martes, 25 enero, 2022
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La vieja Copa de Europa de clubes era un verdadero campo de batallas. En la era pre-Bosman, solo acudían a la máxima competición los clubes que habían conquistado su liga local -además del vencedor de la edición anterior, claro está-. Nada de segundos, terceros y cuartos de grandes ligas asegurados. Nada de infinitas rondas previas para descartar a los equipos de países menores. Hasta la creación de la actual Champions League no existían los cabezas de serie o las fases de grupo, por lo que podías tener bastante suerte en el sorteo y enfrentarte a ignotos conjuntos venidos de Malta o Chipre o bien tener que medirte ante colosos como el Real Madrid, Liverpool o Milan en las primeras de cambio. Además, el hecho de que no hubiera tantos extranjeros en las plantillas favorecía al crecimiento interno, ya que los jugadores que hoy se van jóvenes a las grandes ligas antes podían quedarse varios años jugando para el mismo conjunto, por lo que había mayor entendimiento y paridad.

Es por eso por lo que, si bien hoy sorprende, antes no eran tan inusual ver al Celtic o Nottingham como campeones del torneo o a pequeños (hablando siempre del contexto internacional) como Malmo, Partizan o Panathinaikos arribando a la final. Pero, quizás, el vencedor más sorprendente de todos los tiempos haya sido una institución venida del lado este del Muro de Berlín, una escuadra que, hasta ese entonces, nunca había superado una ronda en el máximo certamen continental. Hablamos del Steaua Bucarest de Rumania, que logró la hazaña más grande de su historia (y de su país) en la temporada 1985-1986.

El conjunto rojiazul fue fundado el 7 de junio de 1947, cuando Rumania comenzaba a virar hacia el comunismo. Por ende, y como sucedió en los demás países que estaban bajo la órbita de la Unión Soviética, estuvo a cargo de un sector público, en este caso el ejército, algo que dotó al equipo de una mayor facilidad a la hora de atraer jugadores, hecho que hizo que rápidamente se transformara en uno de los mejores conjuntos de la liga local, luchando a la par con sus vecinos del Dinamo y del Rapid. El Steaua comenzó a tener contacto con la Copa de Europa muy rápido, participando en la tercera edición (1957-1958) y dándolo todo para intentar eliminar al Borussia Dortmund. De hecho, llegaron a ganar en casa 3-1, pero una derrota por 2-4 (no existía la regla del gol de visitante) hizo que tuvieran que disputar un desempate en Bologna, donde perderían finalmente 1-3. Esta fue la primera de seis participaciones en el certamen de campeones ligueros, pero en todos ellos sucedió lo mismo: se quedaban afuera en la primera ronda. De hecho, esto mismo también lo vivieron en la Copa de la UEFA, siendo en la Recopa el único lugar donde, al menos, podían superar, aunque sea, una instancia (y dos en la temporada 1971-1972, donde eliminaron al Barcelona, pero cedieron con el Bayern Múnich tras empatar en casa 1-1 y afuera 0-0).

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Sin embargo, todo iba a cambiar en 1984, con la llegada de dos entrenadores que lograrían romper con todo lo establecido. Emerich Jenei había jugado en el club entre 1957 y 1969 y luego había tenido una etapa como asistente y dos como entrenador, la última, curiosamente, en ese año, ya que había sido echado por fallar en el torneo liguero, donde habían quedado a solo dos unidades del Dinamo. Pero los dirigentes se arrepentirían de esta decisión cuatro meses después, restableciéndolo. Al nacido en Agrisu Mic se le sumaría otra leyenda de los Steliștii, Anghel Iordanescu, exjugador entre 1968 y 1982 y uno de los máximos goleadores históricos de la selección con 21 dianas.

La dupla ficharía en esa campaña a un grandísimo mediocampista como lo era Lazslo Boloni, que llegó del Targu Mures. Junto a él arribaron otros dos hombres que también estarían en la final de Sevilla: Marin Radu y Adrian Bumbescu, ambos provenientes del Olt Scornicesti. Ellos se sumaron a otros jugadores que ya se encontraban en el equipo y que serían clave en el futuro, como Marius Lacatus, Victor Piturca, Gabi Balint, Helmunt Duckadam o el canterano Miodrag Belodedici. Esta escuadra participaría de la Recopa de Europa, cayendo, como no, en primera instancia, aunque se vengaría del equipo blanquirrojo, pagándole con la misma moneda en la Divizia A, obteniéndola con solo dos puntos de ventaja.

El triunfo les dio la plaza para la Copa de Europa, certamen que no pisaban desde la 1978-1979. Aquella campaña 1985-1986 fue la posterior a la de la tragedia de Heysel, por lo que no participaron los conjuntos ingleses, que eran los que dominaban por aquel entonces en el ámbito internacional. Aun así, había grandes escuadras participando del certamen, como lo eran Bayern, Barcelona, Porto, Ajax o el campeón reinante, Juventus. El Steaua se había preparado a conciencia para participar en la competición, pero ni el más acérrimo de los hinchas hubiera pensado jamás que aquel sería el año de sus vidas.

