martes, 27 agosto, 2019
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Cuando tenía seis años comencé a jugar en el equipo de baloncesto de mi colegio. Ala-pívot, mi compañera pívot era mi mejor amiga. Compartíamos cancha y pupitre. Un día me contó que parte de su familia venía de Haití y Senegal, la de mi madre de Irlanda e Inglaterra. Su abuelo estudió medicina en Nueva York y consiguió un puesto en Galicia, donde conoció a una mujer con la que, a pesar de las críticas de algunos, se casó. Vivieron en Suiza antes de acabar en un pueblo de Valladolid, donde su nieta y yo pasábamos horas con el balón de basket después de clase y admirábamos a Michael Jordan. A pesar de ser un médico respetado, los comentarios a su alrededor continuaron. La razón: el abuelo de mi amiga tenía el mismo color de piel que la estrella de los Chicago Bulls.

A los nueve o diez años comenzaron los de los compañeros en clase. En mi familia me criaron para que no viera ninguna distinción entre nosotras. Daba igual que su cabello fuera castaño y el mío cobrizo. Dolía verla irse a un lado con los ojos color azabache vidriosos, pero su madre le había enseñado a ser fuerte, una roca, por lo que enseguida levantaba la cabeza y caminaba con firmeza. Seguir botando la pelota, desbordando a los rivales y encestar. Lo único que importaba, lo único que nos diferenciaba a ella y a mí de los otros niños y niñas contra los que jugábamos cada sábado eran los colores de nuestras camisetas.

Rosa Parks y Cecil Williams tuvieron que rebelarse y pedir ser tratados como decía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, “todos somos creados iguales”, dos siglos después de su redacción. En los años 50 y 60, Sister Rosetta Tharpe se convertía en la madre del rock y llenaba salas, John Lee Hooker hacía lo mismo con su blues, y Miles Davis podía pasear por París con Juliette Greco de la mano, amarla hasta tal punto que Sartre le preguntase por qué no le pedía el matrimonio, pero no en su país de origen. Davis le dejó claro a la francesa que su idilio no podría continuar en Estados Unidos: “aquí, nuestra relación es imposible”. En esos días, Mildred y Richard Loving tuvieron que llevar su caso ante la Corte Suprema de los Estados Unidos porque en Virginia les prohibieron casarse. Ella era negra, él blanco. Sentaron jurisprudencia: la ley que impedía el matrimonio interracial fue derogada.

Son historias que nos gusta imaginar en blanco y negro, como sus protagonistas. Pero lo cierto es que llegamos al 27 de agosto de 2016 y una estrella de la NFL, Colin Kaepernick, y dos compañeros hacen un gesto en protesta por los homicidios de ciudadanos de raza negra: arrodillarse al sonar la bandera adornada de estrellas. ¿De todas? Muhammad Ali, tras ser campeón mundial y haber ganado unos Juegos Olímpicos, vio como la Comisión Atlética del Estado de Nueva York le despojaba de su título y licencia por negarse a ir a Vietnam. No pensaba luchar por un país que no le respetaba como persona. La carrera de Kaepernick también está bloqueada.

Cuando uno se encuentra con estas noticias siente que hemos regresado al siglo XX. Al igual que al leer los datos que recoge Kick it Out, organización inglesa que se dedica a estudiar y combatir los casos de racismo en el fútbol en las islas británicas desde el 93´. En la temporada 2018/2019 los comentarios por redes sociales y en los campos de fútbol en Premier League han aumentado un 43%, a pesar de que recibíamos con alegría las estadísticas de que en Liverpool ha cambiado la percepción de los inmigrantes gracias a la presencia de Mohamed Salah y Sadio Mané en el equipo. La pequeña Makka, hija del egipcio, recibió el aplauso de The Kop cuando se decidió a anotar a portería vacía al finalizar el último partido en Anfield de las dos últimas temporadas. ¿Quién podría pensar que no tiene derecho a pisar ese césped por su raza, sexo o religión?

