domingo, 20 septiembre, 2020
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Cuando los 79 delegados que representaban a 49 organizaciones deportivas (pertenecientes a 14 países) votaron que si a la propuesta de reestablecer los Juegos Olímpicos entre los días 12 y 14 de junio de 1894 en París, sin duda no sabían el fenómeno global que acababan de restaurar. Y es que, desde 1896, los Juegos se convirtieron en el evento deportivo más seguido a nivel global, lugar donde los atletas sueñan con alcanzar ese precioso oro y donde, también hay que decirlo, los países se disputan un poder simbólico2 mostrando su fortaleza a través de los triunfos y las hazañas.

Sin embargo, la puesta en marcha de este anhelo no fue tan sencilla como se presuponía. Conrado Durantez, el presidente de la Academia Olímpica Española, explicó que “los Juegos de Atenas presentaron agudos problemas de organización ante la inexistencia de otros Juegos anteriores y próximos, de los que extraer experiencias como ahora ocurre. Las discusiones políticas sobre la conveniencia o no de la celebración de los Juegos, suscitadas por dos partidos mayoritarios y que llegaron a ser muy graves, fueron despejadas por Pierre de Coubertin que, con un exquisito tacto y hábil diplomacia, ganó para su causa a la familia Real Griega. Una emoción de sellos -la primera de carácter deportivo- y diversas aportaciones voluntarias, sirvieron para financiar los primeros gastos. Un acaudalado comerciante griego, residente en Alejandría, Georges Averof, donó la fabulosa cifra de un millón de dracmas oro, destinada a la construcción del Estadio Olímpico, todo de mármol blanco, extraído éste de las canteras del Monte Pentélico, el mismo que proporcionó los materiales con los que 24 siglos antes se erigió la maravilla arquitectónica de El Partenón”.

Una vez solucionados los problemas se pusieron en marcha las invitaciones para el gran evento. Eran tiempos en los que las distancias eran mucho más amplias que en la actualidad, con viajes larguísimos y desgastantes, por lo que si bien hubo 311 atletas correspondientes a 14 países, 230 representaban a la nación local. Estados Unidos, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Hungría, Austria, Australia, Dinamarca, Bulgaria, Chile, Italia, Suecia y Suiza fueron las otras naciones que pueden decir, con orgullo, que han tenido al menos a un representante de su patria en esta histórica edición. Sin embargo no hubo mujeres, quienes tuvieron que luchar durante años para poder verse representadas plenamente.

Si bien los griegos acapararon varias medallas (46 en total), fueron los estadounidenses los que tuvieron la mayor cantidad de victorias, con 11 oros en su haber. Por supuesto que esto no era del agrado del público local, ya que incluso muchos de esos campeones americanos estaban allí de casualidad, disfrutando de unas vacaciones cuando vieron la oportunidad de anotarse en los Juegos. Necesitaban a alguien que los hiciera sentirse orgullosos y triunfadores, y esta persona fue el maratonista Spiridon Louis.

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Nacido el 12 de diciembre de 1873 en Marousi, Atenas, el mayormente conocido como Spiros era un joven de 23 años que se dedicaba a acarrear baldes de agua, aunque también había sido soldado y hasta pastor. Todo fuera por tener algo que comer, ya que había nacido en el seno de una familia pobre. Hasta ese 1896 no se había disputado nunca una maratón, y es que esta carrera de larga distancia fue sugerida por el historiador francés Michel Breal, quien se había interesado por la gesta de Filípides, el soldado que recorrió la distancia que había entre Maratón y Atenas para anunciar el triunfo de los suyos sobre los persas, antes de desplomarse y morir. Tan enamorado estaba Breal (amigo de Pierre de Coubertin) de esta leyenda que, incluso, se ofreció a pagar un premio si el Comité Organizador de los Juegos decidía incluir a esta competencia en el programa, algo que finalmente fue aceptado.

 

GREECE – CIRCA 1896: Olympic games of Athens (Greece), 1896. The olympic stadium. (Photo by Roger Viollet Collection/Getty Images)

La hazaña olímpica

 

Para preparar el evento se realizaron algunas carreras clasificatorias, las que a la postre terminarían siendo las primeras maratones de la historia. El Coronel Papadiamantopoulos fue el encargado de llevarlas a cabo. El 22 de marzo se disputó el primer evento, con triunfo de Charilaos Vasilakos con un tiempo de 3 horas y 18 minutos, convirtiéndose de inmediato en uno de los favoritos a hacer historia unos días después, ya que la maratón olímpica se llevaría a cabo el 10 de abril. Louis no participó en esta carrera, sino en la segunda, terminando en el quinto lugar (esta prueba la ganaría Ioannis Lavrentis en 3 horas y 11 minutos, otro hombre que picó en punta en el lote de favoritos). El Coronel, que había tenido a Spiros en la milicia y que conocía las aptitudes del muchacho, lo invitó a participar en los Juegos, algo que Louis aceptó “por el honor de Grecia”.

Los helénicos estaban deseosos de ver esta extenuante carrera, ya que no solo los remitía a un hecho glorioso de su pasado, sino que, además, habían visto como eran los extranjeros los que se llevaban todas las pruebas de atletismo, un cachetazo para su orgullo. Alguien debía redimirlos.

