domingo, 28 julio, 2019
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El aire transcurre, frío, húmedo. Un bullicioso grupo de personas atraviesa el mismo con suma prisa, esperanzadas de ver algo grande, único. Traspasan el umbral de la puerta y se disponen a ponerse cómodos. Un cartel de madera, viejo e inútilmente lavado, les da la bienvenida. De Volea, el nombre del lugar, tan futbolero y evocador de grandes momentos en la historia del deporte más lindo del mundo.

Una sensación de inquietud reinaba en el sitio, adornado con la típica pinta de pub que tanto gusta en las Islas y con el poco sutil ruido que emanaba de decenas de fanáticos, hipnotizados ante un par de pantallas colocadas a lo largo del lugar.

Daba la impresión que nadie pensaba por sí mismo, sino como un conjunto de mentes que, al servicio de algo superior, coordinaban sus pensamientos en pos de lograr una especie de nirvana grupal. Bueno, en cierta forma no es tan distinto a lo que el fútbol puede lograr o conseguir. La ciencia ficción y el deporte no van tan separados que digamos; algunos locos, como su servidor, les puede causar placer tanto leer las cautivantes epopeyas futurísticas de Asimov como ver una jugada de Messi o un gol de Cristiano Ronaldo. Así estamos.

Pero no nos salgamos del tema. El viento arreciaba, golpeaba las ventanas de un modo que apenas lograba causar mella entre los habitantes temporales de aquel fortín. No totalmente tranquilos pero con la ayuda invaluable de una cerveza fría y alguna cosilla frita para pasar el rato, aguardaban los veinte minutos restantes.

Un chico, al que los demás miembros del grupo de personas que entró hace ya un rato llaman Dani, mueve la cabeza a ambos lados de forma constante; una especie de molesto tic que solo le parece suceder cuando el nerviosismo le embarga. Lo que no saben sus compañeros y los demás es que él no disfruta estar ahí. No en el sentido de como los demás lo entienden.

Todo ocurrió hace unos tres años. Si hacemos la regresión, nos encontramos con una soleada tarde sevillana. En los terrenos pertenecientes a las inferiores del Betis, un grupo de jóvenes pelotean sin aparente preocupación. Era mediados de semana y el sábado se venía el Derby, un partido que ambos equipos esperaban desde que comenzó temporada.

El técnico, al ver un dejo de relajación en su equipo, aúpa y grita para que aumenten la intensidad, la garra o algo a lo que algunos argentinos argumentan apelar cuando las piernas no dan. El delantero centro estrella, tras una pared con el habilidoso creador del equipo, define de forma magistral. Adentro y a cobrar. Todo es alegría. Ven la victoria del sábado cada vez más cerca.

Balón al centro, hora de reanudar la acción. Comienza a bajar el Sol y la acción prosigue. En un forcejea cerca de la línea de córner, el delantero pelea con el lateral por el dominio del esférico. Éste sale, como quién no quiere la cosa, por la línea de fondo. Saque de esquina.

El 10 y el 9 intercambian señas. Se conocen al dedillo, tal para cual. Ya habían sido protagonistas anteriormente y ahora, ante varios ojeadores de grandes equipos entre el público y que presenciaban aquel entreno, querían lucirse nuevamente.

El artillero, ni bien tocado el balón, optó por retrasar el mismo mientras se tocaba el pecho. Se lo tomaba con pesar ausente, los segundos parecían transcurrir en cámara lenta. El destino haciendo su jugada. Sus compañeros alcanzan a ver, escena a escena, como Daniel Mata cae apesadumbrado en el césped. Su corazón parece no resistir el esfuerzo.

Las semanas pasan, el tiempo transcurre y el chico mejora. Su salud se fortalece pero su espirítu no; no parece comprender las palabras que salen de la boca de su médico: “Ya no puedes volver a jugar fútbol. Tu corazón no resistirá el esfuerzo”.

El que llegó a promulgar la frase que indicaba que algunas palabras dolían más que las heridas físicas tenía, como diría mi abuelo, más razón que un santo. El mundo se le caía a Daniel, su vida y sus sueños.
El equipo juvenil al que pertenecía resintió, por el resto de la temporada, la baja de su goleador.

Perdieron de forma clamorosa ante su eterno rival Sevilla y el resto transcurrió en una serie de altos y bajos que terminaron de hundirlos. Pocos se salvaron, con la mirada triste de Dani observando todo desde casa. No quería ni ir a la cancha. A veces lo que podría traducirse de forma exterior como egoísmo, para nosotros es una mezcla de sentimientos que no podemos entender y mucho menos explicar.

Al año siguiente, sin embargo, todo mejoró. Completaron una gran temporada de la mano de Fer, el renombrado 10, y su nueva pareja en ataque, un recién llegado eslavo que, según decían, se movía como Bebeto y definía como Romário. Para mí exageraban pero así lo aseguraban los más veteranos, que volteaban sus ojos a la cancha de los juveniles para ver el espectáculo que ese par armaba cada fin de semana.

Dani intentaba rearmar su vida lejos del esférico. Se había matriculado en la universidad y tenía un trabajo de medio tiempo. Nada glamoroso, pero le empezaba a dar felicidad, superando poco a poco el trauma sufrido hace unos meses. Intenta jugar con los amigos en un partidillo pero, tras algunos minutos intensos, opta por no seguir. No quiere forzar su suerte.

Pasa uno, dos años. Casi pestañeando. El tiempo terminó encontrándole una bonita chica y poco después un bebé, cuyos rasgos paternos levantaban los comentarios familiares y marcaban las conversaciones internas. Para seguir su pasión e intentar robarle un rato a sus deberes como adulto sigue asistiendo a su templo.

Hoy es un día especial. Hoy su querido Betis disputa la final de la UEFA Europa League en la fría y coqueta Copenhague. La tribuna está llena, colorida y los fanáticos desbordados, la ciudad ni se diga. Bueno, la mitad verdiblanca mejor dicho.

Aquel joven que no pudo cumplir su sueño de ganarse la vida con el balón ahora seguía las incidencias del equipo de sus amores a través de una pantalla. El hecho de que la final europea se dispute en suelo nórdico no ayuda mucho que digamos a calmarlo. Sí, el mismo Dani que hacía goles en aquellos humildes campos andaluces.

La nostalgia se hace notable en sus ojos y no pocos curiosos, conocedores de su historia, suspiran ante aquella escena. La señal de televisión, a escasos instantes de comenzar la definición, muestra la alineación. Los fanáticos aplauden los nombres de sus once guerreros. Dani sólo alcanza a manejar los dos últimos. Con la 10 y la cinta de capitán Fernando Sánchez y con la 9, de mirada perdida pero infalible, aparece Sandorf. Sí, el mismo Fer y aquel eslavo que lo sustituyó. Una serie de profundas voces tristes inundan el lugar, algo callados por la algarabía que produce el comienzo del partido.

Historias que son más comunes de lo que parecen y de las cuales somos inclusive testigos. El fútbol como reflejo de la vida misma, unos ganan y otros pierden.

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Juan Zavala
Venezolano del 96. Literatura, geopolítica y deportes. Contando aquellas historias que tanto nos apasionan desde otro punto de vista.

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