jueves, 1 octubre, 2020
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Por Alberto Doblaré (@fcunion_es)

 

Este 2020 se cumple 30 años de la Reunificación Alemana. Durante estas tres décadas ha habido luces y sombras en un proceso mucho más complejo de lo que parecía y en el que todavía, a día de hoy, se tienen que superar muchos obstáculos tanto económicos como sentimentales para poder decir que el Muro de Berlín ha caído definitivamente. La Ostalgie, (nostalgia del Este) sigue muy presente en gran parte de la sociedad de la antigua RDA y, sumándonos a la memoria de este país desaparecido pero a su vez inmortal para muchos, queremos recordar la historia de su selección nacional de fútbol.

 

 

Creando un equipo nacional de la nada

Desde los años 50´, el Régimen comunista de la RDA tuvo en claro que el deporte era una de las mejores formas de mostrar el potencial del país. La inversión en centros de alto rendimiento, la educación en el esfuerzo y como a posteriori se supo, la ayuda del dopaje, fueron la clave de que Alemania Oriental se convirtiera en una potencia mundial, como se comprobó en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976 y Moscú 1980, donde fueron los segundos del medallero solo por detrás de la Unión Soviética. Sin embargo, el fútbol no fue considerado una prioridad en sus inicios y la selección se formó con los jugadores que mejor representaban el espíritu comunista, sin importar demasiado su calidad dentro del rectángulo de juego.

Todo cambió con la victoria de Alemania Occidental en el Mundial 1954, un triunfo que se celebró no solo en el Oeste del país sino que los propios ciudadanos Ossis sintieron “El milagro de Berna” como suyo. El Régimen se puso manos a la obra y decidió que si su pueblo quería fútbol, iban a intentar darle el mejor posible contando con los mejores jugadores de Alemania del Este. Y los resultados no tardaron en llegar.

Tras no haberse ni planteado participar en el Mundial de Suiza, cuatro años después Alemania del Este se enfrentaba a su primera clasificación mundialista. El 19 de mayo de 1957, el Zentralstadion de Leipzig se llenó con más de 100.000 espectadores (cuentan que hubo medio millón de entradas solicitadas) para ver el duelo contra Gales. Los locales consiguieron una meritoria victoria por 2-1, la primera de su historia y comenzaban con muy buen pie el grupo en el que aparte de los británicos estaba Checoslovaquia. Fue solo un espejismo, ya que perdieron el resto de partidos y se quedaron sin fase final. Una circunstancia que se repitió en las posteriores ediciones hasta 1974, precisamente el Mundial que se jugaba al otro lado del Muro de Berlín, en el país de sus mayores enemigos en aquel momento de Guerra Fría, la República Federal Alemana.

 

 

El gol más político de los Mundiales

La RDA, por fin, conseguía superar la ronda previa y se metía por primera (y última) vez en la fase final de un torneo de selecciones. Para ello tuvo que hacer una clasificación casi perfecta con cinco victorias y una sola derrota, dejando fuera a Rumanía.  El azar quiso que el partido del morbo -el duelo entre las dos Alemanias- se disputara en la primera fase de la competición, un choque que trascendía lo deportivo y era una batalla política de 90 minutos. Pero para llegar a él primero ambas selecciones debían medirse a Chile y Australia. Los anfitriones vencieron los dos duelos mientras que los Ossis no pudieron pasar del empate ante los sudamericanos en un escenario muy simbólico, el Olympiastadion en Berlín Oeste.

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Y llegó el día. El 22 de junio de 1974, en el Volksparkstadion de Hamburgo, la RDA y la RFA se enfrentaban en uno de los partidos más míticos del siglo XX. Alemania Occidental contaba en sus filas con varios de los integrantes del Bayern que meses antes levantaron la Copa de Europa como Beckenbauer, Müller o Hoeness, mientras que en el bando Oriental los jugadores tenían menos nombre ya que todos jugaban en la modesta DDR Oberliga. Pero en aquellos 90 minutos se comprobó que los Ossis estaban ante el partido de sus vidas y no fallaron. Un solitario gol de Sparwasser en la segunda mitad dio el triunfo a la República Democrática Alemana, que provocó un terremoto en el torneo tras su inesperado golpe en la mesa.

