domingo, 9 junio, 2019
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Waltzing Matilda es una canción que significa mucho para el pueblo australiano, siendo un tema tan arraigado allí que hasta fue propuesto en su día como himno nacional. Escrita en 1895 por el poeta nacionalista Andrew Barton Paterson, cuenta la historia de un vagabundo que, sufriendo de una intensa hambre, decide cazar una oveja -que tomaba agua cerca de él- para poder saciar su necesidad. Cuando el terrateniente del lugar se enteró de esta pérdida, llamó de manera urgente a la policía para que capturen al ladrón, pero este prefirió suicidarse antes que irse con la autoridad. Este es un canto que vanagloria a los pobres, quienes se ven oprimidos por un estado autoritario que defiende a los ricos en vez de tomar en cuenta las necesidades de los que sufren desprotección.

El que la gente haya nombrado a la selección australiana femenina de fútbol como las “Matildas“, entonces, termina por convertirse en una gran justicia poética: ellas, las marginadas, las sin voz, las alejadas territorial y futbolísticamente de esas ricas naciones occidentales, finalmente se hartaron y dijeron basta. El primer paso que tuvieron que dar fue sencillo: salir como federación de Oceanía para incorporarse a la más competitiva Asia, en donde comenzarían a luchar por las plazas mundialistas ante naciones tales como China, Japón o las dos Coreas, lo que les dio un salto de calidad. Luego, se propusieron hacer algo mucho más grande para sostenerse en este continente: preparar un proyecto en el que la federalización fuera la clave, captando niñas de distintas provincias con el fin de conseguir crecer en el mediano plazo.

El éxito de estas medidas fue evidente desde el principio: en los últimos tres mundiales lograron clasificarse hasta los cuartos de final (cuando en los tres anteriores no solo no habían pasado de la fase de grupos, sino que tampoco habían conseguido ganar), consiguiendo en el camino la Copa Asiática del 2010; además de lograr encontrar, gracias al plan de captación, a talentos de la talla de Steph Catley, Emily van Egmond, Tameka Yallop, Alanna Kennedy, Caitlin Foord o Sam Kerr.

El caso de Samantha May Kerr es especial. La nacida el 10 de septiembre de 1993 en East Fremantle (un suburbio de Perth) no le había regalado sus primeros años al fútbol como sucede con muchas cracks. Su padre (Roger) y su hermano mayor (Daniel) eran jugadores de football australiano, y la por entonces pequeña Sam se había emocionado tanto con aquel deporte que comenzó a jugarlo de manera regular -siempre con chicos- hasta la edad de 12 años, cuando volvió un día a casa con un ojo morado. Ella aceptó la sugerencia de su progenitor de pasarse a una disciplina menos violenta (nuestro amado fútbol), aunque lo de mala gana, pero eso no le impidió hacerse popular en muy poco tiempo.

Tom Sermanni (quien fuera el seleccionador de las Matildas desde el 2005 hasta el 2012), no solo fue la persona que planificó este proyecto de búsqueda y perfeccionamiento de nuevos talentos, sino que también puso las bases de la W-League, la liga profesional australiana, la cual dio inicio en el 2008. Kerr tenía apenas 15 años cuando fue inscrita en las filas del Perth Glory para competir en el primer torneo, pero desde ese mismo momento comenzó a hacer historia, convirtiéndose en una delantera con un hambre tan voraz como el que tuviera el vagabundo de Waltzing Matilda.

Kerr divide, desde entonces, su tiempo en tres lugares distintos: una parte del año juega en la liga local (con el Perth Glory) y otra se la pasa en la NWSL norteamericana, ya que el calendario australiano hace que las jugadoras tengan tiempo para emigrar hacia otras ligas, siendo la gran potencia del fútbol femenino el lugar elegido; además, claro está, de ser el arma fundamental de la selección aussie. Pero los cambios no frenan su letalidad con el balón, sino todo lo contrario: ella, con apenas 25 años, ya es la máxima goleadora de ambos certámenes. Asimismo, se encuentra cerca del récord goleador de su compañera Lisa de Vanna en las Matildas, aunque nadie duda de que prontamente también se quedará con dicha marca.

Por su parte, Kerr es una intensa promotora de la diversidad cultural en su país, ya que su padre es indio-australiano, por lo que sabe lo que se siente ser discriminada. Aunque también se ha convertido en un estandarte del feminismo, dedicando sus logros a todas las mujeres, animándolas a buscar sus sueños dentro de una sociedad todavía machista como lo es la oceánica.

Pero si algo le faltaba a la mejor cabeza de Australia dentro de sus gestas era el hecho de no haber podido convertir nunca en una Copa Mundial de la FIFA, un trauma enorme para ella. ¿Cómo era posible que semejante bombardera se hubiera quedado en el dique seco en los dos torneos que había disputado con anterioridad? Increíble pero real, esto era cierto, y era por ello por lo que el encuentro ante Italia tenía cierto morbo, ya que todo el mundo esperaba poder ver su espectacular vuelta carnero en el Stade du Hainnaut de Valenciennes.

La defensora Sara Gama la venía marcando bien durante los primeros minutos del encuentro, llegando a poner dudas en los espectadores. ¿Sería hoy? ¿Tendríamos que esperar más para ver a una de las mejores jugadoras del mundo convertir? Sin embargo, a los 22´ le convirtió una falta que significó amarilla para la jugadora de la Juventus y penal para Australia. Ella se paró mirando de manera confiada a la portera Laura Giuliani. De repente el destino le dejaba en bandeja de plata su oportunidad para meterse en la gloria. Sam fue, disparó…pero no. La cancerbera de la Vieja Señora se lanzó hacia su derecha y le atajó el disparo de la delantera, aunque, finalmente, terminaría dando un rebote al medio que favorecería a la número 20, quién solo tuvo que darle una pequeña caricia al balón para que este termine dentro de las mallas. ¡Por fin se había cortado la larga maldición!

Si bien Italia concluiría llevándose de manera sorpresiva el encuentro, ya el simple hecho de saber que Kerr puede convertir en un Mundial puede terminar por asustar a las demás rivales. A veces un tropiezo sirve para bajarse del pedestal y trabajar más buscando ser mejor. Y las oceánicas quieren, de una buena vez, demostrarles a las ricas occidentales que ellas no tienen miedo de robarle su oveja, o sea, la Copa Mundial.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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