A principios de 2019 llega la noticia de que Raheem Sterling, futbolista nacionalizado inglés y que defiende a los Three Lions, recibe insultos racistas en Stamford Bridge – el club tomó medidas el pasado julio –, hay cánticos antisemitas, y este mes de agosto los abusos continúan con nuevos protagonistas: Tammy Abraham, el chico de los 26 goles para el ascenso del Aston Villa (de nuevo en el Chelsea), y el campeón del mundo Paul Pogba, por haber fallado un penalti. Podríamos echarle la culpa a las crisis y a la aparición de partidos extremistas. El problema es que no es sólo en las islas británicas donde han surgido y donde se extiende al fútbol. Moise Kean tuvo que sufrirlo en Italia. Miró al público, detenido ante ellos, soportando los insultos. Antes que él, Kalidou Koulibaly. Carlo Ancelotti afirmó que si se repetía un episodio así todo el equipo abandonaría el campo. A mitad de temporada, Danny Rose y Hudson-Odoi recibieron cánticos denigrantes en un partido entre Inglaterra y Montenegro.

Si echamos la mirada atrás, como bien han hecho en la Revista Líbero volviendo a compartir el artículo de Luis Miguel Hinojal que aparecía en su número 24 (en homenaje a Cyrille Regis), nos encontramos con la impactante portada que le dedicó la NME al goleador en mayo de 1979, junto a los Who y Ramones: “La cara humana del fútbol”, la que todos deseamos ver.

La historia del fútbol que conocemos, desde su inicio, ha tenido esa cara. En el año 1924, Uruguay ganó el oro olímpico en París. Uno de los integrantes del equipo, pieza clave, fue José Leandro Andrade, conocido como la perla o la maravilla negra. Nacido en Salto, como Luis Suárez o Cavani, también estuvo en el Mundial del 30´, en el Estadio del Centenario erigido por su país para la ocasión, y conquistó la primera Copa del Mundo con la Celeste. Isabelino Gradín fue otro de los referentes del fútbol uruguayo en la época, de su misma raza.

En Bundesliga, Ligue 1, Liga NOS, Eredivisie, la Superliga de Turquía, en la Liga Santander, los equipos pugnan por conseguir perlas africanas, aunque cuando llega la Copa África muchos la infravaloran. Otros la disfrutamos, desde la apreciación de un contexto distinto, de inversión y medios, pero lleno de pasión y talento. Perpetua Nkwocha fue la reina de Copas en disciplina femenina. O un icono del fútbol, como en su día George Weah. El único africano que ha conseguido el Balón de Oro.

Es necesaria la protesta, y el apoyo. Tammy Abraham lo ha recibido. El abrazo en el que se fundió con Frank Lampard el pasado fin de semana, corriendo desde la línea de gol hasta el banquillo en mitad del partido, tras su primer tanto, lo ejemplifica. Paul Pogba compartió una fotografía con su hijo en brazos frente a una imagen de Martin Luther King Jr. en la que al pie escribía cómo sus antepasados tuvieron que luchar para ser libres, trabajar, poder subir al autobús como el resto. Y también poder jugar al fútbol. Las generaciones venideras merecen un mundo distinto al que estamos viviendo.

La pasada primavera saltaba la noticia a los medios españoles de que el equipo Alma de África, de segunda división andaluza, que cuenta con integrantes inmigrantes de muchas nacionalidades distintas del continente africano, después de la gran cantidad de insultos sufridos salieron al terreno de juego con unas camisetas en las que aparecían en sus espaldas dichos improperios y no su nombre, habitual en el dorsal. Una crítica, una revelación ante la impotencia que supone el tener que soportarlo cada fin de semana.

Cuando Iñaki Williams, en la entrevista que le realizó Jon Rivas para El País antes del inicio de la Liga, dijo que le gustaría que los hermanos Williams estuvieran en las filas del Athletic Club, “dos hermanos de raza negra”, no es sólo por sus orígenes humildes sino porque, por desgracia, aún es noticia el color de su piel. Muchos niños y niñas le verán, como en su día a Guerrero, más tarde a Aduriz, y será un delantero al que emular. Y es que, para jugar a cualquier deporte de equipo, sólo el color de la camiseta debería ser el que siguieran los ojos de los espectadores, para saber de qué equipo se trata el que tienen en sus pantallas.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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