Por desgracia, la victoria y el liderato de la RDA no sirvió para que tuvieran una segunda fase más sencilla, sino para todo lo contrario. Brasil y Argentina hicieron una primera ronda muy floja quedando como segundos de grupo a los que había que sumar a la Naranja Mecánica de Cruyff, que venían arrasando: el campeón del Mundial anterior, el que vencería en el torneo siguiente y el “equipo de moda”, un grupo al que solo se le puede denominar como el de la muerte.

 

Las derrotas contra Brasil y Holanda dejaron a los del Este sin opciones y ni siquiera el punto contra los argentinos sirvió para irse contentos del torneo. La sensación de que el equipo tenía potencial para llegar más lejos siempre quedó en el ambiente… Por el otro lado del cuadro, Alemania se jugó el pase a la final con una correosa Polonia, a la que acabaron venciendo por 1-0 logrando el pasaporte para el duelo definitivo en el Olímpico de Munich.

Todas las apuestas daban como favorito a la Holanda dirigida por Rinus Michels, que llegaba imbatida. Más aún tras el gol de Neeskens en el minuto 2, de penalti por derribo a Cruyff. Pero el gen competitivo alemán salió cuando más lo necesitaban y los tantos de Breitner y Müller dieron la vuelta al marcador. La Naranja Mecánica pasó a la historia por su juego pero los alemanes alzaron la Copa. Supongo que nadie se acordó en aquel momento del partido en Hamburgo de semanas antes, que para los Beckenbauer y compañía quedó como una simple piedra en el camino a la gloria…

 

 

El secreto del Bloque del Este en el fútbol Olímpico

Como hemos comentado anteriormente, los Juegos Olímpicos eran una oportunidad de oro para la RDA y, por extensión, para todos los países más allá del Telón de Acero para mostrar sus bondades al mundo. En la disciplina de fútbol, las reglas les vinieron perfectas para consolidar su hegemonía. Para no eclipsar al Mundial de fútbol, a partir de 1952 se decidió que en las Olimpiadas solo pudieran jugar futbolistas amateurs, una medida que se mantuvo hasta Moscú 1980. De las 24 medallas que se otorgaron en este período, solo tres fueron para selecciones que no venían del Este de Europa. Dos bronces (Suecia en el 52´ y Japón en el 68´) y una plata (Dinamarca en Roma 1960).

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¿A qué se debía esta tremenda superioridad de Bloque del Este? A una pequeña laguna legal… Como en los países comunistas la mayoría de clubes pertenecían al Estado, sus jugadores no cobraban un sueldo de un club ni de una empresa privada, si no que se les podría considerar funcionarios. Así que según sus contratos esquivaban las normas del profesionalismo y podían jugar como amateurs. Los mejores jugadores de Yugoslavia, URSS, Alemania Oriental o Polonia, entre otros, lideraban a sus selecciones, algo que en el resto del mundo capitalista no tenían permitido.

Ésto provocó que los mejores resultados deportivos del fútbol en la RDA se dieran en los Juegos Olímpicos. En 1964, ambas Alemanias todavía participaban como una en la competición. Para decidir qué selección representaba al país -ya que se decidió que no se mezclaran los jugadores- se disputó una eliminatoria a doble partido en el que los Ossis golearon en la ida, asegurando su pase. En el torneo Olímpico quedaron en tercera posición, logrando una medalla de bronce que aunque en los libros de historia se considera de Alemania Unificada, fue ganada por la selección de Alemania Oriental.

Pero aquella medalla fue solo el inicio de una época de gloria en la que obtuvieron un nuevo bronce en Munich 1972, venciendo a la Alemania Federal en la primera fase; la plata de Moscú 1980 y, por encima de todos ellos, el histórico triunfo en Montreal 1976. Un oro muy deseado tras vencer en la final a Polonia por 3-1. Muchos de los jugadores que dos años antes habían participado en el Mundial de Alemania, se sumaron a la selección olímpica y consiguieron el título más importante del fútbol de la República Democrática Alemana.