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17 competidores de 5 naciones se dieron cita finalmente en Maratón para el gran evento, los cuales deberían superar los 40 kilómetros de distancia que había entre esta ciudad y Atenas. Entre los competidores se encontraban el británico Edwin Flack (ganador de los 800 y 1500 metros), el francés Albin Lermusiaux (tercero en esta última distancia) y los dos primeros ganadores de la historia de esta prueba, Vasilakos y Lavrentis. A las 14 horas Papadiamantopoulos dio el pistoletazo inicial. Había comenzado una de las pruebas madre de los Juegos.

Pero la historia no comenzó bien para los locales. Y es que el francés había tomado rápidamente la delantera. Como explicó el periodista Luciano Wernicke: “Lermusiaux se planteó una salida rápida para tomar la punta desde el primer momento, y luego regular las fuerzas para conseguir un sprint final en los últimos metros”. Durante 32 kilómetros, el galo corrió con valentía, manteniéndose siempre en la punta del evento. Pero el calor comenzó a hacer mella en él, provocándole mucho cansancio -nunca había corrido una distancia tan larga- y, sobre todo, sed. Fue por ello que aceptó gustoso un vaso de vino que le ofreció un espectador. Parecía una buena idea, pero al final esto terminaría siendo su perdición: Lermusiaux se desmayaría producto de tener el estómago vacío, por lo que fue retirado para ser auxiliado. Flack y Lavrentis también dejarían la carrera, por lo que la competencia se resumió en el duelo entre Vasilakos y el desconocido Louis.

Este último, que también bebió vino durante la carrera (como bien cuenta Wernicke en su libro), lo que no le impidió realizar un maravilloso sprint final, ganando la maratón olímpica en un tiempo de 2 horas, 58 minutos y 50 segundos, superando a un Charislaos que acabó con 3:06:03. Los griegos, al ver entrar a uno de los suyos en el Estadio, se volvieron completamente locos. Spiros vio como le arrojaban joyas, flores, dinero y hasta sombreros. El Gráfico retrató unos años después la gesta de la siguiente forma: “Los espectadores saltaron de sus asientos y arrojaron flores y regalos a la pista y por el espacio surcaban palomas con lazos de los colores griegos. Los cien mil que llenaban el estadio aquel día, el día principal, se encontraban verdaderamente ebrios de alegría, la cual llegó a su colmo cuando el rey se levantó de su sitial y avanzando hacia el corredor de la maratón, que entretanto había alcanzado la meta, le estrechó emocionado la mano. El coronel von Reineck y el comandante Souzos, ayudante de campo del rey, no pudieron menos de abrazar al corredor agotado y casi incapaz de pronunciar una palabra. 2 horas 55 minutos y 20 segundos había invertido Luis en recorrer el trayecto, lo cual, dadas las dificultades del terreno, supone una hazaña sorprendente. También el que llegó segundo, Basilakos (sic), era griego; lo mismo que el tercero, Belokas. Sólo el cuarto fue el representante de otra nación: Hungría. Así, pues, Grecia había triunfado aquí en toda la línea y es perfectamente comprensible el orgullo del pueblo griego ante aquella magnífica proeza”. Un dato curioso es que Belokas finalmente terminaría siendo despojado de su tercer puesto, ya que se comprobó que había hecho parte del trayecto en una carroza, otorgando el tercer lugar del podio al húngaro Gyula Keller en el podio.

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Spiridon se convirtió en un héroe griego en toda regla. Todo el mundo quería ofrecerle algo por haber salvado el honor de su patria, aunque solo se sabe que él se quedó con una carreta con dos bueyes -que le ayudarían a continuar con su trabajo- que le regaló el mismísimo rey Jorge I a petición del propio maratonista. Su humildad siempre le acompañó. Tiempo después se convertiría en oficial de policía, aunque nunca más corrió, quizás para mantener intacta su imagen o, tal vez, por pensar que el oro Olímpico no podía ser superado. Su última aparición Olímpica la tuvo en 1936, cuando acompañó a los suyos en Berlín y le dio a Adolf Hitler una rama de olivo proveniente del monte Olimpo como gesto de paz, algo que tanta falta le hizo al mundo en los años posteriores.

El griego falleció cuatro años después, un 26 de marzo, cerca de cumplirse 44 años de su maravillosa gesta. Él no lo supo en el instante en el que cruzó la meta en Atenas, pero gracias a eso se convirtió en el primer gran campeón de una lista que suma a gente de la talla de Hannes Kolehmainen, Emil Zatopek, Abebe Bikila, Mamo Wolde, Frank Shorter, Samuel Wanjiru, Stephen Kiprotich o Eliud Kipchoge. Solo los eternos logran vencer a la distancia. Y el bueno de Louis así lo hizo.

 

 

Fuentes: “Los Juegos. Las Olimpiadas en la historia” de Conrado Durantez, “Historias Insólitas de los Juegos Olímpicos” de Luciano Wernicke, Sports References, El Gráfico.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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