martes, 15 octubre, 2019
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Mientras deslizaba el dedo por la pantalla del móvil para informarme en Twitter de lo qué había pasado en el mundo, pude ver que se cumplían 20 años de aquel anuncio que hizo bailar a todas las personas que aman este deporte. Han pasado dos décadas desde que una samba brasileña muy pegadiza hiciera que la gente regateara al ritmo del tarareo de una canción, dando igual si había esférico por medio o si se cantaba o se silbaba.

Guardado en la despensa de mi sesera, tengo aquel spot que ya atisbaba lo que vendría después. La consigna era sencilla: hacer publicidad de una marca deportiva antes de una Copa del Mundo. Pero aquello, que era posterior a que se pusiera de moda el odio al fútbol moderno, la frivolidad en las noticias sobre el balompié, los precios de fichajes como si se quemara el dinero con barriles de gasolina o el dejar de televisar partidos en abiertos, se les fue de las manos.

Ni en sus mejores estudios de mercado podrían llegar a pensar o dilucidar el éxito que tendrían aquello. Si me concentro mucho, mucho, puedo evocar y recordar cómo es el sonido del tiro fallado por Ronaldo en el aeropuerto. No sé, de verdad, de dónde me viene mi fascinación por O Fenómeno.

Me encantaba verle jugar. Me encantaba verle por la caja tonta. No me importaba si iba de corto o con vaqueros, en una rueda de prensa o a promocionar algún producto. Me daba exactamente igual. Aquel brasileño de sonrisa perenne me contagiaba, seguramente, por ósmosis su felicidad y eso que nunca he sido muy feliz. Cierto es que el ariete me provocó más de un berrinche, pero hay uno que ni de coña consigo extraer de mi psique.


Desde pequeño he tenido dos traumas que he intentado ahogar una vez ya de mayor con alcohol, pero los cabronazos flotan. Uno de ellos es el Scalextric. Los Reyes Magos nunca me trajeron el maldito Scalextric. El otro es la camiseta amarilla de Brasil. Tampoco la tuve. Lloré, lloré y lloré por ella, pero ni por pesado la conseguí. Cuando ni esgrimir lágrimas por los ojos vale, es que el asunto está muy jodido. Si el cuerpo revela la locura interior, yo quería tapar la mía con la casaca verdeamarelha.

Lo peor no fue aquello. Lo peor fue que a mi mejor amigo de la infancia sí que se la compraron. Cuatro tallas más grande, pero se la compraron. Creo que nunca me he recuperado de mi adolescencia ni de mi bancarrota emocional. Pienso que eso se hace ostensiblemente notorio en mis comentarios ácidos y punzantes.

Al menos, solo por una vez me parecí a mi ídolo de pequeño. No fue en un partido de patio de colegio o con el equipo. Era estilístico, pero no ese tipo de estilismo. Aunque en cuestión de peinados era más fan de la melena desgreñada de Pavel Nedvěd, mi madre decidió por, digamos, inspiración divina cortarme el pelo. Aquella fue una engañifa que no alcanzo a comprender cómo acepté.

Tenía una edad en la que no me importaba si estaba bien, regular o mal aseado. Mi cabeza debería parecer la entrepierna de una monja para que mi progenitora, que no usa las tijeras ni para abrir la bolsa del queso rallado, las cogiera para dejarme la chola como el escenario de un pueblo que ha sido devastado por la lava de un volcán. A la jornada siguiente había colegio y me tocó ir con aquel peluche atropellado encima de mi frente.

Aquel día fue inusitadamente frío. Pude ponerme un gorro hasta llegar a clase. En el aula, la profesora de no sé qué estupidez me dijo que era de mala educación llevar algo así en un sitio cerrado. Yo veía la puerta abierta. Mi contestación fue que tenía el cerebro helado, algo que ella no dudaría ni un segundo. Al final, me lo tuve que quitar. No recuerdo muchos comentarios de cachondeo de mis compañeros. No paraba de ponerme las manos para taparme las calvas. Lo pasé mal hasta llegar a casa. Sentía que todo el mundo me observaba. Ni merendé ni nada. Fui directo a la peluquería del hombre ya un poco mustio de la otra esquina de mi finca. Seguramente, vio mis pelos como un insulto a su profesión, pero acabó el estropicio. Dejé de llevar el mismo tocado que Ronaldo en el Mundial de 2002. Él alzo el trofeo del Jules Rimet y a mí me alzaron unas collejas al día siguiente por cortarme el pelo.


Cuando el delantero carioca se enfadó con el Inter y quiso volver a España, los italianos no sabían qué demonios hacer con él. Viendo esa situación, Jaume Ortí, presidente del Valencia por aquella época, le comentó a los nerazurri la posibilidad que cedieran al futbolista al club de Mestalla. Si llega a producirse aquella incorporación en la entidad che, yo, que celebraba los goles que conseguía marcar de suerte con las botas azul eléctrico que le había visto y moviendo el dedito como hacía él, me hubiera quedado desmayado por shock anafiláctico.

El brasileño se enfrentó unas cuantas veces contra los dos equipos por los que puedo llegar a sentir algún sentimiento. Unas cuantas veces marcó. En algunas, en el estadio al que yo llamo templo, se regateó hasta el portero para meter gol y de visitante perforó el espacio que había entre dos defensores para hacer lo que mejor sabía hacer. En otras, incluso, eyaculó un hat-trick en la máxima competición continental. Eso fue un mal sueño.

Me enerva que al jugador portugués le llamen igual que al brasileño y me saca de mis casillas que haya tenido que matizar el nombre en Google para encontrar foto para este artículo. Solo hay un Ronaldo. Y ya está. Es el mejor nueve de la historia. Lo de los Balones de Oro, lo de ir a su primer Mundial con 17 años y no disputar ni un mísero minuto, lo de la lesión, lo de ir a entrenar en helicóptero con el pijama puesto, lo de su exmujer jugadora, lo de su gusto por el jolgorio y lo de retirarse sin haber podido levantar la orejona ya lo sabe todo el mundo.

Yo no sé nada de cuartos. Los deportes que me gustan tienen una parte y luego otra. Tampoco sé lo que es un tie-break ni un birdie. El hándicap que conozco es el mío mental y el knock out es lo que ocurre tras una docena de chupitos de tequila.

Ronaldo está por encima de otros muchos futbolistas, pero no solo por lo hecho sobre los terrenos de juego. La carrera de la nostalgia la tienen más que ganada. En ella se evaporan los errores cometidos, las faltas de respeto, los reproches y los desmanes de los actos impuros. Y el brasileño tiene un retrato suyo en una de las paredes de mi testa.

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Periodista. Las pasiones que amo me matan. Escribir es una de ellas.

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