jueves, 23 septiembre, 2021
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En septiembre de 1992 el mundo del fútbol se sacudió hasta los cimientos con la noticia de que Diego Armando Maradona era nuevo jugador del Sevilla Fútbol Club. Después de una larga sanción por doping positivo, después de que los medios argentinos congregados en la puerta del edificio de la calle Franklin se engulleran al ´Pibe de Oro´ y escupieran al drogón, al putañero, al mal ejemplo, el astro elegía un inusual destino para escribir una de sus tantas resurrecciones. 

Su salida del Nápoles no fue sencilla. Diego quería irse de Italia, pero no lo dejaban. Necesitaba escapar de aquella aldea del sur que lo había designado su santo patrono, su general cinco estrellas y su vocero ante la opinión pública. Mucho peso para los hombros de un futbolista que ya cargaba con la responsabilidad de ser la única fuente de alegría de un país entero. Fue en esos años de gloria y patadas, de pleitesía y camorra, donde ´el Pelu´ comenzó a esfumarse y Maradona ocupó cada vez más espacio de una habitación en la que no cabían dos. Pero Corrado Ferlaino no estaba dispuesto a perder.

Pese a que el nuevo DT del cuadro napolitano, Claudio Ranieri, había dicho públicamente que no lo tendría en cuenta, el presidente del Nápoles defendió con uñas y dientes a su gallina de los huevos de oro. Incluso lo convocó para la presentación del uruguayo Daniel Fonseca, la nueva adquisición del club. En los códigos del barrio -que siempre fueron los que rigieron la vida de Diego- convocarlo para el show después de meses de desplantes y evasivas, era una descarada tocada de culo.

Fueron meses de arduas negociaciones, donde Maradona incluso amenazó con dejar el futbol y, de paso, poner en evidencia a un poder que se la tenía jurada. Los 15 meses de sanción habían sido la manera con la que la FIFA intentó corregir al díscolo atleta, pero el tiro les había salido por la culata. Diego era la piedra en el zapato de Havelange, en un momento en el que el directivo brasilero intentaba vender un producto llamado fútbol. Un cabecita negra con tendencia a tirar trompadas hacia arriba (nunca hacia abajo) no era la imagen propicia para convencer a inversores estadounidenses o japoneses. Pero Maradona era Maradona, y a la hora de la verdad, Havechange no podía darse el lujo de no tenerlo entre sus activos más suculentos.

En esos momentos, el club que parecía más cerca de contratarlo era el Olympique de Marsella. Cuadro histórico del futbol francés, de la mano de su presidente Bernard Tapie esta institución ejercía por esos años un domino similar al que ostenta hoy el PSG. Cada vez que ganaba el Olympique, Tapie -que además de empresario y dueño de Adidas, fue actor, presentador de TV, cantante y ministro de François Mitterrand – organizaba fiestas en los más exclusivos boliches de la ciudad a la que concurrían, aparte de los jugadores, las estrellas de la televisión y el cine. 

Ya en 1991, el Marsella había estado interesado en fichar a Diego, pero en ese momento Ferlaino ni siquiera se dignó a considerarlo. Pero ahora, y pese a que el presidente del Nápoles todavía intentaba retener al jugador, la situación era distinta. 

Tapie, necesitado de un golpe de efecto, ofreció a Maradona una fortuna incalculable y todas las facilidades del mundo: una villa privada en la exclusiva Costa Azul, traslados en helicóptero desde su casa al entrenamiento, etcétera. Todo lo que Diego quisiera, el bueno de Bernard lo conseguiría. Sin embargo, la opción no le terminaba de cerrar al jugador.

En ese momento, Diego intentaba dejar atrás su adicción y el clima de descontrol de la ciudad (históricamente considerada la más peligrosa de Francia) no ayudaba a esta cuestión. Las tentaciones allí podrían ser muchas y muy variadas. También estaba el tema de adaptarse a otro idioma, a otro fútbol que, aunque más tranquilo, no era tan competitivo como el italiano. 

