lunes, 10 junio, 2019
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Afortunadamente, la grandeza en el fútbol no siempre se logra a base de talonario. En ocasiones, la magia del balón se desplaza hasta los lugares más humildes, alejados de los grandes focos, para ilusionar y alegrar las vidas de los aficionados de aquellos clubes modestos que, por un instante, pueden hacer realidad sus sueños; desafiar a Goliat sabiéndose David y alcanzar una gloria que perviva eternamente en el recuerdo. Eso fue lo que consiguió la U.D. Salamanca durante la temporada 1997/1998.

Sin embargo (y a pesar de quedar instalada para siempre en los corazones charros) la campaña no arrancó de la forma esperada. El Salamanca, que había logrado recuperar la categoría -apenas una temporada después de perderla- de la mano de Andoni Goikoetxea y de jugadores de la talla de GiovanellaDesioBarbará y unos jovencísimos Míchel Salgado y Pauleta (Trofeo Pichichi con 19 goles) , más las incorporaciones de futbolistas tan experimentados como PavlicicStelea o Lanna, no conseguía carburar. La directiva no quería volver a pagar la novatada y tras la experiencia del descenso a Segunda en la 95/96 y el presidente, Juan José Hidalgo, decidió prescindir del técnico que hacía unos meses había devuelto al club a la máxima categoría. La derrota en Mérida ante un rival directo supuso el detonante definitivo para la destitución de Goikoetxea, que curiosamente fue reemplazado en el cargo por otro vizcaíno y ex del Athletic Club, Txetxu Rojo.

 

La épica del Salamanca

El cambio de entrenador supuso un fantástico estímulo para una plantilla que comenzó a rendir a un nivel hasta el momento desconocido y de esta forma se empezó a gestar la leyenda de matagigantesTodo comenzó con un empate de prestigio en el Vicente Calderón y continuó con la toma de Mestalla y la imponente goleada en casa ante el Deportivo de la Coruña de los Fran, Donato, Mauro Silva y compañía.

Para cerrar la primera vuelta, la Unión recibía al todopoderoso F.C. Barcelona en un abarrotado Helmántico. La magia y la mística de la noche de Reyes, esa en la que los deseos y las ilusiones se hacen realidad, iba a regalar a todos los presentes momentos antológicos. La remontada en los últimos 10 minutos de partido, tras ir perdiendo 1-3 ante los Rivaldo, Luis Enrique, Figo y De la Peña, entró inmediatamente en los libros de memorias de la entidad salmantina y el recuerdo de esa noche es una historia que, relatada como un cuento inverosímil, aún hoy sigue pasando con orgullo de generación en generación, de mayores a pequeños.  Los goles de César Brito y Silvani desataron la locura colectiva de una estremecida y desatada hinchada cuyos gritos de felicidad aún hoy pueden escucharse en el feudo salmantinista como un eco que resuena en la eternidad.

Sin embargo, ésta no sería la última noche de éxtasis a orillas del Tormes. La primavera trajo consigo dos nuevas gestas al alcance tan sólo de unos pocos elegidos. En la primera, el conjunto charro logró ensombrecer los cuatro tantos de Vieri en la visita de un Atlético de Madrid que se llevaría a la capital un doloroso 5-4, en el que Popescu con un hattrick y Edu Alonso con un gol en el último suspiro serían coronados como héroes. Tres semanas después, Salamanca volvería a su rutinaria locura con una nueva exhibición, un recital demencial que culminó en un aplastante 6-0 ante el Valencia de Mendieta y el Piojo López. Pero lo mejor, por imposible que pareciera, aún estaba por llegar.

Se alcanzó la última jornada y, a pesar de los fantásticos resultados ante los grandes, el fantasma del descenso acechaba peligrosamente, siendo que la salvación pasaba por una improbable victoria en casa del Barça campeón. Pero, en una temporada en la que la magia había acudido fiel a todas las citas del Salamanca en cada duelo ante los más poderosos, no podía faltar una última machada para redondear un año inolvidable. Aquel histórico 1-4 y los goles de Pauleta coparon todas las portadas al día siguiente, las cuales se hacían eco del brutal partido realizado en el Camp Nou y en el que sellaron una permanencia que 90 minutos antes del inicio del partido se antojaba imposible.

Desgraciadamente, aquella que fue, probablemente, la mejor noche en la historia de la institución, fue también su última gran noche. Lentamente, el proyecto fue muriendo de éxito. Los directivos perdieron el control de la situación, la inversión en fichajes fue mucho más allá de lo que una entidad tan humilde podía soportar y las decisiones en los despachos y las deficientes planificaciones deportivas se terminaron sintiendo sobre el césped. La gloria, las alegrías y los momentos de celebración desaparecieron para dejar únicamente espacio a la desesperación, angustia y llanto. El descenso a Segunda división fue la antesala de aquello que ningún amante del fútbol querría contar jamás.

En 2011, la UDS cayó a ese pozo sin fondo y cruel que es la Segunda división B y, tras dos temporadas agonizando y desangrándose, las deudas terminaron provocando el fatal desenlace y la disolución y desaparición del Salamanca en junio de 2013, acabando con una entidad que contaba con 90 años de historia y dejando un vacío imposible de llenar a todos aquellos aficionados que alguna vez quebraron sus gargantas en El Helmántico apoyando al equipo de sus amores.

Una afición que añora con desmesurada nostalgia a su amada Unión, pero que en lo más profundo de su corazón aún consigue sacar fuerzas para sonreír al recordar que a veces lo imposible se convierte en realidad. Como en aquel mágico 1998 en el que los Stelea, Vellisca, Giovanella, Pauleta o Silvani hicieron historia y entraron por la puerta grande en el Olimpo de la afición salmantina. Regalaron algunos de los mejores momentos de su vida a una hinchada que se permitió soñar despierta y disfrutar de una gloria que jamás se hubieran ni siquiera atrevido a a soñar que estaba hecha para ellos.

La magia del fútbol. La magia de aquel inolvidable 1998 a orillas del río Tormes.

Pablo Ortega
Entrenador UEFA B. Scouting. Análisis. Apasionado del fútbol y de las historias que surgen en torno a él. Nostálgico del fútbol de los 90´.

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