viernes, 7 junio, 2019
Banner Top

El calor abrumante no molestaba a los venidos desde la lejana Tahití, ya que estos muchachos estaban acostumbrados a vivir con los rayos inundando su piel morena. Pero si que hubo algo que los sorprendió: lo que se generaban a su alrededor, con gente de todas las nacionalidades vitoreando por ellos, unos desconocidos para el mundo. Eran la Cenicienta, la sorpresa más grande vista en una Copa Confederaciones. Eran la Selección de Fútbol de Tahití

No era un partido más el que tendrían por delante, por más que nadie le diera la trascendencia necesaria. Pero no importaba. Ellos habían llegado a Brasil con mucho sacrificio. Estaban pisando el mismísimo césped del estadio Mineirao, y no querían dejar pasar la oportunidad de quedar en la historia.

Ellos, desempleados, banqueros, auditores financieros, profesores, estudiantes y hasta un jugador profesional, son como ti, como mi, como el resto del mundo: les fascina el fútbol, adoran tener a la número cinco bajo sus pies, pero, como le pasa al resto de los mortales  no pueden vivir de el, aunque su liga sea semi-profesional.

Pero estos jugadores ya habían sorprendido al mundo al ganar la Copa de las Naciones de Oceanía. Justo ellos, que ni siquiera representan a un país, sino a la isla más grande de la Polinesia Francesa (y que no llega a los 200 mil habitantes).

Ante esos grandotes, dotados y súper profesionales futbolistas de piel negra vestidos de blanco llamados Nigeria no estaba la que se suponía que debía comparecer, Nueva Zelanda. No, estaban ellos, menuditos, calladitos, sin tanta técnica pero si con un espíritu inquebrantable. Ellos, los vestidos de rojo con vivos blancos, representan a la selección de Tahití, potencia en el beach soccer pero ignota cuando se cambia la arena por la hierba.

El objetivo estaba más que claro: ir a disfrutar. Vaya a saber cuando estos chicos volverán a vivir jornadas así. Por una vez en la vida iba a poder contarle a sus hijos, a sus nietos, a todo un pueblo, que no solo se enfrentaron a los neozelandeses, a las Islas Salomón o a Nueva Caledonia, sino a tres campeones continentales, dos de ellos campeones del mundo, ni más ni menosmenos: Nigeria, España y Uruguay.

¿Cuántos amateurs, cuántos que aman jugar a la pelota, no les gustaría estar en sus zapatos en ese histórico 17 de junio del 2013?

Pero los tahitianos no salen solos al verde césped: son el alma futbolística, la esencia del juego, y llevan en sus pies las ilusiones de más de 250 millones de amateurs que hay en el mundo. Son amantes del balón, de jugar para divertirse.

Los once que salen al Mineirao no viven en fastuosas mansiones, no salen con súpermodelos y ni siquiera cuentan con representantes que prometen sueños y roban billeteras. Ellos juegan, pero el fútbol no les da de comer.

El salvadoreño Joel Aguilar da el pitazo inicial y, de repente, caen en el arco del pobre Xavier Samin el primero, el segundo, el tercer gol en contra…nada fuera de lo común, al fin y al cabo.

Las apuestas están en su contra y los Toa Aito solo quieren divertirse, aunque también no desean sufrir en demasía. Entienden que no están allí para ganar, sino para cumplir una meta, un deseo, un anhelo: irse por lo menos con un gol de vuelta a disfrutar de las olas y el viento de su paradisíaca isla.

Y entonces llega el mágico mínuto 54: córner para Tahití, y hacia allí va Marama Vahirua, el único futbolista profesional del plantel (juega en el fútbol griego, y la palabra “profesional” se refiere más a un modo de vida sano que a los millones que gana cualquier jugador del montón hoy en día), con paso cansino, viendo las gradas llenas de almas que gritan por ellos, los desconocidos. Va con un pálpito en su corazón, con esa sensación que solo tienen los que saben que después de realizar una jugada entrarán en la historia. Su centro pasa a todas las camisetas blancas, y parece que se va a escapar por el segundo palo…pero no.

Allí, en medio de gigantes africanos, salta más alto que ninguno Jonathan Tehau, quien mete un testarazo impresionante para batir la valla rival. Paradojas de la vida: Tehau, que viajó junto a sus hermanos Lorenzo, Alvin y Teaonui (quienes no fueron a alentarlo, sino a jugar junto con él), logró lo que Lionel Messi no pudo en el Mundial de Sudáfrica: vencer a Vincent Enyeama.

Acto seguido -y embriagados de emoción- los tahitianos le mostraron al mundo su tradicional festejo: el de la palada.¿Por qué hacen esto? Vahirua, alejado de su tierra por el fútbol (y que luego de este torneo decidiría retirarse por considerar que este torneo era el pináculo de su carrera) lo comenzó a utilizar en Grecia para sentirse cerca de los suyos, acostumbrados a la pesca y el remo.

Y ahora logró hacer que todos juntos lo hagan, para que el mundo conozca que ellos, los amateurs, los amantes del fútbol, han remado tanto que llegaron hasta Brasil para disfrutar, que los sueños son posibles si se pelean por ellos. Y no solo eso, sino que han quedado en la historia por un cabezazo de Jonathan, quien es repartidor de golosinas. Y la más dulce se la guardó para regalársela a su pueblo.

Tags: , , , , ,
Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

Related Article

0 Comments

¿Qué te pareció la nota?

A %d blogueros les gusta esto: