jueves, 6 junio, 2019
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“Se puede usar el fútbol para educar a las personas, compartiendo ideas progresistas mientras se persigue la pelota; promover la democracia mientras se hacen goles. ¡Eso es también un buen manifiesto político! En 1980 yo tenía 14 años y no tenía ni idea de que Brasil fuera aún una dictadura militar. No tenía ni idea de que en Sao Paulo, los jugadores habían decidido pelear por la democracia. Su líder era un tal Sócrates que además era el capitán de ese equipo y que pronto lideraría también a su Selección. Un héroe para su gente, para todo Brasil”.

Así de encendido se mostraba en 2012 Eric Cantona en el documental “Los Rebeldes del Fútbol”, obra de Gilles Perez y Gilles Rof, para ensalzar la figura de Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira y su mayor obra: la Democracia Corinthiana. Una reivindicación que utilizó el terreno de juego como telón de fondo y la pelota como altavoz para cambiar la sociedad brasileña.

Pero esta historia arranca mucho antes. Casi dos décadas atrás, cuando Sócrates era apenas un niño de diez años. Hacía frío aquella noche y el cielo estaba encapotado. Era el 31 de marzo de 1964, una fecha imborrable para los brasileños, porque las principales ciudades del país fueron tomadas por el ejército. Apenas cuatro días después, Joao Goulart se dio cuenta de que estaba acorralado. La huida fue su particular salida hacia ninguna parte. Goulart era el presidente electo y se exilió en Uruguay.

Sin la máxima autoridad del país, el Congreso -presionado por los militares- designó a Humberto de Alencar Castelo Branco como nuevo presidente. El nuevo mandatario era General de las Fuerzas Armadas. Humberto permanecería en la presidencia tan solo tres años, hasta 1967 pero tras él un rosario de militares presidieron Brasil durante más de 20 años.

Recién iniciada la década de los 80, cuando Cantona descubrió lo que ocurría en Brasil, la dictadura militar vivía ya días crepusculares. En los primeros días de febrero de ese año dirigentes sindicales, intelectuales de izquierda, artistas y católicos ligados a la Teología de la Liberación fundaron el Partido de los Trabajadores de Brasil en el Colegio Sion de Sao Paulo. Fue un paso más de una escalada imparable que terminaría con los brasileños acudiendo a las urnas, aunque antes había que poner en marcha la campaña electoral. Ningún partido político igualó la realizada por el Corinthians, tanto que sus eslogan, sus modus operandis y sus principales estrellas han perdurado hasta nuestros días no solo por sus goles, también por sus acciones fuera del terreno de juego.

El Corinthians se convirtió en un faro democrático en medio de la dictadura militar que se vivía en Brasil.

Pero para entender la Democracia Corinthiana, hay que entender primero al club que la desarrolló. El Sport Club Corinthians Paulista se calificaría desde muy temprano así mismo como el equipo del pueblo. Fundado el 1 de septiembre de 1910 por cinco trabajadores de Sao Paulo, Joaquim Ambrósio, Carlos Da Silva, Rafael Perrone, Antônio Pereira y Anselmo Correia, eran amantes de ese deporte que empezaba a levantar pasiones también en Brasil. El nombre lo tomaron prestado de esos ingleses que en esas mismas fechas se encontraban por la ciudad disputando partidos amistosos, el Corinthian FC.

Quizá les ayudó en la decisión la victoria lograda ante el Palmeiras. El sonrojante 0-5 fue el último empujón. De ellos no solo tomaron el nombre, también la equipación. El primer presidente de la entidad paulista sería el sastre Miguel Battaglia: “Corinthians va a ser el equipo del pueblo y el pueblo es quien va a hacer el equipo”. No le faltaba razón al presidente, con el paso del tiempo el equipo se convertiría en la segunda entidad con más seguidores de Brasil, solo superada por el Clube de Regatas do Flamengo de Rio de Janeiro.

Pero quizá el movimiento democrático patrocinado por el Corinthians nunca se hubiera producido sin la actuación de un personaje secundario, aunque como ocurre en las grandes historias, imprescindible.

Vicente Matheus era un español nacido en Zamora en 1908, aunque emigró a Brasil con el resto de su familia cuando era un niño, con apenas seis años. Con el paso del tiempo se convirtió en uno de los empresarios más destacados de Brasil gracias a sus negocios basados en la construcción y la minería.

