jueves, 22 septiembre, 2022
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A veces hay que estar en el lugar adecuado en el momento adecuado” es una frase utilizada con bastante frecuencia en el día a día para referirse a aquellas personas que tienen situaciones en las que la suerte jugó un papel fundamental para el desenlace de estas. Pero, si nos extendemos a la universalización de este concepto, podemos llegar a la conclusión de que la historia de Steven Bradbury es uno de los ejemplos más claros de que algunos están destinados a cumplir con ciertas proezas.

Pese a que su carrera deportiva comenzó por lo alto en 1991 con la obtención del Campeonato del Mundo por equipos de patinaje de velocidad de pista corta en la modalidad de 5000 metros con tan solo 17 años, todo parecía indicar que ese hito iba a ser lo más destacable de su vida. El origen de esta suposición tenía bases sólidas: la primera, y más obvia de todas, era su origen. En Australia hablar de deportes es sinónimo de fútbol, rugby o cricket mientras que los deportes de invierno son totalmente invisibles a los ojos de sus habitantes, incluso luego de la obtención de un título mundial por parte del equipo que integraba Bradbury.

La segunda es que, como la mayoría de los países del hemisferio sur, entrenar al nivel que requiere la elite de cualquier disciplina de invierno obliga a los atletas a elegir entre realizar temporadas de entre tres y cuatro meses en el extranjero o, directamente, radicarse en el hemisferio norte para estar más próximos a los países donde se llevan a cabo las competencias y donde contarán con las instalaciones necesarias que no poseen en su propio país.

Uno podría suponer que después del mencionado éxito en el Campeonato del Mundo de 1991 los deportes de invierno en Australia podían llegar a tener un punto de inflexión, pero los malos resultados en los Juegos Olímpicos de Albertville 1992, producto de la caída de Richard Nizielski, minaron todas las posibilidades. Hay que destacar que Bradbury no participó en esos Juegos ya que estuvo como reserva en caso de que algún integrante del cuarteto titular se lesionara y, además, no fue elegido para ninguna de las pruebas individuales. Sin embargo, esta vez iban a poder buscar su revancha en la mitad de tiempo que en cualquier olimpiada normal ya que, gracias a la reforma que había impulsado un par de años antes el Comité Olímpico Internacional, los Juegos de Lillehammer iban a ser dentro de dos años y no dentro de cuatro, como hubiesen sido en caso de haber continuado realizándose durante el mismo año que los Juegos Olímpicos de Verano.

La travesía en Noruega había comenzado con el pie derecho al acceder a la final junto a Canadá, dejando en el camino a los equipos de Japón y Nueva Zelanda en las semifinales, mientras que de la otra llave fueron los cuartetos de Italia y Estados Unidos los que accedieron a la carrera decisiva y con quienes se pugnarían un lugar en el podio. La estrategia de los australianos fue la misma que llevaría a Bradbury a la gloria ocho años después: realizar una carrera inteligente alejados de las fricciones con el objetivo de evitar cualquier tipo de caída que les pueda significar una gran pérdida de tiempo. Fue justamente esto lo que le ocurrió a Canadá, por lo que lo único que debían hacer los aussies era mantenerse de pie y finalizar la carrera, algo que Nizielski se tomó al pie de la letra ya que en la última vuelta estaba peleando el segundo lugar contra su par estadounidense y, recordando su accidente en Albertville, dejó de buscar el sobrepaso para asegurarse la medalla de bronce. Era la primera medalla de la historia de Australia en un Juego Olímpico de Invierno y la segunda de un país del hemisferio sur tras la de plata obtenida por la esquiadora neozelandesa Anelisse Coberger dos años atrás. Un reconocimiento más que merecido para el cuarteto integrado por Steven Bradbury, Richard Nizielski, Kieran Hansen y Andrew Murtha, el mismo que en 1991 había dado la sorpresa y se había quedado con el Campeonato del Mundo por sobre las potencias históricas de la disciplina.