Finalmente, en esos días donde Diego jugaba un partido a tres bandas entre Buenos Aires, Napóles y Zurich, apareció un salvador: Carlos Salvado Bilardo. El Doc, quizás la persona que mas lo cuidó dentro (y fuera de la cancha), recientemente había recalado en Sevilla y se animó a sugerirle a Marcos Franchi y Daniel Bolotnicoff, agente y abogado de Maradona respectivamente, que el club español era el lugar perfecto para que el Diez retome su carrera: “Fíjense si puede hacer algo, yo creo que este es club es ideal para Diego. Acá no hay presión, no piden campeonatos, pero creo que, con él, podemos hacer grandes cosas”.

Al futbolista inmediatamente le sedujo la idea. Primero y principal, porque quien lo buscaba era el estratega que mejor supo interpretarlo, pero, además, volver a España implicaba una especie de revancha. Los años en Barcelona no fueron alegres y esa tristeza se reflejaba en el campo de juego. Tuvo momentos sublimes, pero convivió demasiado con la desgracia. La hepatitis primero y una fractura de tobillo producto del artero Goikoetxea luego, no le permitieron desplegar todo el potencial de su juego. Y fue en esos días de angustia y lejanía donde conoció a la que sería su peor enemiga. Cuando partió de la Ciudad Condal en 1984, la sensación era de alivio, pero también de deuda.

Ahora bien, Sevilla no era Barcelona. Pese a ser un cuadro reconocido en el fútbol español, el conjunto de Andalucía tenía aspiraciones humildes y se contentaba con aguarle la fiesta de vez en cuando a los grandes. De hecho, hasta ese momento, habían ganado su única liga en la temporada 1945/46 y llevaba más de 40 años si levantar ningún trofeo. 

Cuando Bilardo le comunicó al presidente José María del Nido que existía la chance de que Diego se uniera, el directivo reaccionó con emoción, pero con una cautela que rozaba el miedo. Como reconocería mas tarde, en ese momento Sevilla no era la institución que es hoy en día, y la contratación del astro planteaba un panorama totalmente distinto al que estaban acostumbrados. Como primera medida, del Nido se reunió con Sepp Blatter, por entonces presidente de UEFA y pidió su asistencia para destrabar la situación. Finalmente, después de arduas negociaciones que incluyeron un cambio de estrategia radical (Diego pidió condiciones demasiado excesivas al Nápoles y a los italianos no le quedó mas remedio que liberarlo) Maradona era nuevo futbolista del Sevilla FC por 7,5 millones de dólares.

La ciudad entró en una especie de trance, de excitación primitiva. Davor Suker, compañero de Diego durante ese año, explicó más tarde la revolución que se desató en torno al club: “Había 2.000 o 3.000 aficionados en los entrenamientos. Maradona aparecía con el Ferrari y todo el mundo iba al aparcamiento para verle. Todos querían una foto, un autógrafo o solo hablar con él”.

Aunque Diego llegaba con 33 años y la cruz de su adicción a cuestas, todavía podía exhibir parte del repertorio que lo hizo el mejor futbolista de todos los tiempos. Además, con Bilardo sentado en el banquillo, el equipo perdió la inocencia (en el buen sentido de la palabra). Se transformaron en un equipo duro, incómodo, raspador y mañoso. El Sánchez Pizjuán dejó de ser un estadio de fútbol para convertirse en un circo romano en donde el talento y la sangre podían correr en partes iguales. Hoy, no son pocos los que aseguran que ese cambio de mentalidad que propuso el Doc, fue uno de los cimientos desde donde se construyó la época dorada del club andaluz.

Lamentablemente, los diez meses de Maradona en Andalucía fueron intensos, pero infructuosos. El deseo de recuperarse pronto chocó contra la pared alcahuetes que rodeaban y aislaban al ídolo. Desde lo deportivo el equipo fue un reflejo de los estados de ánimo de su astro, con partidos memorables como la victoria 2 a 0 frente al Real Madrid, pero también con escándalos como la pelea en el vestuario con el Doc Bilardo. 

El triste adiós llegó después la discusión con el entrenador y los números finales no serían tan asombrosos como en otras épocas -29 partidos (26 de la Liga y tres por la Copa del Rey) y marcó siete goles (cuatro y tres)-, pero, al menos por diez meses, Andalucía bailó al ritmo frenético del rey del futbol mundial. Y eso es algo que nunca podrán quitarles.

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Changarín de la palabra, termo de la A-League. Una vez me insultó toda la comunidad croata de Melbourne.

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