A Matheus le apasionaba también el fútbol y desde muy pequeño tuvo predilección por el Corinthians, hasta que se convirtió en su presidente. Corría el año 1959. En el sillón presidencial estuvo con algún impás hasta 1981. Poco antes había realizado su penúltima jugada maestra. En 1978 había conseguido arrebatar al Botafogo una de las joyas de su cantera. Era un chaval larguirucho que por aquel entonces dividía su vida entre el fútbol y los estudios de medicina. Todavía no era doctor, así que todos le conocían simplemente como Sócrates.

Sócrates se terminaría por convertir en la figura clave de toda esta historia.

A principios de 1980 el Corinthians no pasaba su mejor época. El pasado relucía glorioso en la sala de trofeos pero el presente estaba marcado por los malos resultados deportivos y económicos. El equipo había tocado fondo y en esas circunstancias Matheus, obligado también por los estatutos, designó sucesor para la presidencia. Waldemar Pires fue el elegido. La siguiente decisión fue igual de trascendental para el club paulista. Pires nombró al sociólogo Adílson Monteiro Alves director de fútbol del equipo. Ese nombramiento no solo cambió el rumbo del club, también el de Brasil.

El hecho de que Adílson tuviera escasos conocimientos de fútbol y su educación universitaria resultaron un cóctel innovador. La revolución estaba a punto de estallar. Las primeras palabras del nuevo director deportivo ya alertaron a los jugadores de que algo se estaba cocinando:

“El país lucha por la democracia. Si lo logra, el fútbol quedaría al margen porque aún en los países democráticos el fútbol es conservador. Tenemos que cambiar eso”.

El guante fue recogido por Sócrates, que también contaba con una educación universitaria y un compromiso social que ya se había hecho visible en alguna ocasión. El centrocampista del Timao también resultó fundamental a la hora de estimular ese mensaje, de hacerlo suyo, de propagarlo.

Aquel discurso en el que todos podían aportar para mejorar el funcionamiento de la entidad y todos tenían voz hay que situarlo dentro de una sociedad marcada por el totalitarismo de una dictadura.

Estamos a principios de 1982 y los ídolos de la torcida, Wladimir, Casagrande y Zeno, ven con buenos ojos la autogestión. El resto del vestuario les sigue. Acababa de nacer la Democracia Corinthiana, aunque todavía el periodista Juca Kfouri no la había bautizado así. Al principio simplemente eran una serie de reglas, de principios, con un estilo asambleario para dirigir los designios del club. Las concentraciones, los nuevos fichajes, la forma de viajar o los porcentajes de los derechos de televisión, la taquilla o el esponsor se repartían a partes iguales entre los representantes del club: desde directivos hasta el conductor del autocar, pasando por jugadores o técnicos.

Gestión propia, debate, lluvia de ideas, votación. Todo resumido en una máxima: un hombre, un voto; y en un eslogan: Democracia Corinthiana. El fútbol convertido entonces en un laboratorio de cómo debería ser la vida. Suena sugerente y romántico, pero, ¿realmente se llevó a cabo? ¿Fue más efectista que efectiva la Democracia Corinthiana?

El siguiente paso fue llevar el eslogan a la camiseta, justo donde ahora aparecen los nombres de los ídolos. Ese espacio se utilizó como un reclamo más, primero para fijar la idea: Democracia Corinthiana, luego para pedir la acción: Día 15 vote. Ante las protestas y el clamor popular del pueblo brasileño los representantes de la autarquía habían decidido abrir alguna rendija para dar la apariencia de libertad.

Para el 15 de noviembre convocaron unas elecciones en las que se iba a designar nuevo Gobernador del Estado de Sao Paulo. Fue unos días antes del plebiscito, cuando los jugadores del Corinthians encabezados por Sócrates saltaron al campo con esa leyenda impresa en sus camisetas. Sobre el número de cada uno la indicación dejaba poco lugar a las dudas: Día 15, vote. Aquellos días a Lula Da Silva se le podía ver en las gradas de Pacaembú, le quedaban muchos años para convertirse en presidente de Brasil, pero ya era un acérrimo seguidor del Timao: “Los otros equipos tenían seguidores, mientras que el Corinthians tenía militantes, eso es lo que consiguió la Democracia Corinthiana”, sin duda un grado más en la escala de pasión por unos colores.

