lunes, 2 agosto, 2021
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Por Alfredo León

Hay sucesos que te golpean, que te hacen temblar y reflexionar de forma profunda. Mi “primer día de EURO”, reconozco que no con tanta ilusión que en antañas ocasiones, no creía que me iba a colocar en esa tesitura de pensar cómo a veces olvidamos la realidad entre las bambalinas de nuestros propios momentos irrelevantes. Vivimos con una descompensación ilógica, muchas veces apresurados, otras muchas viendo pasar el tiempo y las arrugas; nos pasa siempre.

Parece que tiene que venir un huracán de frente para abrirnos los ojos, para enfrentarnos a la vida sin maquillajes, aunque por desgracia luego eso solo nos dura varias horas, o algunos días a lo sumo.

Lo cierto es que cuando viene, nos pone en el brete de una reflexión profunda, que en ocasiones nos vale para pararnos a valorar lo que ni siquiera consideramos tangible.

Muchas veces es al propio fútbol al que dedicamos pasiones que sobrepasan la relevancia de la realidad, convertimos el deporte en ficción, vemos a los futbolistas como superhéroes, como referentes de algo realmente banal, intrascendente. Por eso cuando Christian Eriksen se desplomó en el césped del Parken de Copenhague, volvimos de un golpe a recordar que la ficción tiene tanto de realidad como los suspiros que, como bocanadas, queríamos insuflarle todos a Christian desde el salón de nuestras casas. 

 

 

Esos diez minutos se nos hicieron tan eternos, que con el temblor y el disgusto que nos atenazó cuerpo y mente volvimos a chocarnos de frente con esa necesidad de reflexión que forzosamente nos instala todos estos momentos de angustia. 

Volvimos a ver con transparencia que el fútbol es un juego, que levanta pasiones, sentimientos y emociones, por supuesto, – todo lo visto ayer con unos aficionados escrupulosamente respetuosos, o con la actuación de unos compañeros que demostraron tener una humanidad y un sentimiento de unión fuera de la normalidad, y que a muchos nos humedecieron las mejillas, fue un ejemplo tremendo de ello – pero que entre las maniobras de los médicos que acontecían en el césped y los sentimientos que el fútbol destila, uno se da cuenta de que lo segundo no estará jamás al nivel de lo primero.

“Parece que tiene que venir un huracán de frente para abrirnos los ojos, para enfrentarnos a la vida sin maquillajes, aunque por desgracia luego eso solo nos dure varias horas, o algunos días a lo sumo”

Las reflexiones que nos dejó ese momento han de ser profundas, y hay que intentar que nos duren más allá del susto, o de las consecuencias. Una de ellas debe ser el valor que hay que atesorar al personal médico y sanitario, que bajo ningún concepto puede estar concebido por debajo de ningún futbolista en el mundo. Ni en relevancia, ni en remuneración, ni en la percepción social. 

Otra es que la vida se nos puede escapar de los dedos a cualquiera, da igual si eres rico, pobre, deportista o ingeniero. Tenemos ejemplos diarios de ello, pero cuando ocurre en un contexto tan mediático como el fútbol, y a un deportista aparentemente tan sano y apto físicamente, parece que el choque de realidad es más duro. Es un drama, pero no es ficción, ni exageración. 

 

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Que esos suspiros de realidad que todos dimos durante más de diez minutos con Eriksen nos sirvan para, de verdad, valorar lo importante; el tiempo, los momentos, las personas, los amigos, la familia. Que esos diez minutos se multipliquen para elevar el valor de quienes nos regalan sus sentimientos, sus emociones, su presencia, su esfuerzo. Y que nos ayuden a mantener la perspectiva y a tener bien claro que dentro de la ficción que nosotros mismos creamos, siempre hay que darle importancia primero a su parte de realidad.

 

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