martes, 26 octubre, 2021
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A lo largo de la historia del deporte muy pocos atletas han sostenido una relación de apariencia predeterminada con un país que no sea el de su nacimiento. Ese es el caso de Shaul Ladany, cuya historia de vida parece estar vinculada con Alemania prácticamente desde su llegada al mundo. Nació el 2 de abril de 1936, meses antes de la realización de los Juegos Olímpicos en Berlín, con los que el Tercer Reich pretendía demostrar la superioridad de la raza aria, fue perseguido y encarcelado en un campo de concentración junto a toda su familia por el régimen de Adolf Hitler debido a sus raíces judías y fue uno de los protagonistas de la Masacre de Múnich en los Juegos de 1972. Acompáñennos en este viaje al interior de uno de los relatos más impresionantes de la última década.

Como se mencionó, nuestro protagonista nació en Belgrado en la antesala de la Segunda Guerra Mundial y, desde que tiene consciencia, vivió con miedo e incertidumbre sobre su futuro próximo. En sus primeros años de vida la persecución del gobierno alemán hacia los judíos se había intensificado a tal punto que cuando tenía cinco años se tuvo que refugiar en el sótano de su casa ante los bombardeos de la Luftwaffe. Su familia fue una de las afortunadas de la zona ya que sobrevivió al atentado; su abuela se había tirado encima suyo para protegerlo, a diferencia de la mayoría de sus vecinos. Luego de este episodio decidieron mudarse a Hungría y enviar al pequeño Shaul a un monasterio dado que las instituciones religiosas eran las que menos riesgo corrían de ser inspeccionadas por las fuerzas paramilitares. Pese a esto, Ladany tenía el temor constante de ser descubierto al no saber ninguno de los rituales ni de las canciones clásicas del cristianismo.

No fue hasta 1944 que fue encontrado junto a su familia y enviado a Berger Belsen, un campo de concentración que había comenzado como uno de los campos de concentración más leves del ideario de Adolf Eichmann, el ideólogo de la Solución Final. Esto se debía a que su principal función era la de encerrar judíos para usarlos como moneda de cambio en intercambios por soldados alemanes que habían sido apresados en las derrotas que comenzaron a sufrir luego del fracaso de Stalingrado. Esto no quiere decir que su estadía fuese un paraíso: sufrió los tratos inhumanos que sufrieron todos los presos del régimen y hasta fue enviado a una cámara de gas, que pudo evitar gracias al indulto de un soldado que nunca terminó de entender

Seis meses tuvo que soportar la vida diaria del campo de concentración hasta que fue incluido en la lista de 1685 judíos que el propio Eichmann decidió liberar a cambio de un pago de mil dólares por cada uno. Todos los detenidos fueron enviados a Suiza, donde Ladany se asentó con la parte de su familia que no había sido enviada a Auschwitz hasta 1948 cuando, luego de la proclamación de un Estado por parte de la ONU, se mudaron a Israel.

Ya en un ritmo de vida mucho más normal y tranquilo del que se había acostumbrado durante su infancia, terminó la secundaria y se adentró en el mundo de la maratón. Pasaron unos años sin pena ni gloria en la disciplina cuando decidió dar el salto a las carreras de marcha de 50 kilómetros, 50 millas, comunes en Estados Unidos, y algunas de 75 kilómetros que, años más tarde, se extenderían a 100 para crear la categoría de ultra marcha. Gran parte de su devoción y éxito en este tipo de competencias se debió a su infancia ya que en las distancias largas el aspecto mental del atleta puede llegar a primar por sobre el físico y, según él, lo que tuvo que atravesar cuando era pequeño terminó siendo una ventaja ya que lo fortaleció psicológicamente.

 

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Y así fue como se empezaron a ver los resultados: comenzó su seguidilla de 28 títulos nacionales en Israel, rompió el récord estadounidense en las 50 millas en 1966 y en 1968 bajó su propio registro a 8:05:18. Ese mismo año participó en la marcha de 50 kilómetros en los Juegos Olímpicos de México  finalizando en la 24° posición a más de media hora de los puestos de podio aunque el valor de su actuación radicaba en que su preparación la había hecho sin entrenador y en distancias más largas, que requieren más consistencia y menor explosividad que en los 50 kilómetros.

Otro fue el cantar de cara a Múnich 1972: sus tiempos mejoraron considerablemente, se adjudicó el récord mundial de las 50 millas (7:44:07), el record nacional israelí en 50 kilómetros (4:17:07) que le daban credenciales para integrar el pelotón de los líderes y, si su ritmo el día de la competencia se lo permitía, pelear por un lugar en el podio. Nada de eso ocurrió ya que el 3 de septiembre Ladany estuvo lejos de su mejor tiempo histórico (4:24:38) y mucho más alejado de Larry Young, medallista de bronce en la prueba con un registro de 4:00:46. Su 19° lugar significó un golpe anímico fuerte para el israelí dado que llegaba en la mejor forma de su carrera a la cita olímpica.

