viernes, 7 junio, 2019
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Hagamos el Mundial acá, total que nos va a pasar, si nadie viene a ver voley”. Quizás nadie dentro de la Junta Militar dijera estas palabras en voz alta, pero seguro que para muchos ese debió de ser uno de los pensamientos más recurrentes que tuvieron antes de que les confirmaran la sede mundialista. La Guerra de las Malvinas había terminado el 14 de junio y los dictadores comenzaban a ver como iban surgiendo las grietas que terminarían por decantar en elecciones democráticas un año más tarde. Pero lo que se iba a disputar en la Argentina no era un torneo masivo como lo fuera el Mundial de Fútbol de 1978, sino uno de voley, deporte que no era, en aquellos días, tan popular. Sin dudas, el certamen debía disputarse en el país para mostrarle a la sociedad -y al mundo- un clima de “normalidad” luego de la experiencia traumática de la guerra, aunque los gobernantes no sabían que, en realidad, le habían dicho que sí a un campeonato en donde la gente podría demostrar todo lo que llevaba guardado dentro suyo durante tantos años.

Ese 1982 ya era un año complejo para la Argentina más allá del conflicto bélico. Había problemas económicos, sociales, políticos, una cifra aun desconocida de muertos y desaparecidos; aunque la derrota ante Inglaterra provocó que las personas comenzaran poco a poco a salir de nuevo a las calles, algo que tenían vetado. Pero el voley no era un deporte muy popular por aquellos días, e incluso los encuentros más atrayentes no superaban los 2.000 espectadores. De hecho, aun no existía siquiera una Liga Nacional, algo que recién vería la luz en 1995. Por eso no había un clima de preocupación por parte de las autoridades del país.

La confirmación de la realización del certamen por parte de la Federación Internacional de Volleyball (FIVB) se recibió apenas dos meses y medio antes de la inicio del mismo, que recibiría a 24 seleccionados de todo el mundo –todos trajeron a sus figuras, a pesar de saber lo que ocurría en la Argentina-, incluyendo a una albiceleste que se estaba preparando de manera intensiva, con giras por Taiwán, China, Corea, Japón, Estados Unidos, México y Europa (esa fue la más extensa, con 48 partidos en 64 días, y donde los dirigidos por el coreano Young Wan Sohn solo tenían para utilizar dos camisetas y dos pantalones cada uno, demostrando la precariedad en la que se encontraban).

Hugo Conte, elegido como uno de los mejores ocho jugadores de la historia del voley mundial, contó en el documental “La Argentina Olímpica” que “perdíamos, perdíamos y perdíamos”, pero que le creían al técnico cuando, en su pobre español, les decía que iban a llegar en óptimas condiciones.

Al no haber un torneo nacional la Selección tenía prioridad al 100%, es por ello que, para prepararse, el plantel estuvo unido casi como si fuera un club. Sohn, al someter al plantel a un riguroso entrenamiento y al agotador viaje por el globo, buscó que sus muchachos aprendieran a automatizar sus movimientos, porque la técnica -decía- ya la tenían. Pero, aún sin haber obtenido los mejores resultados en la previa, el público igual se iba a volcar directamente a las canchas para seguir a un seleccionado que apenas había disputado dos Mundiales en toda su historia (1960 y 1978).

Era una base muy joven la que representó a la Argentina en este torneo. El plantel estaba formado por Carlos Getzelevich , Daniel Castellani , Esteban Martínez , Enrique Wagenpfeild , Gabriel Solari , José Puccinelli , Hugo Conte , Waldo Kantor , Raúl Quiroga , Jon Uriarte , Alcides Cuminetti , Leonardo Wiernes , Daniel Colla y Alejandro Diz, donde los “mayores” fueron Wagenpfeild y Solari, que apenas contaban con 25 años. El resto provenía de una camada juvenil que había logrado desbancar a Brasil en el Sudamericano juvenil en dos ocasiones (1978 y 1980) y que habían salido quintos en el Mundial de la categoría en 1981.