Washington Olivetto vivió el movimiento social que se desarrolló en el equipo como espectador de excepción. El publicista brasileño, buen amigo de Sócrates, ha confesado como era la convivencia de ese equipo y algunas de las actividades que realizaban. Olivetto contaba que Sócrates se aburría de tratar siempre con futbolistas, de las conversaciones que podía mantener con estos. Por ese motivo a las comidas que se hacían en el club los viernes o los sábados, los días previos al partido, invitaba a compositores, cantantes, pintores famosos, arquitectos reconocidos o cineastas para hablar con ellos y hacer grupo. Sócrates y el equipo terminaba encantado, y habitualmente esa felicidad cristalizaba en la victoria del domingo.

Mientras tanto, las consignas seguían apareciendo en las camisetas, “diretas-já” (elecciones ya) o “eu quero votar para presidente” (quiero votar para presidente) fueron otros de los mensajes lanzados. Esas ideas se reforzaban también sobre el terreno de juego con goles y victorias. El Corinthians alcanzó las semifinales del torneo local en 1982 y fue campeón del torneo paulista en 1982 y 1983.

Esos triunfos catapultaron sus mensajes y ayudaron a que directiva y jugadores redoblaran su apuesta. Poco importaban las presiones que llegaban desde el ejército. Algunos como el brigada Jerónimo Bastos pidieron, sin mucho éxito, moderación al club. La respuesta fue todo lo contrario y a las consignas en las camisetas le acompañaron mensajes más contundentes con pancartas que posteriormente harían suya la torcida: “Ganar o perder pero siempre en democracia”. Bajo ese lema saltaron al campo frente al Sao Paulo, en el partido final del Torneo paulista de 1983. Aquella victoria estuvo barnizada de convicción y coraje.

La consigna de aquel Corinthians siempre estuvo clara.

El principio del fin llegó en 1984. En el Parlamento de Brasil se dirimía la Enmienda Constitucional Dante de Oliveria. En ella se debía aprobar la celebración o no de elecciones directas. Se necesitaba alcanzar los dos tercios de la cámara para su aprobación y en las semanas previas Sócrates dio una vuelta de tuerca más. El futbolista aseguró que si la enmienda no era aprobada abandonaría el país.

No obstante, el propio Olivetto o el periodista Juca Kfouri han contado después que el pase a la Fiorentina ya estaba prácticamente cerrado. Que en el parlamento ganara el NO a las elecciones directas solo aceleró su marcha a Italia, con destino Florencia. La experiencia fue breve, tras un año defendiendo la camiseta de la Fiorentina, Sócrates volvió a Brasil con la democracia recién reinstaurada en su país.

Para entonces la Democracia Corinthiana era ya solo un recuerdo. A pesar de que se vaticinaron los peores augurios a esta forma de actuar y proceder, el equipo durante varios años convocó las mayores multitudes en los estadios de Brasil, ganó títulos y además ofreció un fútbol hermoso que conquistó al aficionado propio y al rival.

“En el despótico señorío de la pelota, los jugadores son los últimos monos del circo. No tienen derecho a decir ni pío. Pero no siempre ha sido así. Allá por 1982, en plena dictadura militar, los jugadores del Corinthians tomaron el poder y enseñaron a otros el camino. La experiencia de la Democracia Corinthiana fue breve, pero valió pena”.

Así resumía el maestro Eduardo Galeano el movimiento que dio el pase de gol para derrocar a dictadura en Brasil. Un movimiento que dejó la pelota en segundo plano porque la Democracia Corinthiana encarnaba el sueño de cada brasileño de acabar con la dictadura y ver el regreso del sufragio universal. Una búsqueda de la felicidad que puso su granito de arena para derrotar a la saudade que atenazaba a todo un país.

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Emmanuel Ramiro Fernández
Extremeño en Madrid. El mágico año 92 me enganchó al Deporte en Mayúsculas. Luego sería el fútbol el que me haria correr detrás de la pelota. A esa carrera llevamos dedicándole toda una vida porque el deporte también me enseñó que esto del periodismo es una maratón, más que un sprint de 100 metros. Son las historias de factor humano que florecen alrededor del deporte las que más me interesan. Especializado en el fútbol europeo, me declaro un devoto seguidor del fútbol posicional y del pase horizontal. Las bufandas me las quedo en casa. Creo que la calidad se terminara imponiendo al click bait y confió en que esa línea la rompamos aquí, en TLB.

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