El 18 de septiembre de 1985 llegaría el turno del debut. El rival sería el Vejle, que en 1984 ganó su último certamen liguero y que haría sufrir sobremanera a los rumanos en el encuentro de ida, donde casi se llevan el gran triunfo de no haber llegado el tanto de Radu en el minuto 89. La historia sería diferente en el Stadionul Steaua, donde los locales ganaron 4-0, con tantos de Piturca, Boloni, Balint y Stoica. Aquel ya era un triunfo por demás histórico, debido a que era la primera vez que avanzaban de ronda en el torneo. Y todo hacía presuponer que la aventura se acabaría allí, ya que el Budapest Honved, un clásico del torneo, se llevaría el primer duelo por 1-0 en casa. Sin embargo, nuevamente los rumanos aumentarían su nivel jugando en su patria, destrozando a los húngaros por 4-1 (Piturca, Lacatus, Barbulescu y Majeara).

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Así, los de Jenei llegaron hasta los cuartos de final, donde el rival sería el Kuusysi de Finlandia, la mejor escuadra del país nórdico durante aquellos años. Estos lograron rescatar un 0-0 como visitantes, por lo que tenían las de ganar en la revancha, disputada en el Estadio Olímpico de Helsinki. Los locales aguantaron todo lo que pudieron, con un Korhonen que se había transformado en una muralla, siendo el héroe de la tarde. Sin embargo, Piturca llegaría al gol de forma un tanto fortuita a los 86´, provocando la algarabía de un pueblo que no podía creer lo que estaba viviendo. Pero si, aquello era cierto: el Steaua se volvía a Rumania siendo uno de los cuatro mejores conjuntos de toda Europa. Y todavía quedaba lo mejor.

Además de los rojiazules quedaban en pie el Barcelona, el Anderlecht (uno de los conjuntos más poderosos de los últimos 10 años, ganador de una Copa UEFA y dos Recopas durante aquella época dorada) y la gran revelación, el Gotemburgo, una escuadra que en aquel entonces era más amateur que profesional. El sorteo no fue benevolente esta vez con los comunistas, ya que tuvieron que medirse ante los belgas, que contaban con nombres de la talla de Enzo Scifo, Morten Olsen o Frank Vercauteren. Y en el Constant Vanden Stock el propio Scifo -una de las figuras del Mundial 1986- dejaría en claro las supuestas diferencias entre ambos conjuntos, anotando el gol del triunfo. Sin embargo, en la revancha la historia se daría vuelta rápidamente con un gran gol de Piturca a los 4´, en una demostración de como jugaba aquel Steaua: con un fútbol preciosista, mezclando la gambeta con el toque rápido y preciso, tal cual demostraría años después la propia selección. Los rumanos no eran el típico conjunto pequeño que salía a defenderse y ver qué pasaba. No, ellos miraban a la cara a sus rivales y salían a competirle de igual a igual. Y fue ese espíritu el que hizo que el pase a la final se decantara del otro lado del muro, ya que Balint a los 23´ y nuevamente Piturca, a los 71´, darían vuelta el marcador, dejando aquel duelo con un 3-1 en el global.

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Y llegó, entonces, el 7 de mayo de 1986, un día que los hinchas del Steaua recordarán hasta el final de los tiempos. El Ramón Sánchez Pizjuán estaba vestido prácticamente con los colores del Barcelona, el equipo que había logrado sobrevivir a las garras del abismo, ya que en la ida ante el Gotemburgo había sucumbido contra todo pronóstico 3-0, logrando la misma diferencia en casa y llevándose la serie finalmente por penales. Por supuesto que los españoles eran los favoritos, no solo porque contaban con grandes nombres como Lobo Carrasco, Bernd Schuster, Steve Archivald, José Ramón Alexanco o Marcos Alonso, sino porque también habían demostrado su valía al eliminar a equipos como el Porto o la Juventus. Y claro, también estaba el factor cancha: mientras los catalanes llenaban bandejas y bandejas del estadio, los rumanos apenas si pudieron llevar hinchas.

El partido, eso sí, lejos estuvo de ser un festival. Esta vez la escuadra de Bucarest (que formó con Duckadam, Iovan, Bumbescu, Belodedici, Barbulescu; Majearu, Balan (Iordanescu 72´), Bolini, Balint; Lacatus y Piturca (Radu 111´)) no fue al frente como siempre, sino que se dedicó a defender con uñas y dientes ante un Barcelona que, si bien no jugó de manera magistral, sí que tuvo las mejores oportunidades del partido. Pero, al final, el “visitante” terminaría consiguiendo lo que fue a buscar, el empate, por lo que los penales terminarían siendo inevitables. Y allí comenzaría un verdadero festival de atajadas del nacido en Semlac, quien le atajó los penales a Alexanko, Pedraza, Pichi Alonso y Marcos. Esto hizo que el Steaua ganara a pesar de que solo Lacatus y Balint convirtieran sus remates.

Los rumanos, desde entonces, tendrían un final de década espectacular. En su país estuvieron 106 partidos invictos, mismos que le valieron para ganar cuatro ligas seguidas, además de tres copas. Por otra parte, caerían ante River en la Copa Intercontinental, pero vencerían al Dinamo de Kiev en la Supercopa Europea, para sumar su segundo lauro internacional. Y la historia no finalizaría allí, ya que en la temporada 1987-1988 alcanzarían las semifinales de la Copa de Europa y un año más tarde volverían a meterse en la final, siendo barridos por el Milan de los neerlandeses. Así finalizaba la que, seguramente, haya sido la mejor década para un equipo de un país comunista durante la Guerra Fría. Una época que parece cada vez más lejana e irreal pero que sí, sucedió.

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Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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