jueves, 5 septiembre, 2019
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De pequeños todos soñamos con llegar a ser algo grande en esta vida. Unos quieren ser astronautas, otros quieren ser músicos, otros quieren ser doctores, ingenieros, futbolistas, en fin… Es una larga lista de todo lo que los niños aspiran a ser de grandes.

Conforme pasa el tiempo, la visión va cambiando y cada uno descubre en qué se puede desempeñar. Para unos el sueño que alguna vez tuvieron se vuelve un poco más difícil de conseguir, en comparación con otros. Pero solo aquellos que persisten son capaces de conseguirlo.

Alcanzar una meta no es fácil, hay quienes dicen que se necesita un poco de locura para lograrlo. Pues en el camino, aprendes a que no todo aquel que te rodeo creen en tus capacidades. En el año 2003, la maestra de tercer grado de Rose Lavelle estaba preocupada por su alumna. Una pequeña niña que amaba jugar fútbol desde que recuerda y solía no asistir a sus clases en la escuela, porque en ocasiones tenía competencias a la que asistir con su equipo. La maestra Neubauer, preocupada, citó a sus padres y les externó su pensamiento, Rose tenía que dedicar más tiempo a sus estudios, porque no iba a ser futbolista profesional.

“Faltar a la escuela a tan temprana edad, no es una buena idea, pero me preocupa la brecha que se puede generar, entre ella y sus compañeros si falta mucho a clases. No es que ella vaya a ser futbolista profesional de grande.”

Lavelle nació en Cincinnati, Ohio, el 14 de mayo de 1995. Creció con cuatro hermanos y desde muy pequeña ya jugaba al fútbol. Fue parte de un modesto equipo de la zona en la que ella vivía. Siempre estuvo ligada a este mundo sin saberlo, el destino le tenía preparado algo grande.

Sus compañeros de colegio cuentan que es una atleta nata. Que siempre era la única chica que jugaba con los niños en los recreos, pero ella era incluso sus compañeros.

Existe una anécdota en la que en una clase una de sus maestras que todos los compañeros del salón escribieran una carta a otro y ésta sería publicada en el anuario de manera sorpresa. “Eres excelente en todo. Eres inteligente, atlética y divertida. Tú eres amiga de todos y tu sentido del humor puede iluminar cualquier situación. Te deseo lo mejor en Mount Notre Dame School.” Eso le escribió a Rose, su compañero Barrett.

“Muchos chicos de nuestra clase trataban de ver si podían vencerla. Bueno, todos tratamos de hacer que nos mostrara su talento para el fútbol. Ella podía hacer muchas técnicas con balón y todos pensábamos que eso era realmente increíble.”

Pero aquella niña que impresionaba a todos con sus habilidades tenía un gran mentor. Nield Bradford, un inglés que fue su entrenador desde que estaba más pequeña. Vio en ella grandes cualidades y confiaba en que algún día podría llegar a jugar al más alto nivel.

“Él siempre me alentaba, pero estaba bien, yo tenía que disfrutarlo. Después él comenzó a darme trabajo que hacer cuando yo estaba en casa. Yo siento que él es la razón por la que juego, siento que me hizo enamorarme del juego. “

Nield le inculcó a Rose el amor por el fútbol, pero su inspiración fue Mía Hamm. Era tanta la admiración que sentía por ella, que en 2003 cuando cursaba tercer grado, para un proyecto de libro en su clase, le dejaron hacer una biografía de un personaje al que admiraba. Ella escogió a la dos veces campeona del mundo y una de las mejores futbolistas de todos los tiempos. Se disfrazó de Hamm con la camisa de la selección y el número nueve a su espalda. A su disfraz le agregó un elemento, una medalla de oro, que aquel año Estados Unidos no pudo conseguir, tras ser eliminadas por Alemania en semifinales.

16 años más tarde, el sueño de la pequeña Rose Lavelle se hizo realidad. En junio se convirtió en campeona del Mundo en Francia, anotó un gol en la final y fue elegida como balón de bronce del torneo, así como su heroína, Mía Hamm. La foto de la clase de la maestra Neubauer tomó sentido cuando el partido ante Holanda finalizó.

“Rose siempre era la que animaba a todos. Se siente muy bien ver que hoy todos la apoyamos a ella.“

Minutos después de haber ganado su propia Copa del Mundo, en el Facebook de la escuela en la que estudió aparecía este mensaje: “Había una vez una pequeña niña, que se vistió como su heroína, Mía Hamm para un proyecto de una clase. Hoy, esa increíble mujer ganó su propia medalla. Usa el número 16 y es parte de la selección femenina de Estados Unidos, que acaba de ganar el cuarto Mundial de su historia, que además ganó el balón de bronce, siendo elegida como la tercer mejor jugadora del torneo. Ahora, las niñas mirarán hacia arriba y trabajarán duro para ser como Rose. Esto es para ti, Rose y toda la familia Lavelle. La comunidad de la Escuela San Vicente Ferrer y la comunidad de la iglesia, estamos muy orgullosos de ti.”

El camino hacia la cima para Lavelle no ha sido fácil, pero su talento, entrega y constancia la han llevado lejos. Ella agradece mucho a su entrenador, que es uno de sus pilares, porque hace unos años Nield falleció. Fue un golpe duro porque él no pudo ver su debut con la selección en 2017, que fue precisamente contra Inglaterra. A pesar de no tenerlo físicamente, ella juega con la idea de que tiene un ángel en el cielo, que ahora está disfrutando de todos los logros que está consiguiendo.

“Algo que me llena mucho es saber por qué estoy haciendo las cosas y él es la razón. Esta es la foto de la última vez que Nield me vio jugar, justo antes de que falleciera, fue muy lindo tener la oportunidad de jugar frente al hombre que me hizo como soy ahora básicamente.”

El apoyo de familiares, amigos o mentores siempre es importante para conseguir un sueño. La mamá de Rose cuenta que se emocionó mucho en la final y esa sensación incrementó cuando su hija anotó el segundo gol con el que Estados Unidos sentenció el partido.

Días más tarde, se encontró casualmente con la maestra de tercer grado de su hija, al verla ella recordó las palabras, que le había dicho en aquella reunión: “no es que ella vaya a ser futbolista profesional de grande.” En medio de la conversación, cuando la maestra felicitó a la madre por el logro de su hija en Francia, la señora Lavelle le recalcó esa frase, a lo que Neubauer respondió que ahora se traga sus palabras, pero su única preocupación, era que la niña no perdiera el enfoque de sus estudios. La conversación terminó en risas

Rose Lavelle tenía apenas ocho años cuando ya soñaba con ser futbolista u convertirse en campeona del Mundo. Ahora con 24 años convirtió ese anhelo en una realidad.

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Yolanda Aguilar

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