“Desde el primer partido la gente se hizo sentir, el entrar en el debut en Rosario, frente a Túnez, con el estadio repleto y miles de papeles volando fue impresionante. Además, al estar en un tiempo tan cercano al final de la Guerra de Malvinas, se notaba la necesidad del pueblo por estar juntos, por cantar y gritar contra un régimen militar que se encontraba debilitado. Cuando escuché ‘el que no salta es militar’, se me puso la piel de gallina, hubiese saltado y gritado si no estaba jugando el partido”, explicó Solari, que a partir de allí comenzó a internarse más en la situación que vivía el país.

“En esa época la juventud estaba muy desinformada. Estábamos inmersos en una competencia deportiva que se disputaba en casa y desgraciadamente no teníamos un gran conocimiento sobre lo que ocurría alrededor. Seguramente, si hubiéramos sido conscientes del desastre que estaba pasando nos hubiera afectado en el resultado. Con la gente sucedía lo mismo, el festejo de las 20.000 personas hubiera sido diferente”, agregó el armador, mostrando que no eran muchos los que sabían sobre el horror que se vivía en el país.

Pero, como bien expresó Ezequiel Fernández Moores en la nota “cuando todos saltábamos”, el público no solo alentó a los jugadores, sino que se manifestó abiertamente en contra de los militares, algo inédito y que ni siquiera en el fútbol se había vivido. A “¡el que no salta es un militar!” se le sumaron otros cánticos como “¡se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!”, además de silbar cada vez que se nombraba por los altoparlantes la presencia de un miembro de la junta. La jugada, sin lugar a dudas, les había salido mal a los dictadores.

Además, lo que se esperaba fuera un campeonato corto para el local se convirtió en una muestra de buen juego, destreza, mentalidad y valentía que decantaron en un histórico arribo a semifinales, luego de finalizar segundo en la primera fase por detrás de Japón (medalla dorada en los JJOO de Munich en 1972) y tras terminar, también por detrás de los nipones, en la segunda fase, en donde el conjunto comandado por el surcoreano Sohn logró vencer a sus cuatro rivales, entre los cuales se encontraba la propia Corea del Sur, cuarta en el Mundial anterior, y Alemania Oriental, campeona del torneo en 1970.

La Argentina de los “pibes” no podría ante la Unión Soviética en las semifinales, pero eso no extrañó a nadie, ya que los soviéticos traían tras de si nada menos que cinco campeonatos mundiales y tres medallas doradas en los Juegos Olímpicos, siendo, además, los últimos campeones de ambos certámenes. Pero el 15 de octubre la albiceleste se cobraría su justa venganza ante Japón para ganar, nada menos, que la medalla de bronce. Sin dudas fue un momento de éxtasis tanto para los jugadores como para el público, que necesitaban con urgencia un poco de felicidad luego de tanto dolor.

Este campeonato fue un punto de inflexión para dos cuestiones importantes: primero y principal, para que la sociedad se volcara en masa en repudio de una gestión que ya comenzaba a tener poca fuerza; tanto fue así que al año siguiente cederían su lugar de nuevo a la democracia, para no volver a recuperar su poder en la Argentina jamás, por más que durante aquella década volvieran a intentarlo. Y, por otro lado, fue el punto de quiebre definitivo para una generación que no solo terminaría en el tercer lugar en el Mundial, sino que además lograrían quedarse con su primera -y hasta ahora única- medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl en 1988. Gracias a ellos –hoy la mayoría son entrenadores prestigiosos, incluso varios han dirigido a la Selección Nacional- la Argentina se involucró en la élite del voley, iniciando el proceso que decantaría con los años en la creación de la Liga Nacional, la mejora de los estadios, la televisación y seguimiento masivo de los torneos y hasta el tener jugadores que se han hecho habituales en las grandes ligas mundiales. La unión entre jugadores, cuerpo técnico e hinchas en 1982 fue para alcanzar sus objetivos fue fundamental para esto.

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Juan Pablo Gatti
Me estaba por retirar del periodismo -no iba a ser una gran pérdida la verdad- pero TLB apareció para salvarme la vida. Escritor de corazón, podcastero amateur y contador de historias por vocación. Orgulloso del equipo que supimos formar y deseoso por seguir creciendo en este mundo tan competitivo.

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