 

 

El adios más cruel de la selección de Alemania Oriental

El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín con una mezcla de alegría e incertidumbre para los ciudadanos de la RDA, que no sabían cómo esto iba a afectar en sus vidas. Alejada de la capital, la selección nacional vivió aquel día histórico en las instalaciones de la Escuela de Deporte de Leipzig, donde preparaban el partido contra Austria que podía suponer la clasificación de los Ossis para el Mundial 90.

Seis días después, la selección se encontraba en Viena para disputar el partido de sus vidas pero todo había cambiado. Los jugadores estaban en estado de shock y la presencia de decenas de representantes de clubes de la Bundesliga no ayudó a tranquilizarles. La libre circulación con el Oeste fue una oportunidad para los conjuntos de Alemania Occidental, que se apresuraron a intentar fichar a las estrellas de la DDR Oberliga sin ni siquiera esperar a que concluyeran aquel duelo tan importante. Llegó hasta tal extremo, que un emisario de un club de primer nivel se coló en el banquillo durante el partido para negociar un contrato in situ.

En aquellas circunstancias, era lógico que los jugadores no tuvieran la cabeza en el encuentro y, aunque solo necesitaban un empate para clasificarse para el Mundial, terminaron cayendo por 3-0, con un hattrick de Anton Polster. Como dijo el seleccionador de la RDA, Eduard Geyer, “la caída del muro sucedió demasiado pronto, podía haber sido tras el partido”. En el cúmulo de lo absurdo, años más tarde se descubrió que el entrenador había sido durante muchos años espía de la Stasi…

Aquel sería el último partido oficial de la selección, pero la reunificación con Alemania no llegaría sino hasta octubre de 1990, casi un año después, por lo que el equipo siguió jugando varios amistosos, entre ellos una visita a Brasil donde empataron a tres en un partidazo contra los Taffarel, Careca, Dunga, Bebeto o Mazinho, muchos de los que cuatro años más tarde se proclamarían campeones del mundo en Estados Unidos.

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Sin saber cómo se iban a suceder los hechos, la RDA entró en el bombo de la clasificación para la Eurocopa 1992 de Suecia en un grupo en el que también estaba Alemania Occidental. El destino siempre tan caprichoso… El primer partido era contra Bélgica en septiembre y pocos días antes del partido se confirmó que la reunificación estaba a punto de oficializarse, por lo que como no dio tiempo a cancelarlo, se decidió que se jugara un amistoso. Más de 20 jugadores de Alemania Oriental declinaron la invitación poniendo diferentes excusas, aunque lo cierto es que la mayoría de ellos no quería poner en riesgo su futuro en la Bundesliga por una lesión en un partido intrascendente de un país que estaba a punto de desaparecer.

Uno de los que sí viajó a Bruselas fue Matthias Sammer, la joya de la selección. Al ver que tantos compañeros suyos fallaron, intentó buscar un vuelo para volver a Stuttgart, la ciudad de su nuevo club, pero al no encontrar combinaciones se quedó y acabó disputando el encuentro. La RDA venció por 0-2 con un doblete del futuro Balón de Oro, que al final del choque confesó que se alegraba de no haber encontrado vuelos y de haber ayudado a poner la guinda a la historia de su selección.

Esta guinda tendría que haber sido un poquito más tarde ya que se pensó que las dos Alemanias sustituyeran también el partido de clasificación de noviembre por un amistoso en Leipzig. La violencia de los ultras de Alemania del Este en los meses previos desaconsejó que se disputara un partido cuando todavía quedaban mucha heridas abiertas entre ambos lados de Alemania. La RDA había acabado su aventura, pero hasta ocho jugadores que defendieron la camiseta Ossi siguiendo su carrera internacional con la Alemania unificada, destacando entre ellos Ulf Kirsten y Matthias Sammer, que superaron los 50 partidos con la Mannschaft.

 

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