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Pero, apelando a otro dicho popular, “todo lo que sube tiene que bajar”. Y eso fue lo que le ocurrió al pobre Bradbury. Meses después del histórico bronce, se vio envuelto en un choque en la Copa del Mundo de Montreal, en donde la cuchilla de uno de sus rivales le atravesó los cuatro músculos que componen los cuádriceps y, como confesaría en una entrevista mientras atravesaba el proceso de rehabilitación, llegó a pensar que podía morir si caía inconsciente. Lo cierto es que fue una lesión severa por la cantidad de sangre que salía de su pierna, producto del excesivo bombeo de su corazón a causa de las altas revoluciones por minuto que estaba atravesando por estar en medio de una carrera. Tras 116 puntos de sutura, un mes de reposo absoluto y 18 de trabajo de rehabilitación para que su pierna volviera a estar al 100%, Steven esperaba muy poco de sí mismo en los Juegos de Nagano 1998. Al poco tiempo de entrenamiento en plenitud física se le sumó el desconocimiento con Richard Goerlitz, su nuevo compañero de equipo en reemplazo de Andrew Murtha.

A pesar de haber bajado cuatro segundos su registro de Lillehammer, no pudieron acceder a la final ya que quedaron a la misma cantidad de segundos de Corea del Sur e Italia, los equipos que se midieron en la final con China y Canadá. En la Final B estuvieron más cerca de sus tiempos de 1994 que del que habían establecido en la semifinal, quedando relegados al último lugar de la serie y al 8° de la general. Para concluir la pesadilla olímpica, Bradbury participó de los eventos individuales de 500 y 1000 metros, en los que también tuvo toques y choques con oponentes que no le permitieron acceder a la lucha por las medallas y que lo dejaron bastante alejado de los primeros lugares en los marcadores finales (19° y 21° respectivamente).

Y, cuando la caída de Bradbury parecía no tener final, tocó fondo. En septiembre del 2000 se rompió el cuello al intentar saltar sobre un rival que había caído delante suyo y, al no haber tenido tiempo de siquiera calcular el salto, impactó de lleno contra las barreras de seguridad. El diagnóstico fue fulminante: fractura en las vértebras C4 y C5 y el pronóstico de que no iba a poder volver a pisar una pista de hielo nunca más en su vida. Todo parecía indiciar que estábamos frente al final de la carrera del australiano pero, tal como lo demostró en 1998, rendirse no está en su ADN y, luego de un mes y medio de tratamiento ortopédico con la cabeza inmovilizada, comenzó su fugaz preparación para la temporada olímpica de 2001/2002 con la mira puesta en Salt Lake City.

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Diezmado físicamente, con una preparación plena de poco más de un año y con 29 años en su haber, el arribo de nuestro protagonista a Estados Unidos no era el más prometedor. De hecho, en su preparación para los Juegos también se le sumó la complicación del equipamiento y de la falta de sponsors, ante lo que se vio obligado a pedirle prestado mil dólares a sus padres para arreglar el auto con el que iba a entrenar. Además, previo a los Juegos se comunicó telefónicamente con Apolo Ohno, colega estadounidense y uno de los favoritos en las pruebas individuales de 1000 y 1500 metros, para ver si podía cederle alguno de los patines que había recibido de su contrato de patrocinio con Revolutionary Boot Company.

Y, como si el destino lo hubiese escrito, Ohno y Bradbury compartieron la mayoría de las carreras camino a la final de la prueba de 1000 metros masculinos. Tras ganar el heat 2, Bradbury fue emparejado en los cuartos de final con el estadounidense, que había finalizado 2° en el heat 6. Allí Ohno ganaría sin problemas la carrera mientras que el australiano finalizó 3°, quedando ambos en distintas semifinales. Una vez más cumplieron con su deber: Ohno ganó la semifinal 2 por delante de Ahn Hyun-soo y Bradbury. En una especie de adelanto de lo que veríamos en la final, ganó su serie gracias a un choque múltiple entre Li Jiajun, Mathieu Turcotte y el campeón defensor Kim Dong-sug. Los cinco finalistas estaban definidos y solo quedaba esperar al día siguiente para ver quién iba a ser el nuevo campeón olímpico de la modalidad.