Desafortunadamente, su participación en la marcha de 50 kilómetros no iba a ser lo más memorable para él y hasta para toda la delegación de Israel dado que dos días después tuvo lugar uno de los hechos más trágicos de la historia del olimpismo. El 5 de septiembre de 1972 miembros de la agrupación palestina extremista Septiembre Negro ingresó a los edificios 1 y 3 de la Villa Olímpica con el objetivo de secuestrar y usar de rehenes a la delegación israelí. A Ladany lo despertó uno de sus compañeros para mostrarle la sangre que se veía desde la ventana de su departamento y avisarle lo que estaba ocurriendo. Rápidamente los miembros que se encontraban en el edificio 2 saltaron por esa misma ventana y fueron caminando a paso rápido hasta el edificio 5 para avisarle al jefe de la delegación para que todos los atletas que no habían sido atacados pudiesen escapar. Aprovechó para despertar al entrenador estadounidense de atletismo Bill Boweman para que alertara a la policía alemana y también llamó a los Marines para que protejan a los atletas de su país. 

Mientras esto ocurría, uno de los terroristas vio a Ladany liderando al pequeño contingente de deportistas en la dirección contraria a la que venían ingresado a los edificios por lo que supuso que las fuerzas armadas estaban en camino y que tenían los minutos contados. Por eso decidieron salir con los 11 rehenes que habían capturado hasta ese momento y exigieron vehículos para transportarse hasta el aeropuerto de Múnich y, allí, un avión listo para despegar. Las fuerzas alemanas aceptaron el pedido ya que su plan era interceptarlos en su ruta al aeropuerto, algo que no terminó como ellos esperaban. Ante esta sorpresa, los terroristas asesinaron a los 11 rehenes, cinco miembros del grupo Septiembre Negro fueron abatidos y los otros tres capturados, aunque luego serían absueltos por la justicia de Alemania del Oeste para intercambiarlos por rehenes del secuestro del avión Lufthansa 615 ocurrido a fines de octubre de ese mismo año.

Ladany relata que no tomó consciencia de la gravedad de lo ocurrido hasta volver a Israel, donde una multitud recibió a los sobrevivientes de la delegación, incluidos amigos y familiares que lo abrazaron llorando de angustia. En el mismo avión trasladaron los cuerpos de sus 11 compañeros asesinados que recibieron el funeral que merecían ante los ojos de sus familiares, colegas y compatriotas. Años más tarde llegó a la conclusión de que la distribución de atletas lo benefició ya que en su mismo edificio, el 2, se encontraban sus compañeros de tiro Henry Hershkowitz y Zelig Shtroch, quienes podían tener sus rifles y municiones consigo en sus departamentos. Él supuso que los terroristas contaban con ese dato y que, por eso, ingresaron a los edificios 1 y 3 omitiendo el 2.

La Masacre de Múnich, como luego sería bautizada, llevó a una mayor rigurosidad en los protocolos de seguridad en Israel y en los viajes de funcionarios públicos al exterior y, en el plano deportivo, a tratar de desincentivar a sus atletas a competir fuera del país hasta que la situación se tranquilizara. Poco le importó esto a nuestro protagonista porque dos meses después se inscribió en el Mundial de 100 kilómetros en Suiza y hasta llegó a pelearse con los dirigentes deportivos de su país para que no le prohibieran participar de la competencia. Afortunadamente no hubo trabas administrativas por parte de sus compatriotas ya que volvió de Lugano con la medalla de oro al imponerse con un tiempo de 9:31:00.

La de Múnich fue su última experiencia olímpica. Luego del horror de esos Juegos se dedicó exclusivamente a las marchas de larga distancia continuando su dominio en Israel y extendiéndolo a los Juegos Macabeos y a las competencias en Estados Unidos, donde en 1976 se convirtió en el primer atleta en ganar el American Open y el American Masters -evento de 75 kilómetros en ese momento- en el mismo año. Como si eso no le bastara, repitió la hazaña en 1977 1981, ya con ambas competencias adaptadas a la modalidad de 100 kilómetros.

Los años pasaron y él no dejó de caminar: con más de 70 años se jactaba, orgullosamente, de caminar al menos 15 kilómetros al día y en su cumpleaños marchar la misma cantidad de kilómetros que su edad. Continuó esa tradición de forma ininterrumpida pese a haber pasado por el quirófano para una cirugía de bypass cuádruple y haberle ganado al cáncer hasta 2020 cuando, debido al coronavirus, no pudo caminar 84 kilómetros al igual que en 2021 no pudo marchar 85 km.

Su historia es muy conocida en Israel por todo lo que significó su supervivencia, sumada a su historia personal en Alemania. De hecho, en 2012 sus compatriotas apoyaron su repudio a la negativa del Comité Olímpico Internacional de realizar un minuto de silencio en la ceremonia de apertura de Londres 2012 para conmemorar los 50 años de la tragedia. “No lo entiendo y no lo acepto”, fue la frase que utilizó Ladany, la misma que fue utilizada en Twitter para criticar la decisión del entonces presidente del COI Jacques Rogge. Palabras fuertes sobre alguien que es palabra más que autorizada para hablar del hecho.

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Me declaro ferviente enemigo del monopolio del fútbol en los medios e impulsor de historias polideportivas. También soy fanático del olimpismo, su espíritu por lo que creo que hay que contarlo y difundirlo todos los días, no cada cuatro años.

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