un poste, acercándose a su presa pero sin poder tocarla. El control del juego siempre estuvo en manos de los Mineros, que veían como el marcador dictaminó el final de un partido para la historia, 72-65, y el primer campeonato para el Estado de Texas en basquetbol.

 

El proceso de integración racial

Durante aquellos años de integración forzosa, algunas universidades daban ingreso a un limitado número de jugadores negros mientras que otras, especialmente las del sur, se negaban a incluir a dichos jugadores en sus filas. Existía también una regla no escrita que se aplicaba según la necesidad y el contexto del partido: se podía jugar con dos afroamericanos en casa, tres de visitante, y cuatro sí ibas perdiendo, ¿pero jugar con cinco? No, nunca con cinco.

Si bien existieron casos relativamente recientes de equipos que habían definido el título con varios jugadores afroamericanos en cancha, como los de Cincinnati en 1962 y Loyola-Chicago en 1963, que salieron a pista con cuatro jugadores de color en sus respectivas finales, no sería hasta 1966 cuando Haskins decidió no solo titularizar a cinco jugadores de color, si no poner en pista a siete jugadores afroamericanos y a ningún jugador blanco.

Aquella barrera finalmente se rompió, no por ser la primera vez que el Oso titularizaba a cinco afroamericanos -ya lo había hecho en ocasiones durante la temporada regular-, sino por el hecho de haberlo hecho en el partido final.

Willie Worsley, Orsten Artis, Bobby Joe Hill, David Lattin y Willie Cager salieron como titulares y Harry Flournoy y Nevil Shed desde el banco, totalizando de esta manera los siete jugadores afroamericanos que tuvieron la responsabilidad de llevar a una universidad a levantar un título nacional por primera vez en la historia.

Durante mucho tiempo se pensó que aquella decisión tomada por el entrenador Haskins tuvo que ver con los tiempos que corrían, que el poner a jugar a siete basquetbolistas afroamericanos y prescindir de los otros cuatro jugadores se trataba de un mensaje que el coach quiso emitir a través del baloncesto. Tiempo después, cuando el marco social que tuvo el juego y lo que significó para la comunidad afroamericana comenzó a ser vox populi, en particular gracias a diferentes artículos que conmemoraron la gesta y a una película que Disney estrenó en el 2006, llamada Glory Road, el propio Haskins declararía que ¨sólo estaba utilizando a mis mejores jugadores¨ desterrando cualquier creencia de que el color de piel de los jugadores jugó un papel en su decisión.

Pat Riley, excéntrica figura de la NBA y jugador de Kentucky en aquella final, también desvió el asunto mencionando que aquello no había pasado por su mente, y que no se había hecho mención a tal cosa durante la charla previa al encuentro.

 

La apertura

Mientras más tiempo pasaba y los años hacían que aquella final quedara en el recuerdo, más se hablaba del contexto racial que había englobado aquel partido y los años posteriores al mismo. Al momento del partido, aquella no fue la narrativa predominante, algo reconocido por los mismos jugadores de uno y otro equipo. La gente que acudió esa noche tampoco parecía ser consciente de lo que ocurría, y aunque sí es cierto que se pudo ver una bandera confederada ondeando en las tribunas, la raza no tuvo esa importancia que luego se ganaría con el paso de los años.

El partido fue un motor de cambio para la inclusión de los afroamericanos en el deporte y, por ende, al recibir y poner en pista a jugadores afroamericanos, las puertas también se abrieron para los aquellos estudiantes que antes estaban destinados a estudiar en pequeñas universidades para personas de color, perdiendo oportunidades de ir a universidades más grandes y reconocidas.

Lo que aquel partido hizo por los derechos civiles en Estados Unidos, y particularmente por la evolución del juego, sería reconocido al pasar el tiempo. Luego de aquella temporada, la siguiente marcaría un profundo cambio en la conformación de los equipos, agregando jugadores afroamericanos en cada una de sus plantillas con mayor normalidad año a año.

Aquellas escuelas que hasta esa temporada se habían negado ante la inclusión de jugadores afroamericanos habían entendido que, sin un cambio con respecto a la selección y el reclutamiento de jugadores, en poco tiempo ninguna universidad que no incluyera jugadores afroamericanos podría optar al título.

Fue la victoria de los negros sobre los blancos, la prueba máxima de que la capacidad de jugar al básquetbol y de ganar no se encontraba en el tono de piel, sino en la capacidad de un equipo de jugar mejor que su rival, independientemente de su apariencia física.

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Enzo Del Llano
Periodista. De Córdoba, Argentina. Convencido de que el deporte es cultura. Hincha del fútbol modesto y del básquetbol en todas sus formas. Estuve en Canadá y también me enamoré del hockey sobre hielo. Creo que la calidad debe ser más importante que la primicia, ese debe ser el camino.

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