Ante un Salt Lake Ice Center repleto, las cinco vueltas de carrera se vivieron con una tensión palpable. Mientras Ohno, Jiajun, Turcotte y Hyun Soo intercambiaban lugares, Bradbury se mantenía expectante a un par de metros del grupo, tal como lo había hecho en la semifinal. Tal como revelaría en la rueda de prensa post carrera, había hablado con el coach de Australia Ann Zhang y habían optado por repetir la estrategia para asegurarse terminar la carrera, por más que significase no pelear por nada. Los malos recuerdos de las caídas de Nizielski que lo atormentaban de su paso por las pruebas por equipo lo hicieron valorar aún más el hecho de haber accedido a una final olímpica, la misma de la cual había quedado a millares en sus participaciones individuales. Estar ya era un premio y su entrenador compartía la misma visión.

Sin embargo, cuando el destino, la suerte o como quieran llamarlo tiene algo preparado para uno, es imposible luchar contra eso, por más surrealista que pueda parecer. Así fue como en la última vuelta los cuatro líderes aceleraron para llegar con una buena posición a la última curva, donde ocurrió el desastre. Jiajung intentó pasar a Ohno por fuera y salió despedido contra la barrera de protección. En consecuencia, el estadounidense quedó desestabilizado y, tras la pésima curva de Hyun-soo, chocaron con Turcotte a metros de la línea de meta, allanándole el camino a Bradbury que venía a un par de segundos de distancia y que, totalmente incrédulo, cruzó abriendo los brazos sin poder creer lo que había conseguido. Australia tenía a su primer medallista de oro en una prueba individual, dejando de lado el bronce que había conseguido Zali Steggall en eslalon en Nagano como el máximo logro de un deportista aussie en los Juegos Olímpicos de Invierno. Ese 17 de febrero nacía una leyenda del folclore australiano y, con el correr del tiempo, dio lugar a la creación del verbo “hacer un Bradbury”, en referencia a lograr algo inusual o de una forma muy peculiar o inesperada. Anecdóticos fueron los esfuerzos de Ohno y Turcotte para cruzar de cualquier forma la línea de meta en segundo y tercer lugar, respectivamente, para completar el podio, porque los flashes se los había robado ese atleta rubio de pelo puntiagudo que no paraba de sonreír. Se puede concluir que anecdótico también fue el 11° lugar de Bradbury en la prueba de 1500 metros cuatro días después, que significó el final de su carrera y, por otro lado, la redención de Ohno al llevarse el oro con la herida que había sufrido en el choque de la prueba de 1000 metros.

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Habiendo tocado el cielo con las manos, se retiró luego de los Juegos de Salt Lake City, aunque no dejó de estar vinculado al deporte. En 2005 publicó su autobiografía, Steve Bradbury: Last Man Standing, un año después se casó con su pareja Amanda Barker y fue comentarista de los Juegos Olímpicos de Turín 2006, rol que también desempeñó en los Juegos de Vancouver 2010. Entre esos años también incursionó sin pena ni gloria en categorías locales de automovilismo y en 2007 tuvo un reconocimiento del calibre de su logro cuando recibió la Medalla del Orden de Australia y al ser inducido en el Salón de la Fama de Australia.

Pero, más allá de los logros individuales, la vigencia de su legado se percibe cuando se ve el progreso de Australia como delegación luego de los Juegos de Salt Lake City. La visibilidad que aportó la gesta de Bradbury a los deportes de invierno en su país fue tal que luego de esa edición los aussies solo contaban con 4 medallas olímpicas (2 oros, gracias a la producción de la esquiadora acrobática Alisa Camplin en Salt Lake, y 2 bronces), cosecha que se amplió con creces luego de Pyeongchang registrando, hasta el momento, 15 medallas (5 oros, 5 platas y 5 bronces). Un logro que, sin dudas, puede quedar catalogado como “el efecto Bradbury”.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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